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último apunte de diario Equívocos rusos
   
 
04/11/2003 | Carlos Taibo | Rusia - Europa del este |
La Vanguardia (4 de noviembre de 2003)
 
EQUÍVOCOS RUSOS Carlos Taibo

En el planeta contemporáneo es harto frecuente que a los sufridos electores se les condene a escoger entre opciones visiblemente similares entre sí. Las cosas como iban en Rusia, el panorama local se antojaba, con todo, aún más irritante, no en vano el que más y el que menos daba por descontado que las presidenciales del próximo marzo serían un paseo militar para Vladímir Putin. Porque las generales de diciembre, una suerte de modestas primarias, poco más suscitan que algún bostezo.
Conforme a un desarrollo de los hechos que se antoja poco probable pero en modo alguno impensable, el encarcelamiento de Mijaíl Jodorkovski podría devolver a los rusos a la sórdida normalidad en que vivimos, bien que a regañadientes, otros. El celo desmesurado que Putin habría puesto en la defensa de su propia candidatura bien podría volverse en su contra en la medida en que a su amparo se estaría gestando un inesperado candidato en la figura del mentado Jodorkovski. Tras éste se darían cita todos aquéllos, y no son pocos, que se han sentido agraviados por los espasmos autoritarios del presidente. Si dejamos volar la imaginación, en semejante escenario cobrarían cuerpo inesperadas componendas entre algunos grandes grupos empresariales y los segmentos más liberales, o más asequibles al desaliento, del Partido Comunista: la nomenklatura reciclada y aquélla todavía por reciclar se aprestarían a darse, por fin, la mano. La operación podría concitar también el beneplácito de determinados sectores del empresariado que desearían huir de la arbitraria incertidumbre que impregna al ordenamiento legal ruso.
No sin antes advertir que el horizonte invocado es uno entre muchos, de tal suerte que en modo alguno cabe descartar, sin ir más lejos, que Putin y Jodorkovski recompongan su relación -tanto más cuanto que Yukos, la empresa que encabeza el magnate, es un espejo de Rusia en el exterior y su crisis puede hacerle mucho daño al país-, lo suyo es que hurguemos en una herida: la política en Rusia es poco más que una mera emanación de los negocios y las influencias. Si los partidos desempeñan un papel menor, qué no decir de una ciudadanía permanentemente castigada por unos medios de comunicación cada vez más monocolores.
Cuesta trabajo creer, en paralelo, que esa política subterránea que despliegan formidables corporaciones económico-financieras y rastreros grupos de presión está llamada a promover candidatos presentables: ni Putin ni Jodorkovski, en cualquier caso, lo son. El primero, el presidente, hace con la justicia, y en general con las instituciones, lo que le viene en gana, y lo hace además, a diferencia de su predecesor, con método, empeño y pundonor. De Putin puede creerse cualquier cosa menos que está improvisando, y ello por mucho que sea lícito adelantar que no ha conciliado cómodamente el sueño los últimos días. Sugerir, por lo demás, que, al calor del affaire Jodorkovski, el presidente ha decidido plantar cara a los desmanes de los magnates es olvidar el pacto histórico suscrito con éstos tres años atrás: en virtud de tal acuerdo, Putin adquirió el compromiso de desviar la atención de los jueces a cambio de que los grandes hombres de negocios asumiesen un comportamiento empresarial más mesurado y, sobre todo, rehuyesen cualquier amago de confrontación con el Kremlin. Si no hay motivo para concluir que Putin ha dado por roto semejante pacto, sí que lo hay, en cambio, para subrayar que al presidente no sólo le pierde su exceso de celo: sigue arrastrando un oneroso primitivismo que le hace confiar más en sus allegados de los servicios de seguridad, y en su clan peterburgués, que en personas vinculadas con proyectos políticos y económicos precisos.
No es más halagüeño lo que conviene decir de Mijaíl Jodorkovski: enriquecido, como todos estos lamentables personajes, al calor de una privatización que, en el decenio de 1990, fue un auténtico expolio del sector público de la economía, no parece que sienta arrepentimiento alguno al respecto. Su imagen no mejora sensiblemente siquiera en el caso de que demos por cierto que nos hallamos ante un retrato cabal de lo que durante años se decía en Rusia, en las esferas propias del pragmatismo bien pensante, que correspondía hacer: facilitar el tránsito desde un capitalismo de perfiles salvajes -expresión ésta un tanto redundante, por cierto- a otro de cariz regulado e incipientemente respetuoso con las leyes. ¿Alguien piensa en serio que Jodorkovski siente alguna inquietud por las decenas de millones de rusos que siguen viviendo por debajo del umbral de la pobreza?
Cuando, en el mejor de los casos, el poder político en Moscú se lo disputan un personaje que siente un franco desprecio por la ley y por el diálogo -Putin- y un empresario que ha forjado su fortuna con las peores artes -Jodorkovski-, lo suyo es que nos preguntemos si tiene sentido seguir hablando de Rusia como si de una democracia, bien que de baja intensidad, se tratase. Aunque tampoco estaría de más que nos hiciésemos preguntas parejas sobre lo que ocurre, ahora mismo, entre nosotros.

 
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