galego-português imprimir cerrar
Artículos
 
 
 
último apunte de diario (3) El lector desmemoriado. Manuel Vázquez Montalbán y los pareados
   
 
09/09/2018 | Carlos Taibo | El lector desmemoriado - |
www.carlostaibo.com (9 de septiembre de 2018)
 
Leí, claro, en tiempos a Vázquez Montalbán. Por mis manos pasaron varios de sus libros de ensayo, su hoy más bien olvidada obra poética y, en fin, las primeras entregas de la serie de Carvalho. Supongo que el hecho de que Vázquez procediese de una “tradición” distinta de la mía y hubiese medio sucumbido al hechizo de El País y sus tentáculos se tradujo en un freno en mis entusiasmos. Un freno que no impedía reconocer la cultura apabullante del personaje y su infinita capacidad de comunicación.

En el terreno personal no puedo sino estar agradecido a Vázquez Montalbán.
Recuerdo que en dos ocasiones la editorial en la que yo publicaba -una editorial de fuste, qué tiempos aquellos- le pidió que presentase libros míos. En ambos casos Manuel aceptó, aunque, por razones que ahora se me escapan, esas presentaciones no prosperaron. Y doy por descontado que Vázquez Montalbán era persona muy ocupada. Sólo una vez coincidí, en fin, con él. Fue con ocasión de una de las ediciones de la feria del libro de Guadalajara, en México. Qué tiempos aquellos –y permitan que repita la letanía- en los que me invitaban a esos eventos. Compartí entonces un largo desayuno con el autor de Galíndez. En mi memoria han quedado tres trechos de la conversación correspondiente. El primero lo fue sobre Galicia, no en vano el padre de Manuel era de un lugar del interior de la provincia de Lugo en el que, según el hijo, y para mi sorpresa, había una importante comunidad protestante. Aunque siempre pensé que los protestantes se habían asentado en exclusiva en la Galicia costera, merced ante todo al negocio de la venta de biblias, parece que la semilla plantada por don Jorgito Borrow germinó también en otros lugares. Hablamos, en segundo término, y como no podía ser menos, de fútbol, y en singular de Djalminha, aquel talentoso y caótico centrocampista que jugaba en el Deportivo. De los diez lances más vistosos de la Liga española en esos años, cinco los protagonizaba inequívocamente Djalminha; ninguno de ellas terminaba, eso sí, en gol. Y hablamos, en suma, de José María Mendiluce, con quien yo mantenía entonces –qué tiempos aquellos- encendidas polémicas en las páginas de El País.

Pero, a fuer de ser sincero, cuando me hablan de Vázquez Montalbán lo que me viene a la memoria son dos anécdotas. El rescate de la primera me obliga a recordar que en la década de 1990 viajé varias veces a Suiza, convidado casi siempre por asociaciones culturales gallegas, para dictar –menos mal que este verbo tan trasnochado ha ido reculando- conferencias. Qué tiempos aquellos, por cierto. Pues bien: los colegas de Basilea me contaron en una ocasión que habían invitado a Vázquez Montalbán a dar una charla y le habían preguntado cuánto les iba a cobrar por ella. Manuel respondió que en modo alguno les cobraría, pero que deseaba alojarse, eso sí, en determinado hotel y cenar en un afamado restaurante. En mala hora aceptaron mis compatriotas la demanda de Vázquez Montalbán: más barato les hubiese salido pagar religiosamente –buen adverbio de modo, también, éste- la charla del escritor... Supongo, con todo, que lo doloroso debió ser lo del restaurante. Me imagino a un buen grupo de amigos dispuestos a compartir mesa con alguien muy admirado y deseosos, al poco, de que llegase pronto el final de mes. Aclararé que no le estoy haciendo un reproche a Vázquez Montalbán. Yo duermo –siempre mal- en cualquier sitio y tengo gustos culinarios muy frugales. Tal vez por eso admiro, y ésta es confesión sincera, a los sibaritas.

Voy, en fin, a por la segunda de las anécdotas que anuncié. Acaso recordarán ustedes que en uno de esos canales de pago del grupo Prisa se emitía de vez en cuando un programa que asumía la forma de una singularísima, y más bien larga, entrevista con una figura conocida. La entrevista en cuestión se emitía al día siguiente, o un par de días después, del fallecimiento del personaje, que, claro, estaba sobre aviso de la circunstancia. Yo me encontraba en Sevilla, en un hotel –qué tiempos aquellos-, unas horas después de la muerte, creo recordar que en Bangkok, de Vázquez Montalbán y tuve la oportunidad de contemplar el programa a él dedicado. Cuando llegó el último trecho de éste, la voz femenina que formulaba las preguntas le pidió al amigo Manuel una frase que quedase para la posteridad. Visiblemente incómodo, Vázquez Montalbán confesó que no se le ocurría ninguna. Como quiera que la entrevistadora insistiese, e invocase el derecho de los telespectadores a guardar en la retina las últimas palabras, cabe suponer que solemnes, de un escritor muy querido, el entrevistado asumió, con cordura, el camino de la retranca. Procedió a explicar que cuando era un adolescente estaba matriculado por libre en un instituto en Barcelona. Y agregó que un buen día acudió a un examen oral de literatura. El profesor le pidió que definiese un pareado pero, visiblemente nervioso, el joven Vázquez Montalbán –me cuesta imaginarlo sin bigote- no dio con ninguna definición convincente. El examinador, que debía ser buena persona, pretendió facilitarle la tarea al alumno y le sugirió que propusiese, al menos, un ejemplo de pareado. Y el amigo Manuel, raudo, respondió: “El que calcula compra siempre en Sepu”. Buena declaración de intenciones ésa para asumir el camino de la eternidad.

P.S. Sepu eran unos almacenes que –supongo- estaban presentes en muchos lugares. El que yo recuerdo estaba ubicado en la avenida de José Antonio, ahora la Gran Vía, de Madrid. Acaso ocupaba los bajos del edificio que hoy acoge buena parte de la parafernalia del grupo Prisa.
 
subir