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último apunte de diario (19) El lector desmemoriado. Santo Tomás y Santo Prepucio
   
 
27/11/2018 | Carlos Taibo | El lector desmemoriado - |
www.carlostaibo.com (27 de noviembre de 2018)
 
Aunque en mi título de licenciado es la primera disciplina que se menciona, mis conocimientos de filosofía son muy livianos. A duras penas podría hilvanar un par de ideas sobre Tomás de Aquino y la escolástica medieval. Con ocasión de un curso de doctorado que recibí en la universidad me negué a leer, como era preceptivo, “Los seis libros de la República” de Bodino. Y en lo que a Hobbes respecta, la hondura de mis conocimientos viene dada por el hecho de que, al explicar en clase los cimientos conceptuales del Estado moderno, aduje un buen día que había sido -Hobbes, no el Estado- hijo de una parturienta, circunstancia harto común, al parecer, en este valle de lágrimas. Lo que quería decir era que la madre de Hobbes había protagonizado un parto prematuro, acosada como estaba por el temor que provocaba la presencia de la Armada Invencible en las costas de Inglaterra. 

Pero permítanme que vuelva a Tomás de Aquino para recordar que fue protagonista principal de un debate teológico en el siglo XIII. Cuando, en muchas ocasiones, me entregué a la ardua tarea de rescatar en clase, a primera hora de la mañana, esa disputa era frecuente que muchos alumnos tuviesen la fortuna de desperezarse de una vez por todas. Me refiero al debate relativo al Santo Prepucio -el corrector ortográfico me obsequia con esas hermosas mayúsculas iniciales-, una disputa que partía de la certeza, más que razonable, de que Jesucristo era judío y había sido circuncidado. Aunque sabemos que el hijo de dios resucitó y subió a los cielos, quedaba por responder, en el siglo XIII como hoy, una pregunta sobre lo que ocurrió con el prepucio afectado: ¿quedó entre nosotros o, por el contrario, ascendió también a los cielos por su cuenta y riesgo? Tomás de Aquino, que era un racionalista ‘avant la lettre’, se inclinó por la primera de las respuestas. La pieza debía tener, en cualquier caso, un tamaño gigantesco, o debía tenerlo al menos si nos guiamos por el hecho de que se conserva en un sinfín de pueblos del sur de Italia. Por razones que desconozco, pero que acaso remiten a nuestra particular pudibundez, esta singularísima y simpática tradición no parece haber alcanzado la Península Ibérica. Aún estamos a tiempo, con todo, de sacarle provecho a una imaginable disputa sobre lo ocurrido con el cordón umbilical de Jesús.

Leí hace unos meses el libro de Joe Nickell titulado “The Relics of the Christ” (Las reliquias de Jesucristo). Es un estudio competente y entretenido que se interesa por las numerosas reliquias que, en relación con Jesús, se conservan en el planeta. Desde la Sábana Santa de Turín hasta los clavos de la cruz, pasando por el manto de la Verónica. El trabajo, impregnado de sano escepticismo, llega a la conclusión de que ninguna de esas reliquias y piezas puede acreditar su cacareada condición. Me queda, aun así, la duda de determinar desde dónde escribe el autor. Aunque para el caso dé igual, sospecho que no se trata, en el fondo, de un investigador independiente, sino de un protestante empeñado en afear la hilarante costumbre católica -ahí está, para certificarla, el cráneo de san Juan Bautista joven- de inventar reliquias por todas partes. Las cosas como fueren, el Santo Prepucio, canonizado por mi corrector, no se asoma al libro del amigo Nickell. Grave error.
 
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