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último apunte de diario Rusia tras las elecciones
   
 
11/12/2003 | Carlos Taibo | Rusia - Europa del este |
El Correo (11 de diciembre de 2003)
 
A diferencia de su antecesor en el Kremlin, y en lo que se antoja un signo más de su irrefrenable deseo de acumular un poder incontestado, Vladímir Putin ha hecho lo que estaba de su mano para garantizarse una cómoda mayoría de apoyo en la cámara baja del parlamento ruso.
Los pasos acometidos al respecto han sido varios. El primero ha asumido la forma de apuntalamiento de una fuerza, Rusia Unida, que a duras penas acierta a ocultar su condición de partido presidencial; no se olvide, sin embargo, que Yeltsin, en su momento, se había mostrado renuente a mostrar un franco respaldo a formaciones políticas precisas. A buen seguro que Rusia Unida se ha visto beneficiada por un puñado de circunstancias --las que rodean al presidente de estas horas-- que parecen tan eficaces en términos de opinión pública como falaces: una bonanza económica que más le debe a los precios internacionales del petróleo que a otra cosa, la inevitable comparación entre Putin y su etílico predecesor, y, en fin, una llamativa ausencia de alternativas que merezcan tal nombre.
Pero los movimientos del presidente no se han agotado ahí. Por lo pronto, ha atraído, con éxito, hacia Rusia Unida a una fuerza política, la liderada por el sempiterno alcalde moscovita, Yuri Luzhkov, que cuatro años atrás parecía contestar los espasmos autoritarios del entonces primer ministro Putin. Ha procurado la división del voto comunista de la mano de inyecciones financieras, muy sospechosas, a un nuevo partido, Patria, que a buen seguro ha hecho daño a la que fuera la fuerza política más votada en las dos últimas legislativas. Ha sabido sacar provecho a un sistema que, de la mano de la asignación de la mitad de los escaños al candidato más votado en circunscripciones uninominales, distorsiona el voto popular en provecho claro de los grandes. Y, sobre todo, ha empleado en obsceno beneficio propio unos medios de comunicación de los que han desaparecido, y dramáticamente, las voces que se atreven a disentir.
El resultado de semejante trama salta a la vista. El partido del poder ha salido sensiblemente fortalecido, tanto más cuanto que formaciones que no le son en modo alguno hostiles han conseguido nutrida representación en el parlamento. Junto a él, y moviéndose acompasadas con Rusia Unida, han ganado terreno aquellas fuerzas --el Partido Liberal Democrático de Zhirinovski y Patria de Gláziev-- que enarbolan sin ocultarlo una bandera, la del nacionalismo, que en la Rusia de estas horas se traduce en la demanda expresa de mano dura en lo que a Chechenia respecta y en una defensa obsesiva de un fantasmagórico proyecto imperial.
Si tales son los ganadores, no resulta difícil identificar a quienes pierden. Tal es la condición que corresponde, ante todo, al Partido Comunista, entrampado entre su dramático anquilosamiento, el envejecimiento de sus electores y, claro, la agresividad de las tretas urdidas en el Kremlin. Aunque anda muy confundido quien a estas alturas piense que tras el partido de Ziugánov se aprecia el descontento de una población víctima de un salvaje expolio --aquél poco más es que una poco imaginativa fórmula de reorganización de segmentos de la vieja nomenklatura que no han encontrado fácil acomodo--, lo cierto que el retroceso comunista hará que reculen aún más las voces de quienes, con criterio más que respetable, reclaman una revisión radical de las privatizaciones verificadas en el decenio de 1990.
El otro gran perdedor lo configuran las dos formaciones que dicen defender postulados liberales: la Unión de Fuerzas de Derecha, de Nemtsov, y Yábloko, de Yavlinski. Tampoco en este caso conviene dejarse llevar en demasía por la retórica que acompaña a estas dos fuerzas. Anatoli Chubais, responsable simbólico principal de la privatización que acabamos de mentar, ha glosado los resultados electorales como si en ellos se apreciase el triunfo irremediable del nacionalsocialismo. No vaya a ser que éste y el capitalismo mafioso que Chubais y sus acólitos han alentado sean las dos únicas opciones que, a los ojos de nuestro hombre, perviven en Rusia. Aun con ello, obligado es subrayar que el retroceso de los partidos que nos ocupan lo es también de gentes que, pese a todo, muestran alguna preocupación por los derechos humanos --siquiera se entiendan en su sentido más formalista-- e intuyen que nada bueno se deriva de la razia militar en curso en Chechenia.
A nadie se le escapa que al amparo de la Duma recién elegida es aún más fácil que el presidente Putin se mueva sin cortapisas. Uno de sus pasos inmediatos bien puede ser una reforma de la Constitución que permita su tercera reelección, a la manera de lo que se ha hecho harto común en los sultanismos centroasiáticos. Si el escenario correspondiente es grave por sí solo, las circunstancias que lo acompañan --en la forma de una visible ausencia de opciones alternativas-- redundan en la misma conclusión. Y eso que los más optimistas se aferrarán a la certificación de que la masiva abstención registrada el domingo quiere decir que no son pocos los rusos que, pese a todo, se percatan de la ingente miseria que se les propone cuando se les exhorta a acudir a las urnas.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.


