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último apunte de diario Referéndum depreciado
   
 
08/01/2005 | Carlos Taibo | Tratado constitucional de la UE - Unión Europea |
La Vanguardia (8 de enero de 2005)
 
Al amparo del referéndum que debe celebrarse en febrero, el gobierno español se halla inmerso en un loable empeño: el de demostrar que hay un demos, un pueblo, que sustenta con plena conciencia una Constitución, la de la Unión Europea, que de esta suerte adquiriría un aire nuevo.
Aunque nada hay que reprochar a ese empeño, obligado resulta reseñar que de la trastienda llegan noticias inquietantes. Por lo que cuentan, y sin ir más lejos, el gobierno estaría sopesando la conveniencia de no poner demasiada carne en el asador del referéndum, a sabiendas de que lo más probable es que la participación sea, de cualquier modo, baja. Más grave aún parece el hecho de que el presidente Rodríguez Zapatero se incline por rehuir el debate con las fuerzas políticas que rechazan la Constitución. Agreguemos que el PP también trampea: si por un lado bien se cuida de subrayar que está a favor de aquélla, por el otro procura lanzar, al tiempo, sus chinitas. Para que nada falte, la calle aporta más de un dato pintoresco. Ahí está una encuesta que, meses atrás, revelaba que la abrumadora mayoría de nuestros conciudadanos apoyaba la Constitución de la UE, aun cuando la abrumadora mayoría de esos mismos conciudadanos declaraba ignorarlo todo sobre aquélla... A más de uno le ha venido a la memoria una canción de La Polla Records: "Políticos locos guían a las masas, que les dan sus ojos para no ver qué pasa".
La conducta, timorata, del gobierno es extraña: ya que dispone de una holgada mayoría de apoyo -el no en modo alguno se va a imponer en el conjunto del país-, ¿por qué no comportarse con elegancia y magnanimidad, y avenirse a discutir lo que merece ser discutido, tanto más cuanto que ahora, y no sin paradoja, el debate franco puede servir de acicate para la participación popular? Algunos empiezan a barruntar, qué menos, un fiasco semejante al que se cobró otro referéndum, el de 1986, en uno de los momentos más tristes del derrotero político de los últimos decenios.
Permítaseme que, por una vez, acuda en socorro de nuestros gobernantes y recuerde, con una pizca de ingenuidad y un mucho de ironía, que corre por ahí un manifiesto, "Digamos no al tratado constitucional para construir otra Europa", cuyos promotores no son militantes de partidos ni gentes especialmente interesadas en los avatares del referéndum. Podrían debatir, pues, con quienes nos gobiernan y sacarles las castañas del fuego. El propósito del manifiesto en cuestión no es otro que alentar una reflexión crítica sobre la UE en nuestros movimientos sociales y sortear así la bula que parece beneficiar, desde siempre, a una instancia que incluso en el mundo de la izquierda resistente ha quedado, en los hechos, al margen de la contestación. Téngase presente, por cierto, que en su momento un responsable de la Unión se permitió afirmar en el Tribunal de Justicia de ésta que "las críticas a la UE equivalen a blasfemias, de tal suerte que pueden reprimirse sin violentar la libertad de expresión". En la misma onda, a los ojos de muchos sólo le buscan las cosquillas a la UE quienes, herejes o locos, están mal informados, se muestran reacios a los cambios o se adhieren a cosmovisiones ultramontanas...
Si hay algo que conviene encomiar de la Constitución que se nos propone es el hecho, palpable, de que refleja sin fisuras la condición de la UE de hoy. En ésta se dan cita, conforme al espíritu del manifiesto que glosamos, la taimada invención de una tradición que dibuja una imagen edulcorada de la historia europea, un irrefrenable impulso neoliberal que anula las señas de lo que muchos entendieron que era un modelo de capitalismo social, una preocupante laxitud en materia de derechos y libertades, el asentamiento de criterios nada generosos en lo que atañe a los nuevos socios y, más aún, a quienes se quedan fuera, y, en suma, una política exterior que invita a cuestionar que, por su cara bonita, la UE sea un agente internacional irrevocablemente comprometido con la justicia, la paz y la solidaridad. Con el dios mercado impregnándolo todo, nos hallaríamos ante una recia combinación, en otras palabras, de la Europa de los mercaderes y la Europa fortaleza.
Desde la perspectiva del manifiesto invocado sobran los motivos para concluir que la Constitución no es esa venturosa realidad que tantos elogian con arrobo. Si, por un lado, no hay razón para aseverar que se apresta a rebajar un histórico déficit democrático, por el otro ilustra el designio de preservar para los Estados el grueso de las atribuciones, al tiempo que concibe a éstos, en detrimento de ciudadanos y pueblos, como único agente de relieve. Mientras rehuye el establecimiento de garantías que hagan realidad los derechos sociales que retóricamente enuncia, contempla la inmigración como un problema que, palabrería aparte, debe ser tratado con fórmulas represivas, y alienta, en fin, la consolidación de una política exterior tan impregnada de espasmos militaristas como ratificadora de atávicas relaciones de sumisión. Su naturaleza habría sido cabalmente rescatada por Pietro Barcellona: "Cuando el poder está claramente en manos de los potentes lobbies de los negocios y de las finanzas, de los círculos mediáticos y de la manipulación de las informaciones, los juristas se abandonan al cosmopolitismo humanitario y se apuntan al gran partido de las buenas intenciones y de las buenas maneras". De agradecer será que en los meses venideros podamos hablar, y sin censuras, de estas cosas.
 
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