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último apunte de diario (6) El lector desmemoriado. Recuperar a Simone Weil
   
 
19/09/2018 | Carlos Taibo | El lector desmemoriado - |
www.carlostaibo.com (19 de septiembre de 2018)
 
En dos ocasiones me he acercado como autor a la biografía. Los castigados por mi osadía han sido dos seres humanos singularísimos: el poeta lisboeta Fernando Pessoa y el pensador berlinés Walter Benjamin. Más o menos coetáneos el uno y el otro, de siempre me atrajo la amargura de los últimos años de sus vidas. Y me atrajo pese a que en los ensayos correspondientes confieso mi incapacidad para seguir de manera certera sus escritos, más evidente, ciertamente, en el caso de Benjamin –mi alemán es, por lo demás, pobre- que en el de Pessoa.

Cuento esto ahora porque, si alguien me preguntase por algún otro ser humano cuya vida permitiría cerrar una imaginable trilogía de talento y desgracias, rápidamente aportaría el nombre de una figura extremadamente singular. Hablo de Simone Weil, a quien no debe confundirse, por cierto, con Simone Veil, víctima de Auschwitz, ministra de Sanidad en Francia y presidenta del parlamento europeo, fallecida el pasado año. Confesaré de nuevo que en el caso de la primera arrastro grandes problemas para seguir el grueso de su obra. Cuantas veces lo he intentado, he naufragado en el intento. Y, sin embargo, la vida de Simone Weil es por sí sola lo suficientemente rica como para justificar la sorpresa, primero, y el hechizo, después, que ha provocado en tantas gentes.

Francesa, nacida en 1909 y muerta en 1943, autora de una prolífica obra filosófico-mística –nunca envió, sin embargo, un manuscrito a un editor-, vinculada en un grado u otro con lo que algunos llaman “extrema izquierda” y eventualmente próxima al mundo libertario, Weil fue por encima de todo un alma atormentada que rompió las fronteras de todas las convenciones. Pese a la condición relativamente aposentada de su familia, y pese a su enorme fragilidad física, Simone no dudó en convertirse en trabajadora manual en la industria –había que probar los sinsabores de los más castigados-, en ofrecerse como voluntaria en la guerra civil española –en una unidad mayoritariamente anarquista desplegada en el frente de Aragón-, en mostrar su solidaridad con los preteridos negándose al respecto a ingerir más alimentos de los que estaban a disposición de éstos, en abandonar el refugio norteamericano para regresar a una Europa incendiada por la guerra, en postularse, sin éxito, para ser lanzada en paracaídas en la Francia ocupada por el ejército alemán y, en los últimos días, y aquejada de tuberculosis en la Inglaterra del segunda conflicto mundial, en abstenerse de comer para propiciar una muerte segura.

No ocultaré, aun con todo, que esa vida que acabo de mal resumir –la propia de una persona en la que la consecuencia material iba estrictamente en consonancia, a diferencia de lo que es común entre nosotros, con sus ideas e inquietudes, y con una austeridad y una severidad extremas- presentó también sus oscuridades. La mayor fue, acaso, la de una judía que por muchos conceptos renunció a su condición de tal en un momento sensiblemente doloroso, y perdóneseme el eufemismo, para los integrantes de la comunidad hebrea. Aunque no le fue a la zaga tampoco la ingenuidad, y con ella los equívocos, con la que en sus últimos años encaró escenarios políticos complejos.

Mucha riqueza, ¿verdad?, para un ensayo biográfico. Pero que nadie se preocupe, que ese tercer volumen está muy lejos de mis proyectos. Anímense ustedes y busquen, en cualquier caso, y por su cuenta, a Simone Weil.
 
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