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último apunte de diario La OTAN en entredicho
   
 
11/10/2003 | Carlos Taibo | OTAN - Estados Unidos |
El Periódico de Cataluña (11 de octubre de 2003)
 
Nada nuevo parece haber aportado la reunión que los ministros de Defensa de los países miembros de la OTAN acaban de celebrar en Estados Unidos. En ella se ha hablado de lo de casi siempre: los mecanismos de toma de decisión, las fuerzas de despliegue rápido, la supresión de resabios burocráticos... En tales condiciones, que al cabo son las de una organización que vive una etapa de marcada anemia, no es raro que menudeen los pronósticos en lo relativo al futuro de la Alianza Atlántica.
Y es que, si ya nos hemos acostumbrado a que EEUU obsequie con un franco desprecio a Naciones Unidas, obligado es confesar que el desdén con que la Casa Blanca acoge, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, a la OTAN algo tiene de sorprendente, tanto más cuanto que estamos hablando de una instancia -la rechazada- que de siempre se ha mostrado sumisa a los dictados de Washington. La Alianza Atlántica se antoja hoy un razonable termómetro para evaluar el sentido de la política norteamericana: según los momentos, la OTAN no interesa en absoluto -acaso porque es portadora de cierta limitación en los movimientos de la gran potencia planetaria- o, muy al contrario, se convierte en objeto de un interesado e instrumental empleo, como el que se revela cuando se recurre a la Alianza para cortocircuitar la gestación de un proyecto de defensa autónoma en el marco de la Unión Europea o para acometer desagradables tareas de reconstrucción posbélica.
Significativo parece, con todo, que al calor de las agresiones estadounidenses en Afganistán, primero, y en Iraq, después, Washington se haya inclinado por prescindir orgullosamente de la OTAN, y por hacerlo en estricta aplicación de una máxima cuyas consecuencias en el terreno que nos ocupa han pasado inadvertidas: porque, si son las misiones las que determinan las coaliciones, y no al revés, ¿a qué viene preservar una alianza que, cabe suponer, responde ontológicamente a un criterio diferente? La visión oficial norteamericana en lo que a esta singular circunstancia se refiere se asienta -si damos crédito a una interpretación muy controvertida- en una paradoja: a medida que la Alianza Atlántica ha ido creciendo de la mano de sucesivas ampliaciones, ha ido perdiendo, en paralelo, capacidades de disuasión, poderío militar y eficacia política. Al respecto no ha faltado quien ha venido a concluir que el descrédito con que, si olvidamos ahora la fanfarria retórica acompañante, Estados Unidos obsequia a la OTAN guarda una lineal relación con una consecuencia importante de los atentados de Nueva York y Washington: la Casa Blanca mostraría ahora un interés mucho mayor en acrecentar sus relaciones con países como Rusia o Turquía que en fortalecer una alianza que es víctima, por igual, de su limitada condición geográfica y de un progresivo anquilosamiento de sus funciones.
Según esta polémica percepción, y a diferencia de lo que ocurría en el pasado, Rusia ve hoy con buenos ojos una ampliación de la OTAN -la que tiene como protagonistas a Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumania- que, aunque aparentemente le depara nuevos sinsabores estratégicos, parece llamada a desestabilizar, merced a un razonamiento antes político que militar, el proyecto original de la Alianza Atlántica. En otro plano, los problemas que seguirán irremisiblemente a semejante ampliación -hora es ésta de recordar que las reglas propias de la OTAN no permiten castigar, al menos de manera manifiesta, a quienes se inclinan por no ajustarse a ellas y otorgan notables posibilidades de bloquear decisiones- bien pueden permitir que en adelante Washington se sienta plenamente justificado para actuar, como lo ha hecho, por lo demás, en Afganistán e Iraq, por su cuenta y riesgo. Así las cosas, y libre de las ataduras del pasado, Estados Unidos reservaría para la Alianza Atlántica, una vez más, funciones menores.
No conviene olvidar, en suma, que el hecho de que los nuevos miembros de la OTAN -los incorporados años atrás y los que están por llegar- se hayan mostrado propicios a fortalecer una estrecha relación bilateral con Estados Unidos tiene a la postre para Washington un valor añadido: reduce significativamente la posibilidad de que en el interior de la Alianza Atlántica cobren peso proyectos orientados a servirse de ésta como punta de lanza de un poder militar estrictamente europeo. Cierto es, naturalmente, que la mayor garantía para la Casa Blanca en lo que a este último peligro se refiere no la proporciona la OTAN, sino la propia debilidad de los proyectos que, en el seno de la UE, parecen buscar ese camino.

 
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