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último apunte de diario Podemos, podríamos, pudimos
   
 
01/04/2015 | Carlos Taibo | Estado español/España - 15-M, movimiento |
Estela Mateo (dir.), "Hasta luego Pablo. Once ensayos críticos sobre Podemos" (Catarata, Madrid)
 
Hace un año, en enero de 2014, publiqué una primerísima impresión sobre lo que en aquel momento era una fuerza política recién creada: Podemos. Vuelvo ahora sobre la materia con vocación parecida a la de entonces. Se concreta en el propósito de asumir, en este texto, una crítica de Podemos formulada desde el respeto que merecen muchos de sus integrantes, desde el compromiso de no emplear con el nuevo partido los mismos argumentos miserables que algunos aplicaron al movimiento del 15 de mayo (15-M) –eludiré, por ejemplo, una etiqueta, la de populista, que a menudo para poco más sirve que para descalificar a quien no piensa como uno- y desde el deseo de esquivar, hasta donde sea posible, los comentarios sobre personas singulares. Bien es verdad que, de no dar satisfacción de este último designio, tampoco parece que se fuese a resquebrajar ningún edificio importante: salta a la vista que a los responsables presentes de Podemos les importa poco lo que gentes como yo, desde la marginalidad, tengan a bien decir.

Parto, por lo demás, de la certeza de que, aunque nadie tiene respuestas cabalmente convincentes para nada y a nadie le faltan las dudas, hay grados en el despliegue de la zozobra consiguiente. Si hay algo que inspira, por encima de todo, este texto es la preocupación por la autonomía de los movimientos sociales y por la desmovilización hoy imperante. Creo yo que, desde esa atalaya, el resultado mayor es una crítica de Podemos que nada tiene que ver, ni con la que emiten los corifeos del sistema, ni con la que surge de una izquierda que una veces vive cómodamente instalada en las instituciones y otras abraza modelos impregnados de dogmas y jerarquías. Postulo, en otras palabras, una crítica que está lejos de la literatura hagiográfica que Podemos ha generado en torno a sí y de las diatribas panfleteras que el nuevo partido ha suscitado. Me permito agregar que las opiniones que expreso en estas páginas son comúnmente objeto de desdén entre quienes interpretan que, como quiera que cuestionan desde posiciones libertarias lo que acarrean partidos, elecciones e instituciones, no plantean, de resultas, ninguna discusión interesante a los ojos de quienes confían en esas tres instancias que acabo de mencionar. Creo, sosegadamente, que se equivocan.

Obligado estoy, por otra parte, a enunciar la convicción de que los responsables de Podemos no arrastran contradicciones mayores. Proponen, sin más, un proyecto diferente del que tantos tenemos en mente, algo que certificaría el hecho, consecuente, de que, llevados del impulso de atraer a muchos simpatizantes del Partido Popular (PP), del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de Unión, Progreso y Democracia (UPyD) o de Izquierda Unida (IU), no se dirigen a nosotros, aun cuando lo que dicen y hacen repercuta, como se antoja inevitable, sobre nosotros. Anticipando una posible queja, me siento en la obligación de agregar que, desde la convicción de que la primera tarea del mundo libertario consiste en iluminar alternativas diferentes encaminadas a perfilar una sociedad paralela distinta de la que ofrecen el capital y sus servidores –a ese menester dedico buena parte de mi tiempo-, sobran las razones para hacer un alto y plantear, para quien pueda interesar, una crítica de la propuesta de Podemos que deshaga equívocos y promueva una réplica que con toda evidencia falta. Semejante operación debe partir, de cualquier modo, de la certeza de que en los últimos años muchos libertarios hemos vivido insertos en nuestra propia burbuja: la que, desde mayo de 2011, nos hizo pensar que había llegado a su fin un ciclo marcado por partidos, separaciones y jerarquías en provecho de otro nuevo en el que se imponían la autoorganización, la autogestión y el rechazo de liderazgos y personalismos. Hoy estamos obligados a tomar nota de que, aun cuando el 15-M promovió, a menudo con mucho coraje, esa discusión, cometimos un error de cálculo en lo que se refiere al vigor, menor del que intuimos, de la segunda de las posiciones. Que nadie interprete mal lo que acabo de anotar: sigo pensando que instancias como el movimiento del 15 de mayo, como proyecto de largo recorrido, son vitales para alentar una transformación radical que responda a los retos derivados de un capitalismo en corrosión terminal, cada vez más cerca del colapso. Si el 15-M no existiese tendríamos que inventar, en otras palabras, algo parecido.


La organización

Podemos ha experimentado a lo largo del año 2014 un proceso de franca uniformización, de tal suerte que hoy no presenta la disparidad y la pluralidad que, probablemente, se hicieron valer en los primeros momentos. De ello se sigue una consecuencia principal: describir Podemos como una instancia abierta de la que pueden salir realidades distintas es equivocarse. Lo anterior es el producto de un nada singular patrón en virtud del cual la retórica asamblearia ha encontrado un duro contrapeso en una cúpula dirigente que, hipercontroladora, omnisciente, castigadora y claramente formalizada, molesta ante la eventual existencia de facciones internas, funciona de manera manifiestamente autónoma. Por detrás no es difícil barruntar algo que recuerda a los modelos organizativos leninistas, al amparo de un fuerte poder interno volcado al servicio –admitamos que en esto las dudas y la imaginación están a la orden del día- de una posible toma del poder externo.
En la trastienda se adivinan los efectos del juego mediático al que Podemos se ha sometido y la intuición de que hay que preservar la posición de un dirigente que muchos de los militantes y simpatizantes del partido dan en describir como carismático. En semejantes condiciones, y luego de que los responsables de Podemos se hayan tomado mucho tiempo a la hora de certificar las miserias de las organizaciones de la izquierda tradicional, en las que en la mayoría de los casos han militado durante años, no queda sino anotar que al cabo reproducen muchos de los elementos característicos de lo que dicen rechazar. O, en su defecto, que han asumido muchas de las reglas del juego que proceden de la tradición correspondiente, aun cuando hayan decidido tirar por la borda –esto es al menos lo que se deduce del discurso públicamente defendido- la dimensión de izquierdas que la acompañaba. Así las cosas, Podemos se alejaría de la izquierda tradicional por cuanto habría decidido prescindir de un proyecto de izquierdas, y no por los hábitos organizativos, tan trillados como malsanos, que abraza en estas horas.