ELECCIONES EN RUSIA

Carlos Taibo

A diferencia de su antecesor en el Kremlin, y en lo que se antoja un signo más de su irrefrenable deseo de acumular un poder incontestado, Vladímir Putin ha hecho lo que estaba de su mano para garantizarse una cómoda mayoría de apoyo en la cámara baja del parlamento ruso.
Los pasos acometidos al respecto han sido varios. El primero ha asumido la forma de apuntalamiento de una fuerza, Rusia Unida, que a duras penas acierta a ocultar su condición de partido presidencial; no se olvide, sin embargo, que Yeltsin, en su momento, se había mostrado renuente a mostrar un franco respaldo a formaciones políticas precisas. A buen seguro que Rusia Unida se ha visto beneficiada por un puñado de circunstancias -las que rodean al presidente de estas horas- que parecen tan eficaces en términos de opinión pública como falaces: una bonanza económica que más le debe a los precios internacionales del petróleo que a otra cosa, la inevitable comparación entre Putin y su etílico predecesor, y, en fin, una llamativa ausencia de alternativas que merezcan tal nombre.
Pero los movimientos del presidente no se han agotado ahí. Por lo pronto, ha atraído, con éxito, hacia Rusia Unida a una fuerza política, la liderada por el sempiterno alcalde moscovita, Yuri Luzhkov, que cuatro años atrás parecía contestar los espasmos autoritarios del entonces primer ministro Putin. Ha procurado la división del voto comunista de la mano de inyecciones financieras, muy sospechosas, a un nuevo partido, Patria, que a buen seguro ha hecho daño a la que fuera la fuerza política más votada en las dos últimas legislativas. Ha sabido sacar provecho a un sistema que, de la mano de la asignación de la mitad de los escaños al candidato más votado en circunscripciones uninominales, distorsiona el voto popular en provecho claro de los grandes. Y, sobre todo, ha empleado en obsceno beneficio propio unos medios de comunicación de los que han desaparecido, y dramáticamente, las voces que se atreven a disentir.
El resultado de semejante trama salta a la vista. El partido del poder ha salido sensiblemente fortalecido, tanto más cuanto que formaciones que no le son en modo alguno hostiles han conseguido nutrida representación en el parlamento. Junto a él, y moviéndose acompasadas con Rusia Unida, han ganado terreno aquellas fuerzas
-el Partido Liberal Democrático de Zhirinovski y Patria de Gláziev- que enarbolan sin ocultarlo una bandera, la del nacionalismo, que en la Rusia de estas horas se traduce en la demanda expresa de mano dura en lo que a Chechenia respecta y en una defensa obsesiva de un fantasmagórico proyecto imperial.
Si tales son los ganadores, no resulta difícil identificar a quienes pierden. Tal es la condición que corresponde, ante todo, al Partido Comunista, entrampado entre su dramático anquilosamiento, el envejecimiento de sus electores y, claro, la agresividad de las tretas urdidas en el Kremlin. Aunque anda muy confundido quien a estas alturas piense que tras el partido de Ziugánov se aprecia el descontento de una población víctima de un salvaje expolio -aquél poco más es que una poco imaginativa fórmula de reorganización de segmentos de la vieja nomenklatura que no han encontrado fácil acomodo-, lo cierto que el retroceso comunista hará que reculen aún más las voces de quienes, con criterio más que respetable, reclaman una revisión radical de las privatizaciones verificadas en el decenio de 1990.
El otro gran perdedor lo configuran las dos formaciones que dicen defender postulados liberales: la Unión de Fuerzas de Derecha, de Nemtsov, y Yábloko, de Yavlinski. Tampoco en este caso conviene dejarse llevar en demasía por la retórica que acompaña a estas dos fuerzas. Anatoli Chubais, responsable simbólico principal de la privatización que acabamos de mentar, ha glosado los resultados electorales como si en ellos se apreciase el triunfo irremediable del nacionalsocialismo. No vaya a ser que éste y el capitalismo mafioso que Chubais y sus acólitos han alentado sean las dos únicas opciones que, a los ojos de nuestro hombre, perviven en Rusia. Aun con ello, obligado es subrayar que el retroceso de los partidos que nos ocupan lo es también de gentes que, pese a todo, muestran alguna preocupación por los derechos humanos
-siquiera se entiendan en su sentido más formalista- e intuyen que nada bueno se deriva de la razia militar en curso en Chechenia.
A nadie se le escapa que al amparo de la Duma recién elegida es aún más fácil que el presidente Putin se mueva sin cortapisas. Uno de sus pasos inmediatos bien puede ser una reforma de la Constitución que permita su tercera reelección, a la manera de lo que se ha hecho harto común en los sultanismos centroasiáticos. Si el escenario correspondiente es grave por sí solo, las circunstancias que lo acompañan
-en la forma de una visible ausencia de opciones alternativas- redundan en la misma conclusión. Y eso que los más optimistas se aferrarán a la certificación de que la masiva abstención registrada el domingo quiere decir que no son pocos los rusos que, pese a todo, se percatan de la ingente miseria que se les propone cuando se les exhorta a acudir a las urnas.






































 
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