galego-português imprimir cerrar
Artículos
 
 
 
último apunte de diario Bush, Kerry y sus cuitas
   
 
04/11/2004 | Carlos Taibo | Estados Unidos - |
El Correo (4 de noviembre de 2004)
 
El recorrido y los resultados de las elecciones presidenciales estadounidenses invitan a perfilar, a vuela pluma, cuatro someros comentarios. El primero, insorteable, señala que el candidato demócrata, John Kerry, ha fracasado en su designio de movilizar, con un proyecto que generase una ilusión palpable, resortes que estaban presuntamente dormidos en la sociedad norteamericana. Con un discurso apenas rupturista, y a menudo sórdido, Kerry ha demostrado estar muy lejos del Roosevelt que embaucó a la sociedad estadounidense con un New Deal o, más aún, de su admirado Kennedy. Es lícito afirmar, con todo, que, al aceptar las reglas del juego, Kerry lo tenía difícil: si pujaba por granjearse el apoyo de los electores indecisos, tenía por fuerza que moverse en un terreno próximo al del rival republicano; si, por el contrario, apostaba por darle alas a un discurso más independiente y diferenciado, corría el riesgo de enajenarse el respaldo de los mentados indecisos. Aunque, claro, y en un sentido distinto, hay quien se sentirá tentado de apostillar que la tarea de Kerry era razonablemente sencilla, dada la condición abrasiva de las políticas de Bush, muy arriesgadas en los ámbitos de la economía -déficit público, deterioro de la balanza de pagos, desempleo- y de las relaciones exteriores -Irak, engrosamiento del caldo de cultivo de respuestas desbocadas-.
No está de más que subrayemos, en segundo lugar, lo que ya sabíamos de consultas electorales desplegadas en los escenarios geográficos más dispares: hay que pensárselo dos veces a la hora de interpretar los efectos que sobre las diferentes candidaturas presentadas tiene una participación más alta de la común. Al respecto lo suyo es que recordemos que la movilización del electorado propio provoca, a partir de un umbral determinado, la del electorado rival. De resultas, y en el caso que hoy nos ocupa, bien puede haber quedado anulado, o al menos mitigado, el efecto saludable que sobre la candidatura de Kerry parecía llamada a tener una participación por encima de la normal.
Hora es ésta de reseñar, en tercer lugar, que acaso hemos perdido demasiado tiempo en sesudas disquisiciones relativas a si los dos principales candidatos concurrentes planteaban ofertas genuinamente distintas (como hemos discutido mucho sobre las fórmulas electorales, y muy poco, en cambio, sobre la calidad de la democracia estadounidense). Mayor interés corresponde a la determinación de cuál es el ámbito del espectro ideológico en el que se verifican eventuales similitudes y discrepancias. Y es que los dos grandes partidos norteamericanos han experimentado en los últimos decenios un franco corrimiento hacia la derecha, de tal suerte que parece razonable aseverar que el propio Partido Demócrata responde hoy a lo que entre nosotros entendemos que es el centro derecha; para hacer las cosas aún más agrias debemos agregar, por añadidura, que el candidato Kerry se emplaza en el sector más conservador -más derechista- de ese partido. Si nuestro diagnóstico es correcto, no queda más salida que emplazar al Partido Republicano y a su candidato de estas horas en el terreno propio de la derecha más ultramontana. Alguien hará bien en preguntarse, entonces, cómo casar que, meses atrás, el gobierno que entre nosotros encabezaba José María Aznar trabase una sólida relación con George Bush hijo al tiempo que se declaraba comprometido con un giro hacia el centro.
Vaya una cuarta, y última, precisión: pese a las apariencias, no era mucho lo que las elecciones dirimían en lo que respecta a la política exterior de Estados Unidos. Asumamos de buen grado que los pronósticos relativos a lo que estaban llamados a hacer, en este terreno, Bush y Kerry eran cualquier cosa menos firmes. Si en relación con el primero se ha hablado de una actitud más moderada en la arena exterior -el fiasco iraquí tiene, a buen seguro, un efecto de aprendizaje-, del segundo no han faltado quienes han augurado políticas singularmente severas derivadas tanto del designio de contentar al establishment más conservador como de las mayorías republicanas en la Cámara de Representantes y en el Senado. Aunque lo suyo es convenir que ninguna de esas afirmaciones está exenta de polémica, el destino de los desheredados del planeta parecía ser el mismo con tirios y con troyanos. Y es que no está de más rescatar algo que olvidamos muy rápidamente: cuando, el pasado 30 de septiembre, Bush y Kerry debatieron sobre la política exterior de Estados Unidos, no hubo una sola mención a los problemas, lacerantes, que acompañan a la pobreza en este mundo nuestro. Al parecer, a los representantes señeros de la mayoría de los ciudadanos norteamericanos sólo les importan su bolsillo y su seguridad.

 
subir