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último apunte de diario La OTAN de Palacio
   
 
12/06/2003 | Carlos Taibo | OTAN - Estado español/política exterior |
La Vanguardia (12 de junio de 2003)
 
Aunque en esta primera quincena de junio la OTAN parece haber recuperado protagonismo, su aparente renacimiento no ha servido para reabrir ninguna discusión de enjundia. Al calor de la cumbre que la Alianza celebró en Madrid a principios de mes, apenas se ha escuchado otra cosa que una letanía servil con un viejo procedimiento: repitamos hasta la extenuación un puñado de consignas y atribuyamos a éstas la condición de verdades que se imponen por su propio peso.
Aun con todo, y siquiera sólo sea para desenmarañar una tupida red de lugares comunes, hay que prestar oídos a las declaraciones que al respecto ha realizado nuestra ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, tanto más cuanto que la deriva de la OTAN tiene su miga: entrampada entre la prepotencia norteamericana --EE.UU. medio desprecia a una organización que en repetidas oportunidades ha mostrado su inequívoca sumisión- y su callada aceptación de un papel subalterno, la Alianza ha sido un teatro más de los varios en los que se ha escenificado, en las últimas semanas, el reflujo que han asumido Francia y Alemania, hoy propensas a aceptar el traslado de soldados atlánticos al Iraq posbélico.
El discurso -ampuloso término éste para designar una realidad tan pobre- de Ana Palacio invoca, por lo pronto, un tópico consagrado: el de que la OTAN nació para defender los valores en los que se asienta lo que la ministra entiende son nuestras sociedades abiertas. Más que un lugar común -que lo es- nos hallamos ante una formidable edulcoración: la que gusta de ocultar que desde su nacimiento la Alianza Atlántica no ha sido sino la principal de las organizaciones militares de los países más ricos, como tal volcada al servicio de mezquinos intereses y ontológicamente entregada, de resultas, a la preservación de viejas exclusiones y sombrías explotaciones.
Palacio nos cuenta también que el gran reto del siglo recién iniciado no es otro que la 'juridificación' de las relaciones internacionales, proceso que reclama -en su opinión- la presencia de una amenaza creíble en lo que al uso de la fuerza se refiere. Curiosa aserción en labios de la máxima responsable de la diplomacia de un país, el Reino de España, que semanas atrás ha violentado manifiestamente el derecho internacional merced al apoyo dispensado a una ilegal agresión contra un Estado soberano. Y fatigoso razonamiento el que invita a concluir que la organización militar de unos pocos debe ser el cimiento disuasorio de un derecho internacional que merezca tal nombre. Poco esfuerzo de trastrueque de palabras es preciso para que, por detrás de la caótica retórica de la ministra, emerja una defensa cerril de lo que al cabo se antoja, sin más, la ley del más fuerte.
En las declaraciones de Ana Palacio tampoco falta una pundonorosa identificación de amenazas. Ahí está esa retahíla que habla del terrorismo, las armas de destrucción masiva, las migraciones descontroladas y los obstáculos que deben sortear los flujos económicos internacionales. No busque el ciudadano inquieto ningún guiño encaminado a sugerir que el primer problema del globo, hoy como ayer, lo aporta la pobreza de tantos, azuzada por un macabro expolio de los recursos y por agresiones medioambientales sin cuento. La ministra preserva impoluto, por lo demás, un guión que es muy grato al presidente Aznar, desde tiempo atrás entregado a la tarea de reclamar para España un lugar permanente en el club de los países más ricos. ¿Será que nuestros gobernantes no han caído en la cuenta de que la miseria proporciona un espesísimo caldo de cultivo para esos comportamientos desbocados en los que, a sus ojos, se agotan las amenazas?
La legitimación de la OTAN de estos días no hace ascos, en suma, a un manido argumento más: el que invoca la atracción irresistible que la Alianza parece provocar en otros, y singularmente en los países de la Europa central y oriental. Al calor de una sutil amalgama de ocultación y desinterés, nada más sencillo que olvidar lo que salta a la vista: las elites dirigentes de esos Estados han buscado presurosas el despacho de lord Robertson porque no ignoran los onerosos peajes que hay que pagar para acceder a la UE, que es lo que realmente interesa. Esas mismas elites no han dudado en acariciar procedimientos, bien poco edificantes, de acoso a los derechos de la población, esquivando en unos casos las consultas referendarias y manipulando abyectamente éstas en otros.
Ante semejante acumulación de desafueros, lo suyo es que nos preguntemos a qué esperan, para expresar sus discrepancias, aquellos que en marzo optaron por plantar cara a una guerra ignominiosa y hoy mantienen en pie, sin embargo, su inquebrantable adhesión a la Alianza Atlántica. Y es que los espasmos militaristas de esta última no son distintos de los que han conducido a Estados Unidos a ocupar, en provecho propio, una tierra emplazada entre el Tigris y el Éufrates.

 
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