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último apunte de diario (2) El lector desmemoriado. La guerra civil de José Luis Sampedro
   
 
06/09/2018 | Carlos Taibo | El lector desmemoriado - |
www.carlostaibo.com (6 de septiembre de 2018)
 
En más de una ocasión me han preguntado por algún texto breve que explique la guerra civil. Me atreveré a responder que, al respecto, nada me parece mejor que el exiguo capítulo que, sobre la guerra civil de José Luis Sampedro, se incluye en un libro de título acaso poco afortunado. El libro en cuestión, Escribir es vivir, fue competentemente redactado por la hoy viuda de Sampedro, Olga Lucas, al amparo de un curso que el maestro impartió en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander.

En 1936 Sampedro acababa de sacar una oposición de Aduanas que lo había llevado a la capital cántabra. La suya era, inequívocamente, una familia conservadora, que andaba muy lejos, sin embargo, y estos matices no deben desaprovecharse, del fascismo del momento. En inicio Santander quedó en zona republicana, y el bueno de Sampedro fue movilizado en una unidad de milicianos anarquistas. Lo que yo interpreto que el autor de La sonrisa etrusca nos cuenta es que esos milicianos suscitaron al poco en él una reacción de amor-odio. Por un lado era inevitable reconocer en aquellos obreros rudos una hermosa consecuencia, al servicio como estaban de una cosmovisión que es acaso la más hermosa de cuantas nunca se han imaginado (una cosmovisión, por cierto, que Sampedro abrazó, mal que bien, en los últimos años de su vida). Pero, por el otro, era evidente que no eran su gente.

Cuenta Sampedro que el responsable de la unidad de milicianos lo llamó a capítulo y le dijo de manera escueta: “Hemos visto las manos que tienes y sabemos que te vas a pasar al enemigo. Lo único que te pedimos es que lo hagas bien, y que no tengamos que matarte”. Aunque Sampedro no se pasó al enemigo, este último, al cabo de unos meses, acabó por ocupar Cantabria. Y nuestro hombre fue movilizado de nuevo, ahora por los nacionales. Si no mal recuerdo, hizo el resto de la guerra en Guadalajara y en Lleida, en donde -según cuenta-, y entiéndase la metáfora, le estalló la cabeza: si la violencia de los desheredados, la de los milicianos anarquistas, le producía repulsión, la de los señoritos era, literalmente, insoportable.

Creo que pocos relatos mejores habrá de la guerra civil. Por mucho que el lector tenga derecho a preguntarse si Sampedro contemplaba en 1936 los hechos con la misma lucidez con que los sopesaba siete décadas después.

 
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