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último apunte de diario (14) El lector desmemoriado. Machado y el lado esquivo de la vida
   
 
25/10/2018 | Carlos Taibo | El lector desmemoriado - |
www.carlostaibo.com (25 de octubre de 2018)
 
Leí en su momento Ligero de equipaje, la biografía de Antonio Machado que lleva la firma de Ian Gibson. Si quiere usted enterarse de la peripecia vital del bueno de don Antonio, hará bien en posar sus ojos en las páginas de ese libro. No estoy seguro, sin embargo, de que, después de hacerlo, el autor le haya ofrecido un retrato cabal de quién era, como persona, el más conocido de los Machado. ¿Era cordial o, más bien, antipático? ¿Divertido o, por el contrario, adusto? ¿Educado o, cuando le daba, mal encarado? ¿Tímido o, llegado el caso, resuelto?

Creo recordar que, en un brevísimo párrafo de sus muchas páginas, Ligero de equipaje recoge el testimonio de un madrileño que aseveraba que Antonio Machado frecuentaba un burdel del barrio de Malasaña. Igual soy muy ingenuo, pero me da que en esa información –al biógrafo le debiera corresponder determinar si certera o no- hay más riqueza en la comprensión de quién fue el poeta que en las muy sesudas apreciaciones relativas a los cambios de domicilio de éste, a los libros publicados, a los premios recibidos o a los avatares políticos en los que se vio inmerso. Pareciera como si, en otras palabras, el lado esquivo de la vida personal, en el caso mencionado y en otros que pudieran presentarse, quedase pudorosamente arrinconado.

Una vez comenté lo del burdel del barrio de Malasaña a mi buen amigo Xavier Castro, hasta hace no mucho profesor en la Universidad de Santiago –tuvo el buen criterio de jubilarse a tiempo- y experto sin par en la historia de la vida cotidiana en Galicia. Xavier me dio a entender que parecía como si yo me acabase de caer del guindo, y adujo al respecto que todos los varones de cierta edad y condición acostumbraban, en las décadas de 1920 y 1930, a “aliviarse” –éste era el sagaz término que se utilizaba entonces- en prostíbulos. Le pregunté expresamente si lo del “todos” era certificable, y Xavier, con su cultura sin límites, inició un largo recorrido sobre la frecuentación prostibular de los próceres del nacionalismo gallego anterior a la guerra civil. Ni el propio Castelao, según su versión de los hechos, se salvaba. Por no hablar de Outeiro Pedraio, el representante por antonomasia del catolicismo galleguista, quien en la opinión de mi colega bien habría hecho en escribir una guía de los burdeles de la provincia de Ourense. Cierto es que, cuando le pregunté por Vicente Risco –el polígrafo ourensano-, Xavier dudó en momento y admitió que el “todos” esgrimido acarreaba acaso algún exceso. No pude sino recordar que alguna polémica parecida se revela en las biografías de Fernando Pessoa, a quien, tímido sin corrección, resulta difícil imaginar en una casa de lenocinio.

Las cosas como fueren, la vida de Antonio Machado, frecuentador o no de burdeles, aún va a dar trabajo a sus admiradores. Y me da que el autor de Campos de Castilla no era muy simpático. Difícil era serlo, tragedias amorosas aparte, en el país en el que le tocó vivir.
 
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