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último apunte de diario Detrás de las encuestas
   
 
07/02/2003 | Carlos Taibo | Estado español/política exterior - Iraq |
El Correo (7 de febrero de 2003)
 
Pocas dudas ofrecen los resultados de las numerosas encuestas que, en relación con la guerra que se avecina, se han realizado entre nosotros. Todas ellas --y bien que con porcentajes dispares-- ilustran una amplia mayoría hostil a una acción militar norteamericana contra Irak.
Tiene su sentido, sin embargo, glosar dos dimensiones de las respuestas ciudadanas que nos ocupan. La primera afecta a la condición, sorprendentemente firme, de los criterios de esa mayoría que le ha salido respondona a las posiciones avaladas por nuestros gobernantes. Pese a que el gigantesco aparato mediático por éstos controlado se ha empeñado en subrayar, en los últimos días, que la ciudadanía opina lo que opina porque está desinformada, los datos en nuestro poder invitan a concluir, muy al contrario, que la toma de posición mayoritaria no obedece ni a la falta de información ni, menos aún, a la improvisación. Bastará con invocar al respecto un dato de relieve: si es verdad que son mayoría quienes declaran rechazar un ataque estadounidense contra Irak en el caso de que Naciones Unidas no lo haya autorizado previamente, no lo es menos que son también abrumadora mayoría quienes se oponen a ese ataque aun en la eventualidad de que Naciones Unidas le otorgue su beneplácito. Digámoslo de otra manera: el resultado de la encuesta es fundamentalmente el mismo incluso una vez que el contenido de la pregunta se ha edulcorado en imaginable provecho de una respuesta menos hostil a la agresión que se barrunta.
A tono con lo anterior es menester agregar una segunda observación: incluso entre los votantes del Partido Popular se registra una amplia mayoría inclinada a desmarcarse de una agresión norteamericana contra Irak. El desencuentro entre el gobierno y la ciudadanía alcanza también, y de manera no poco sorprendente, a los propios acólitos del primero.
Aunque las encuestas al uso no ofrecen mayor información al respecto, tiene su sentido preguntarse -claro- por las razones que vendrían a explicar semejante escoramiento en nuestra opinión pública. El sentido común sugiere que deben invocarse, como poco, dos grandes tipos de explicaciones. La primera identifica, sin más, una prosaica reacción ante los argumentos, muy livianos, que llenan los discursos de nuestro gobierno: es difícil creer, sin ir más lejos, que Irak supone hoy una genuina amenaza para nadie. La segunda refiere una conciencia de cariz más general, y remite a una contestación radical de un orden internacional injusto. Éste tendría hoy su demostración más tétrica en la agresividad que la gran potencia del momento, Estados Unidos, muestra hacia un país indefenso, en abierta puja por el control de materias primas energéticas muy golosas.
Se antoja razonable adelantar que la primera de las explicaciones recién invocadas tiene un ascendiente más apreciable que la segunda en lo que atañe a la determinación del criterio dominante en nuestra opinión pública: la mayoría de nuestros ciudadanos, que considera que no está justificado un ataque sobre Irak, rehuye, sin embargo, consideraciones más críticas y ambiciosas. Si esto es así, habrá que convenir que, por desgracia, el presidente Aznar no está tan solo como las encuestas invitarían a concluir.
A efectos de fundamentar semejante afirmación, demos por cierto, para empezar, que la apuesta principal de nuestros gobernantes en relación con la cuestión que hoy nos ocupa es el producto de dos circunstancias: el peso de una inercia que, desde 1982, dibuja una política exterior española extremadamente sumisa y el deseo ferviente, e inmoral, de participar en la distribución del botín que EE.UU. se apresta a obtener en Iraq. Pues bien: no parece que a muchos de nuestros conciudadanos, cómodamente instalados en la vorágine del consumo, les preocupen un ápice el expolio del Tercer Mundo y las agresiones medioambientales en curso. Acatan, antes bien, unas reglas del juego, las impuestas por los poderosos, que les benefician notablemente, y ello por mucho que consideren que un ataque a Irak no está justificado.
Quienes estamos contra esta guerra por razones que no son coyunturales
-que apuntan a la inmundicia de un planeta explotado en provecho de unos pocos- debemos ser conscientes de lo que se oculta detrás de datos estadísticos por una vez halagüeños para nuestra causa. Y la mejor manera de demostrar esa consciencia es rechazar por igual la enorme irracionalidad que rodea a la agresión que se avecina y su preocupante trasfondo de ratificación de un sinfín de privilegios.

 
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