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último apunte de diario Putin y los magnates
   
 
12/08/2003 | Carlos Taibo | Rusia - Europa del este |
La Vanguardia (12 de agosto de 2003)
 
Uno de los grandes debates que recorre la Rusia de estas horas es el que se interesa por la relación que el poder político mantiene con los magnates económicos. Si para unos Putin ha puesto firme a estos últimos, para otros el escenario heredado de la era yeltsiniana no ha cambiado tanto como pudiera parecer, de tal suerte que los grandes grupos empresariales -o al menos la mayoría de ellos- siguen campando por sus respetos.
Acostumbrados como estamos a hablar de los magnates, por lo común rehuimos la tarea de explicar qué es lo que entendemos por tales. La convención sugiere que el término viene a describir a un puñado de empresarios que han acumulado gigantescas fortunas el último decenio, las más de las veces de resultas de un voraz expolio del sector público de la economía verificado al calor de una inmoral privatización. Agreguemos, sin penetrar demasiado en un terreno escurridizo, que el crecimiento de los magnates se ha verificado en paralelo con la pujanza alcanzada en Rusia, en los últimos tres lustros, por un capitalismo de perfiles mafiosos.
Pero volvamos a la cuestión inicial, hagámoslo sin rebozo y demos por buena la segunda de las percepciones que adelantábamos: pese a la apariencia de detentar un poder fuerte e indisputado, no parece que en el terreno en el que ahora nos movemos Putin haya conseguido plantar cara a los magnates. Una buena guía para asentar semejante conclusión bien puede serlo el recordatorio de los que se intuyen fueron los acuerdos derivados del cónclave celebrado entre el presidente y lo más granado de la elite empresarial en el verano de 2000.
El primero de esos acuerdos, y a buen seguro el más significativo, acarreó un compromiso, del lado de Putin, en el sentido de que en adelante los jueces no se ocuparían de investigar en qué condiciones se labraron las fortunas de nuestros magnates. El presidente se comprometía a aceptar, en otras palabras, un palmario borrón y cuenta nueva que inequívocamente remataba en un apuntalamiento del poder adquirido por la elite empresarial. La contrapartida que el ejecutivo reclamaba era esperable: en adelante los magnates debían asumir un comportamiento más contenido, alejarse de los espasmos propios del capitalismo salvaje imperante en el decenio de 1990, asumir de buen grado las reglas del juego vinculadas con fórmulas reguladoras que, por lo demás, no habían de ser muy severas y, en fin, mantenerse lejos de la política.
Agreguemos que el cónclave que nos interesa le reconoció al presidente dos potestades: si por un lado quedaba autorizado a criticar acervamente a los magnates en caso de que sus necesidades de legitimación así lo aconsejasen -en el buen entendido de que las declaraciones correspondientes no estaban llamadas a tener otro efecto que el de congraciar a Putin con una población cada vez más airada-, por el otro se reservaba el derecho a actuar expeditivamente contra los miembros de la elite empresarial que asumiesen comportamientos inamistosos. El perfil de esas dos potestades quedó bien reflejado de la mano de las crudas declaraciones que Putin profirió contra los magnates con ocasión de la catástrofe del Kursk, por lo que a la primera respecta, y de las acciones asestadas contra Berezovski, Gusinski y, más recientemente, Jodorkovski, por lo que atañe a la segunda.
De la mano de la reflexión que acabamos de hilvanar no es sencillo extraer conclusiones, con todo, en lo que se refiere a las querencias que, en materia de economía, muestra el presidente. Acaso la manera más sagaz de zanjar la cuestión es la que concluye que nuestro hombre no acaricia ningún proyecto firme. Si sus antecedentes, livianos, lo predisponían a acatar las reglas propias de la nomenklatura de antaño, su estrategia de sumisión -a veces franca, a menudo soterrada- a las imposiciones y caprichos que llegan de fuera lo convierten en pundonoroso defensor de ese maleable concepto que es la economía de mercado. Por encima de todo, Putin, que puja por su propia supervivencia, es un pragmático inclinado a aceptar lo que fuere, siempre y cuando ello redunde en la preservación, acolchada por los servicios de seguridad, de su aparato de poder.
Semejante línea de conducta, tan filantrópica, se convierte por sí sola en explicación satisfactoria de por qué, a la postre, ha transigido con los magnates que le han reído las gracias. Putin sabe que nada es menos aconsejable que entrar en una desestabilizadora confrontación con los poderes económicos, como sabe que nada es menos saludable para su causa que consentir que éstos acaben por respaldar a algún rival emergente. Y ello tanto más cuanto que nuestro hombre, que tonto no es, no ignora que la fantasmagórica bonanza económica que ha acompañado a su presidencia mucho más le debe a la subida operada en los precios internacionales del petróleo que a unas políticas, las suyas, que los propios economistas rusos tienen dificultades para explicar.
 
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