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último apunte de diario Prólogo a "L´ultim Sant Jordi de Tea Sputnik", de Joveguille
   
 
09/05/2016 | Carlos Taibo | Derechos y libertades - |
De Falces, Lleida, 2016
 
Al lector pronto se le hará evidente que los protagonistas, las víctimas, de “L´últim Sant Jordi de Tea Sputnik” son, llamativamente, gentes que viven al margen de las interesadas normas sociales que los poderosos nos imponen, de sus empleos, de sus contratos y de sus certezas. Gentes que trabajan a deshora, cuando los demás de divierten o descansan. Pero que tienen, a diferencia de quienes acatan la sumisión que nos reclaman, un sistema de valores en el que la solidaridad es pilar fundamental. No sé si agregar que, como quiera que en la mayoría de los casos se trata, por añadidura, de extranjeros –odiosa palabra ésta-, su visión del mundo y de las relaciones humanas parece marcada por una sociabilidad que entre nosotros falta desde bastante tiempo atrás.
No está de más agregar que esos protagonistas son responsables de graves delitos. Si uno de ellos es el de pintar grafitis en las paredes, el otro, más importante, lo configura su designio, ya mencionado, de comportarse solidariamente con las víctimas de la violencia policial. Una violencia que no tiene, por lo demás, justificación posible. Ni siquiera la que nace de ese discurso exculpatorio que viene a sugerirnos que es “desproporcionada”. Tiene su miga esto de la desproporción, no en vano desliza una intuición delicada: la de que existiría, en efecto, un delito, aun cuando la respuesta consiguiente escaparía a lo razonable. Qué dirían, entre nosotros, las gentes biempensantes si alguien afirmase que el holocausto judío, durante la segunda guerra mundial, fue desproporcionado…
En las páginas de “L´últim Sant Jordi de Tea Sputnik” se nos emplaza delante de una de las muchas distorsiones que alimenta la miseria dominante: la de que quienes hacen daño, y merecen por ello castigo, son los marginales que pintan en las paredes, y no quienes pagan a los policías, los corrompen y los convierten en estímulo poderoso para mantener en pie un escenario de explotación y exclusiones. Porque a estas páginas, y con claridad meridiana, se asoma una figura que nada tiene que ver con la tradicional que nos habla de policías buenos, honrados y dispuestos, por encima de todo, a ayudar a los demás. No sólo eso: se denuncia de forma expresa lo que con el tiempo se ha convertido, en los medios, en el pan nuestro de cada día, en la forma del designio expreso de ocultar la realidad, desde los cuerpos policiales, en beneficio propio. Si tengo que rescatar al respecto un ejemplo entre muchos, ahí está el que ofrece, convincentemente, el documental “La ciutat morta”. Pero ahí está también la certificación, cotidiana, de que lo que dicen los cuerpos de seguridad va a misa, en los tribunales, con la franca connivencia, tantas veces, de jueces y fiscales.
Bueno será que recuerde que en la trastienda de esta obra se escucha, en fin, el rumor de la leyenda de Sant Jordi, al amparo de un recordatorio constante de quiénes son los héroes y quienes los servidores de un mundo injusto y jerarquizado. Porque lo suyo es subrayar, como lo hacen estas páginas, que entre nosotros no hay mayor violencia que la que ejercen tantos empresarios sobre los trabajadores, tantos hombres sobre las mujeres y tantos policías con los sin papeles, como no hay mayor violencia que la que todos desarrollamos en nuestra guerra contra la naturaleza o como la que asume la forma de genuinas campañas de rapiña para apropiarnos de la riqueza de los países pobres. Mal haríamos en olvidarlo.
 
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