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último apunte de diario Gorbachov, veinte años
   
 
30/03/2015 | Carlos Taibo | URSS - Europa del este |
El Correo (30 de marzo de 2005)
 
En este mes de marzo se cumplen dos decenios del acceso de Mijaíl Gorbachov a la secretaría general del Partido Comunista de la Unión Soviética y, con él, de su consiguiente conversión en el hombre fuerte de la URSS. Aunque veinte años es mucho tiempo --y ello por sí solo obliga a recelar de quienes siguen pensando que el muro de Berlín desapareció ayer--, lo suyo es reconocer que no aportan la suficiente perspectiva histórica para calibrar quién fue nuestro personaje y qué juicio postrero está llamado a merecer.
Sabido es, de cualquier modo, que en los años de dirección de Gorbachov
-los que mediaron entre 1985 y 1991- se reveló una significativa distancia entre el juicio que el secretario general del PCUS suscitó entre la mayoría de sus conciudadanos y el que levantó a los ojos de la opinión pública en el mundo occidental. Para esta última, y de la mano de una inevitable comparación con sus antecesores, Gorbachov, joven y dinámico, se presentaba como el portador, por añadidura, de un innegable hechizo que arrastraba una rotunda vocación de cambio.
Los hechos no se ajustaban al mismo perfil, en cambio, para los ciudadanos soviéticos, más propensos a apreciar en Gorbachov un freno de los proyectos de reforma que un genuino impulsor de estos últimos. Piénsese que incluso aquellos de entre éstos que cualquier persona sensata convendrá en reconocer como méritos indisputables de nuestro hombre -la 'glásnost' o política de transparencia; los rápidos cambios operados en las relaciones externas de la URSS- merecen acaso una consideración distante. Y es que, y al cabo, Gorbachov, más que darle inequívocas alas a los procesos correspondientes, se limitó a tolerarlos por entender, sin duda, que eran inevitables.
A los ojos de muchos soviéticos, y por decirlo con otras palabras, Gorbachov fue fundamentalmente un renovador del poder burocrático: su proyecto de fondo se encaminó a modernizar la dominación de la 'nomenklatura' dirigente, que al efecto debía dejar atrás -sí- deleznables hábitos de largo aliento para conseguir que de esta suerte permaneciese en pie, con todo, el grueso de sus privilegios. Cuando la apuesta gorbachoviana no fue ésta, por lo demás, el último de los presidentes soviéticos pareció sucumbir al hechizo de un capitalismo en el que con el paso del tiempo fueron desapareciendo eventuales elementos correctores.
En ese magma, y más allá de respetables juicios de valor, parece fuera discusión que la mayoría de las decisiones asumidas por Gorbachov fueron un fracaso, y ello por mucho que sea obligado reconocer que aquéllas se forjaron en un escenario cada vez más difícil. Las tímidas medidas de reforma política se saldaron a la postre con la aparición de nuevas fuerzas que apostaban por fórmulas rupturistas y con una erupción nacionalista que a buen seguro no estaba en el guión previsto por la dirección del PCUS. Si lo anterior era grave de por sí, más lo fue el fiasco que cobró cuerpo en el terreno de la economía: sin planes ni mercados, la crisis se afianzó y, con ella, empezó a desmoronarse todo el edificio de las reformas.
Para que nada faltase, en fin, y con una alarmante tolerancia en el mundo occidental, Gorbachov no dejó de sucumbir a espasmos autoritarios no precisamente menores. En tal sentido, no sólo mostró una notable tolerancia para con los sectores más conservadores del PCUS: se hizo sospechoso de colaboración con quienes, en agosto de 1991, asestaron un golpe de Estado cuyo fracaso dio al traste con la propia URSS. En un ámbito más benigno, pero igual de llamativo, no está de más subrayar que mientras la Unión Soviética existió Gorbachov se negó en todo momento a concurrir a las urnas: todo podía discutirse, al parecer, menos el papel dirigente del PCUS y de su secretario general. Qué ilustrativo es que, años después, en 1996, cuando nuestro hombre promovió su candidatura en las elecciones presidenciales rusas, obtuviese menos de un 1% de los votos populares.
Este desdén por la gente de a pie y por sus derechos -una marca indeleble en el comportamiento, de siempre, de Gorbachov- parece haber permanecido, en suma, incólume. Eso es al menos lo que invitan a concluir los desmesurados elogios con que nuestro hombre ha obsequiado, los últimos años, al presidente ruso, Putin, y ello por mucho que de vez en cuando Gorbachov haya manifestado sus recelos ante la tentación autoritaria que se revela en la conducta cotidiana del actual inquilino del Kremlin.
Rematemos, aun así, con la enunciación de lo que en los hechos es una paradoja: fanfarria retórica aparte, el proyecto histórico de Gorbachov -el reciclaje de las capas más tecnocratizadas y profesionalizadas de la burocracia- ha adquirido carta de naturaleza a la postre en el conjunto de la Europa central y oriental contemporánea, bien que en condiciones a buen seguro diferentes de las que acariciaba el último de los presidentes de la URSS.
 
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