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último apunte de diario Desafueros serbios
   
 
31/12/2003 | Carlos Taibo | Serbia - Europa del este |
El Correo (31 de diciembre de 2003)
 
Los hechos son muy tercos: se han equivocado, y palmariamente, quienes a principios del otoño de 2000 concluyeron que los problemas de Serbia se desvanecían al amparo de la quiebra del juego de poder encabezado por Slobodan Milosevic. Los resultados de las elecciones legislativas recién celebradas han venido a demostrar, al menos, que no es ésa la percepción que acaricia la mayoría de la población local.
Lo primero que esa consulta electoral revela es el reclamo que, a los ojos de parte de la ciudadanía, corresponde a un discurso que, agresivo y victimista, se muestra poco proclive a aceptar responsabilidades propias en la desintegración violenta de Yugoslavia y asume de buen grado la conveniencia de mantener a raya --antes en virtud de la baladronada que de la amenaza creíble-- a vecinos y potencias foráneas. Significativo es al respecto, por cierto, que sean muchos los serbios que, tras identificar en el ex presidente Milosevic a un dirigente corrupto e inmoral, se muestran remisos a atribuirle papel alguno en sucesivos crímenes de guerra, no precisamente menores, en Croacia, Bosnia y Kosovo. Como significativo se antoja que el Partido Radical de Seselj -una fuerza de corte parafascista que ha experimentado, dicen, un lavado de imagen que bebe, acaso, en la ausencia de guerras que librar- haya crecido electoralmente mientras remitía el respaldo popular a las listas del Partido Socialista que lideraba el propio Milosevic. Y es que el desmoronamiento de las redes clientelares en que éste se apoyó en el decenio de 1990 es el único éxito palpable, al cabo de tres años de mal gobierno, de la oposición de otrora.
El asentamiento, y en su caso el crecimiento, de las fuerzas que nos ocupan algo le ha debido, a buen seguro, al derrotero de los hechos en La Haya. La presencia de Milosevic -y también la del líder radical, Seselj, cuyo espectáculo circense aún no ha comenzado- en el banquillo de los acusados ha fortalecido la percepción de que el tribunal penal para la antigua Yugoslavia estaba juzgando, no a personas concretas, y sí a toda Serbia. Aunque semejante lectura es, cómo no, discutible, habrá que convenir que la conducta de los jueces, controvertida, ha venido como anillo al dedo a las soflamas victimistas de las que antes hablábamos. Baste ahora con recordar que el antaño presidente croata, Tudjman, nunca tomó asiento ante un tribunal que lamentablemente se negó a abrir investigaciones en lo que respecta a los bombardeos acometidos por la OTAN en 1999 en Serbia y Montenegro.
Otro dato difícil de sortear es el que da cuenta del ostentoso fracaso de quienes en 2000 configuraron la oposición a Milosevic y desde entonces han ejercido, mal que bien, el poder. Varios han sido los rasgos de la conducta de un grupo humano que ha recibido, a su manera, un varapalo en las legislativas recién celebradas. Si el primero lo aporta una dramática división interna -certificada por la fratricida confrontación entre Kostunica y el asesinado Djindjic-, el segundo ha llegado de la mano de una corrupción omnipresente que se suma al vigor indisputado de un capitalismo de perfiles mafiosos cuyos cimientos han permanecido intactos desde la era de Milosevic. El resultado de tal acumulación de desafueros no es otro que el estruendoso descrédito de políticas neoliberales que, aquí como en tantos otros escenarios, se han saldado con un inquietante engrosamiento de las bolsas de pobreza.
Las elecciones ilustran, con todo, un hecho más que conviene no dejar en el olvido: hay que recelar de los análisis aferrados a una distorsionadora descripción del panorama político serbio que entiende que en éste la variable principal la configura la confrontación entre colaboradores del orden derrocado en 2000 y detractores de este último. La zozobra que impregna la vida política y económica del país es tal que las categorías correspondientes sirven hoy de bien poco. Y ello es así tanto porque no faltan -cabe intuir- personajes y fuerzas propicios a cruzar la imaginaria frontera que divide a unos y otros -ahí están los casos del inefable Draskovic y, por qué no, del ex presidente federal Kostunica-, como porque muchas de las etiquetas al uso -así, la que inopinadamente califica de 'europeístas' a quienes han dirigido Serbia en los últimos años- edulcoran visiblemente la realidad. Las cosas como fueren, parece de razón concluir que quienes a regañadientes se pusieron de acuerdo tres años atrás para deshacerse de Milosevic han demostrado bien a las claras que no son capaces de allanarle el camino, juntos, a un proyecto de futuro.
Agreguemos, en suma, que en todo este desastre no falta la responsabilidad foránea. Con la UE convertida en un improvisado, mezquino y más bien patético apagafuegos, las ayudas prometidas en octubre de 2000 se han perdido en otros escenarios; así lo atestiguan, sin ir más lejos, los muchos edificios que, tras los bombardeos practicados por la OTAN en 1999, no han sido objeto de reconstrucción en Serbia. De por medio se han hecho valer, por añadidura, presiones estúpidas como las ejercidas por nuestros gobernantes para evitar que Montenegro se convirtiese en un Estado independiente. En la trastienda, en fin, esos mismos gobernantes parecen orgullosamente decididos a desentenderse de la extrema ruindad de las opciones políticas que, con su concurso o por omisión de comportamientos, se ofrecen a los serbios en estas horas. Al compás de todo lo anterior, los Balcanes occidentales han perdido injustificadamente presencia a los ojos de una opinión pública, la nuestra, demasiado a merced, en fin, de caprichos y modas.
No es sencillo que las próximas semanas nos traigan desde Serbia noticias halagüeñas. El pronóstico más común sugiere que la clase política local, inmersa en difíciles negociaciones de las que sólo pueden derivarse sorpresas desagradables, se apresta a prolongar la situación de interinidad en la que se malvive desde tiempo atrás. Y al serbio de a pie no le quedan demasiados consuelos. Uno de ellos es, eso sí, el prosaico recordatorio de que es difícil que con los parafascistas de Seselj en el gobierno las potencias foráneas reduzcan su raquítica ayuda a un país olvidado.
 
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