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último apunte de diario (1) El lector desmemoriado. De escritores y diplomáticos
   
 
01/09/2018 | Carlos Taibo | El lector desmemoriado - |
www.carlostaibo.com (1 de septiembre de 2018)
 
Qué tiempos aquéllos en los que uno escribía en los periódicos y se codeaba con diplomáticos rusos. Con uno de estos últimos quedé, en algún momento de la segunda mitad de la década de 1990, en la puerta del hotel Suecia de Madrid. Lo cierto es que este buen hombre, Vladímir –no podía llamarse de otra manera-, llegó tarde y su retraso, venturoso, me permitió vivir dos anécdotas consecutivas.

La primera me obliga a recordar que, apostado yo en la puerta del hotel, vi cómo se acercaba Mario Benedetti, el admirado escritor uruguayo. Le debía ocurrir lo mismo que a mí: había quedado con alguien y ese alguien no había aparecido. Benedetti se adentró en la cafetería y al cabo de un par de minutos, cuando salía, encontró a las dos mujeres, de cierta edad, con las que se había citado. Y que se habían retrasado. Estaba yo tan cerca que no tuve más remedio que escuchar la conversación. El escritor explicó que, al penetrar en la cafetería, un camarero lo había reconocido y le había dicho “lo de siempre”. “¿Y qué es lo de siempre, Mario?”, le preguntaron intrigadas, y al unísono, sus interlocutoras. “Lo de siempre, lo de siempre”, respondió molesto Benedetti, para inmediatamente agregar: “Me ha saludado efusivamente y me ha dicho: ‘Buenos días, señor Onetti’”. Aunque, por lo que creo saber, la relación entre los dos grandes escritores uruguayos era cordial, a Mario, al parecer, no le hacía mucha gracia que lo confundiesen con Juan Carlos, el encamado. Ay de lo que pueden hacer esos apellidos italianos en los trasegados oídos celtibéricos.

Pero vuelvo al diplomático ruso, que por fin llegó. Nos sentamos en una mesa en la cafetería e iniciamos lo que llamaré una “conversación de ascensor”. Ya saben ustedes: ésas que versan sobre el tiempo o sobre el tráfico. Al amparo de esa sórdida conversación se me ocurrió preguntar a Vladímir cuántas personas trabajaban en su embajada. Se abrió camino un silencio embarazoso y los segundos empezaron a caer. No sabía si le estaba pidiendo a mi interlocutor que revelase un secreto de Estado o si Vladímir era muy lento contabilizando efectivos por departamentos. Yo, por mi parte, no encontraba la manera de retirar la pregunta, que repito era la propia de una conversación intrascendente. Luego de meditar mucho su respuesta, Vladímir tomó la palabra y dijo: “Absolutamente todas”. No sé si saben ustedes que en la Unión Soviética había gravísimos problemas en materia de productividad laboral. Tantos que el bueno de Vladímir debió pensar que yo, en un protocolario intercambio de obviedades, era tan descortés como para preguntar cuántos de los diplomáticos rusos trabajaban de verdad y cuántos se escaqueaban. Seguro, en cualquier caso, que me mintió.  
 
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