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último apunte de diario La mutación de IU
   
 
18/01/2004 | Carlos Taibo | Izquierda Unida - Estado español/España |
El Correo (18 de enero de 2004)
 
LA MUTACIÓN DE IU

Carlos Taibo

Por razones que no merecen mayor glosa, populares y socialistas se reparten la mayoría de los titulares que anuncian las elecciones de marzo. En ese juego mediático, a Izquierda Unida, la tercera fuerza política de ámbito estatal, le corresponde un lugar menor. La propia asamblea que la coalición celebró en diciembre, en Madrid, pasó genéricamente inadvertida, tanto más cuanto que -como por lo demás era de prever- las disputas sobre el papel que Ezker Batua desempeña en el País Vasco se llevaron, desmedidamente, el grueso de la atención.
Así las cosas, no menudean las reflexiones sobre el derrotero, tan sugerente como polémico, de IU en los últimos años. Piénsese, sin ir más lejos, que aún en estas horas carecemos de una explicación tramada en lo relativo a lo que al cabo ha sido el cambio fundamental de la coalición desde que Anguita dejó su dirección: la búsqueda palpable, en todos los ámbitos, de acuerdos con el Partido Socialista. Las críticas que el PSOE recibió hasta poco antes del 2000 -se antojaban razonablemente fundadas desde un discurso de izquierda resistente- se evaporaron de la noche a la mañana, y eso que ningún dato consistente invitaba a concluir que en el partido de González, Borrell, Almunia y Rodríguez Zapatero se habían verificado transformaciones importantes. De la noche a la mañana, también, quedó arrinconado el que había sido criterio fundamental de Izquierda Unida en sus relaciones con el PSOE: el que reclamaba sintonías programáticas previas como condición sine qua non para ulteriores pactos políticos. Desde hace cuatro años la dirección de IU -con Frutos como con Llamazares- parece acatar sin dobleces la tesis de que la necesidad imperiosa de desplazar al PP exige acuerdos entre las dos fuerzas principales de la oposición. Tales acuerdos deben abocar, por añadidura, en la configuración de gobiernos comunes -aun cuando desplazar al PP en modo alguno reclama gobernar de forma conjunta-, y ello pese a las hondas discrepancias programáticas que enuncian a menudo, con respecto al Partido Socialista, los dirigentes de Izquierda Unida.
En la asamblea celebrada en diciembre se dio un paso más, de la mano de una simbólica recuperación de imágenes del pasado y de realidades del presente que vendrían a apuntalar el tránsito recién descrito. Ahí están, sin ir más lejos, la loa
-sorprendente habida cuenta de lo que tantos militantes dieron en pensar durante años- del cometido asumido por el Partido Comunista de España en los años iniciales de la transición, la reaparición estelar de la figura de Santiago Carrillo -y el olvido paralelo de su singular deriva hacia el PSOE-, la revitalización de los vínculos con las CCOO de Fidalgo -otrora calificadas de entreguistas por el común de la militancia- y la visible y agria marginación de quienes, tras haber defendido en el pasado un discurso de resistencia, han tenido la mala idea de perseverar en él. Para que nada falte, en fin, y pese a la retórica al uso, no parece que Izquierda Unida haya mejorado un ápice su relación con movimientos sociales que, viejos y nuevos, están a otras cosas.
No parece de más subrayar, con todo, que en la formidable mutación que nos ocupa no se barrunta ni un retroceso ni un avance del PCE. Si militantes significados de este último se hallan en cabeza de la inopinada aproximación al PSOE que ahora nos interesa, en las filas del partido no faltan tampoco quienes, aun en minoría, se han opuesto a aquélla. Muy dividido, en un escenario en el que el protagonismo corresponde a otras instancias, el PCE no es, en cualquier caso, ni el motor de la integración en la casa común de la izquierda ni el abanderado de la resistencia frente a ella.
No es difícil extraer una conclusión general de lo dicho: en virtud de un ejercicio de visible integración en el sistema, en los últimos años Izquierda Unida ha hecho suya una incipiente pulsión catch-all que hasta hace bien poco le era desconocida. Aunque a buen seguro su discurso y sus movimientos no han alcanzado el paroxismo atrapalotodo que impregna a populares y socialistas -descaradamente inclinados a descafeinar ideológicamente sus mensajes en procura de los presuntos electores de centro-, cada vez es mayor la soltura que IU muestra en sus coqueteos con la vida y las miserias políticas al uso. Al respecto no conviene dejarse engatusar en demasía por la radicalidad formal que conservan muchos de sus discursos -Izquierda Unida precisa de marcas de diferencia con respecto al PSOE-, tanto más cuanto que sus posibles compañeros de viaje en el futuro a buen seguro harán todo lo que esté de su mano, con la inequívoca aquiescencia de quienes han emplazado a IU en esa travesía, para moderar eventuales espasmos de radicalismo.
A nadie debe sorprenderle que el proyecto de Izquierda Unida tenga hoy un atractivo limitado para la izquierda que resiste. En su textura no se aprecia preocupación alguna ante lo que muchos hemos entendido en el pasado que era, de siempre, uno de los problemas señeros de la coalición: no ya la reducción del número de votos recibidos que experimentó en su momento, sino, antes bien, el talante alicaído y poco convencido de quienes -y eran mayoría- votaban a IU porque no había otra cosa. Aunque Izquierda Unida pueda compensar imaginables deserciones merced al presunto allegamiento de votantes que durante mucho tiempo se inclinaron por respaldar al Partido Socialista, a buen seguro que no faltarán los ciudadanos que, con criterio respetable, estimen que la principal explicación de las nuevas aficiones de los dirigentes de IU no es otra que el deseo de ocupar cargos que permitan ganarse la vida. El resultado de la operación se adivina poco estimulante: el crecimiento electoral que tantos auguran a la coalición de izquierdas parece llamado a verificarse de la mano del lamentable abandono de un proyecto de contestación real de los sistemas que padecemos. A los ingenuos nos sigue sorprendiendo, con todo, que entre la militancia de Izquierda Unida, protagonista histórico -bien es cierto- de una servidumbre voluntaria de hondas raíces, sea tan liviana la contestación.

 
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