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último apunte de diario Las curvas de la historia
   
 
20/08/2006 | Carlos Taibo | Cuba - |
La Vanguardia (20 de agosto de 2006)
 
LAS CURVAS DE LA HISTORIA Carlos Taibo

Confesaré que mis opiniones sobre Castro suelen variar según quién es el interlocutor que me escucha. Si he salido en defensa del dirigente cubano ante quienes veían en él, sin más, a un sanguinario dictador, he guardado las distancias, también, frente a los defensores acérrimos de nuestro hombre que, pese a conocer las dobleces del líder idolatrado, optaban por callar antes que fortalecer los designios del imperio del norte. En estas horas me contentaré con adelantar que, más allá de la fascinación que ha provocado de siempre el personaje, el juicio que éste merece no es tan sencillo como gustaría a quienes alimentan el discurso dominante entre nosotros, aferrados, mal que bien, a la metáfora del fin de la historia. 'La historia los absorberá', vienen a decir, remedando con ironía al propio Castro, quienes prefieren olvidar que esa misma historia da muchas vueltas y esconde sorpresas luego de las curvas más pronunciadas.
Para apuntalar esa última intuición recordaré que Castro fue protagonista mayor de una encomiable resistencia -tanto más inesperada cuanto que sus orígenes lo predisponían para otros menesteres- frente a uno de los gobiernos más abyectos que ha conocido América Latina: el de Batista. Todavía hoy los expertos disputan sobre en qué medida fue EE.UU. el que, con una cerrazón que acaso escondía la búsqueda de un enemigo próximo que permitiese mover muchas ruedas, colocó a la Cuba de Castro, indefensa, en manos de la Unión Soviética. Parece fuera de discusión, sin embargo, que el comandante pagó con creces la ayuda de Moscú -la URSS poco más pedía que una plataforma estratégica para erosionar la hegemonía militar norteamericana-, en la medida en que acabó por reproducir, hasta donde era posible entre el calor de las gentes del Caribe, la sórdida mecánica de la planificación centralizada, el partido único y la represión de toda disidencia. El propio Castro, en los últimos tiempos, parece haber mostrado una inequívoca conciencia de las secuelas de la imitación de un modelo que dio alas, por cierto, a una llamativa paradoja: la relación Norte-Sur adquirió un nuevo retoño que, con los aditamentos habituales del monocultivo y la dependencia, propició a la postre un curioso intercambio desigual en provecho de la colonia. Por mucho que los resultados en modo alguno fuesen despreciables en sanidad y educación -cuánto podría aprender Estados Unidos del trabajo de los médicos cubanos en tantos lugares-, no parece que Cuba aprovechase en demasía los años de bonanza, aun cuando, para poner las cosas en su sitio, el bloqueo norteamericano fue al respecto, sin duda, decisivo, y aun cuando, también, tras la desaparición del mentor soviético Cuba salió mejor parada de lo que se auguraba.
La Cuba castrista ha padecido, por lo demás, los efectos de una dirección carismática convertida, al amparo de la necesidad inexorable, que se adivina, de reconfigurar instituciones y relaciones, en un pesado lastre. En ese terreno hay que preguntarse por las adhesiones futuras de los cubanos, y moverse, en paralelo, con mucha prudencia a la hora de responder. Es verdad que muchos cubanos adoran a Castro y asumen de resultas un ejercicio de impagable ingenuidad, no en vano atribuyen mágicamente a los segundos de a bordo todos los problemas. Me temo que concluir que a la muerte del comandante seguirá una demanda masiva y expresa de cambios radicales es, sin embargo, equivocarse, y ello sin necesidad de invocar las redes de control y de represión que han aprestado las autoridades. El escenario se antoja diferente, en otras palabras, del que se reveló cuando se desmoronaron los socialismos irreales de la Europa oriental y se hizo evidente que las propias elites no creían en modo alguno en las ideas que decían defender. Son muchos los cubanos que, orgullosos, aprecian lo poco que tienen y no ignoran los intereses que blanden la mayoría de los circuitos de oposición radicados en Florida.
Al cabo de medio siglo, la Cuba castrista se nos presenta como un ejemplo granado de valiente revolución 'nacionalista' frente a la bota del imperio del Norte, aun cuando a duras penas pueda mostrar sus credenciales como exultante revolución 'socialista'. No nos engañemos: por impecables que sean los discursos de Castro sobre el desorden internacional contemporáneo, como modelo económico alternativo Cuba nunca ha aportado gran cosa. Bien es cierto que, de nuevo, hay que preguntarse si el fracaso es el producto de alguna ineptitud ontológica u obedece a la insania del sabotaje externo. Arguyamos, con todo, que, sobrando las razones para repudiar muchos de los elementos de la vida cubana bajo Castro, más hondas son las que invitan a rechazar, por ingenua o por mal intencionada, la omnipresente superstición de que EE.UU. pelea por la causa de la democracia y de la libertad en Cuba. Y es que, ¿alguien cree en serio que esa mezcla de ultramontanismo religioso, rabiosa prepotencia, amaños electorales y obscenos intereses privados -la quintaesencia de nuestras democracias- que es el actual presidente norteamericano le gana en moralidad a Fidel Castro Ruz?

 
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