Nada de lo dicho es ajeno –ya lo he sugerido- al curioso escenario mediático del que Podemos es en buena medida deudor. No olvidemos al respecto que la cúpula dirigente del partido ha medrado al calor de las tertulias televisivas que han adquirido carta de naturaleza en canales privados, incluidos los propios de la derecha montaraz, de la mano de lo que muchas veces –no siempre, claro- ha sido una relación cordial con la "casta" mediática. Curioso fenómeno es éste, por cierto, de las tertulias convertidas en supuesto procedimiento emancipador de conciencias. Varios elementos se han dado cita en ese singularísimo magma. Uno de ellos es el asentamiento de un liderazgo –de varios liderazgos, si así se quiere- claramente perfilado, que en modo alguno ha hecho ascos a lo que en otros contextos se suele llamar "culto a la personalidad"; recuérdese, si no, la condición de la papeleta empleada por Podemos con ocasión de las elecciones al Parlamento de la Unión Europea (UE) en mayo de 2014. Ese liderazgo se ha visto apuntalado a menudo con argumentos de carácter meritocrático que subrayaban la probidad de los créditos académicos de sus beneficiarios. Enfrentados a la miseria y a la cortedad de miras de la mayoría de los profesionales de las tertulias, los dirigentes de Podemos, aunque adustos y tensos, prepotentes y soberbios, han pulsado una tecla que les ha dado, al menos a título provisional, resultados: la que subrayaba su pretensión de configurar, en un brevísimo plazo de tiempo, una mayoría que permitiese formar gobierno. Frente a la perspectiva tradicionalmente abrazada por IU, que siempre se ha postulado, en los hechos, como una fuerza política marginal en la que quedaba reflejado un voto de contestación que no sabía de mayorías, Podemos lanzó un órdago que a buen seguro está en el origen, siquiera parcialmente, de los resultados que las encuestas auguran a la formación. Lo de menos en este caso era el rigor del pronóstico, y ello por mucho que el rigor en cuestión no pareciese sobrar en afirmaciones como las que, en labios de alguno de los dirigentes del nuevo partido, sugirieron que fue el efecto Podemos el que provocó la abdicación del rey o la retirada de Alfredo Pérez Rubalcaba...

Existe un raro -es casi universal- consenso en lo que respecta a la idea de que los círculos de Podemos se caracterizan ante todo por su condición testimonial o, lo que es lo mismo, por su manifiesta inactividad. Pareciera como si, en un escenario de servidumbre voluntaria, su único cometido palpable consistiese en emitir mensajes virtuales camino de la cúpula de la organización y, en su caso, en aportar para el futuro una mano de obra útil a efectos de la cansina operación de pegado de carteles electorales. Aunque alguna excepción con certeza la hay, los círculos –que acaso contemplan el mañana en términos de una acción que están llamados a desplegar ellos mismos en solitario- son desconocidos en las luchas sociales y laborales al uso. Mi intuición es que la cúpula de Podemos los mira con recelo, toda vez que al cabo no le importan los militantes, que llegado el caso pueden ser molestos: sólo interesan los votantes. Para que nada falte, en muchos de esos círculos se aprecia ya el desembarco, inquietante, de muchos arribistas que, tras buscar acomodo en otras fuerzas políticas, sopesan en estas horas la posibilidad de sacar tajada en Podemos, cuya virginidad en lo que se refiere a conductas indeseables se intuye flor de un día. De ello parece moderadamente consciente la cúpula de la organización, reacia, como es sabido, a presentar listas propias en las municipales de mayo de 2015, en parte por lo anterior y en parte, también, por temor a un eventual fiasco que rebaje expectativas de cara a las generales previstas para finales de ese año. En este escenario tampoco puede sorprender que hayan menudeado tomas de posición pintorescas –dan para un libro de humor- del lado de muchos de los círculos.

No deja de ser llamativo, por otra parte, que sigamos teniendo problemas a la hora de identificar a los integrantes de los círculos: ¿son activistas, son militantes o son miembros de la organización? Aunque a buen seguro que en Podemos hay gentes con experiencia militante y voluntad de mantener unas u otras luchas, mucho me temo que el retrato-robot de quienes llenan los círculos y de quienes se cuentan cerca de éstos se ajusta a otro perfil: el de lo que voy a describir como activistas de facebook, entregados a la tarea de pulsar el "me gusta" y el "compartir", y poco más. Mucho me temo, también, que son estas gentes las que Podemos presume de haber recuperado para la tarea de la contestación, de la mano de lo que no puede sino antojarse una victoria pírrica. Por lo que he creído apreciar, bastantes de estas personas estuvieron en el 15-M, en mayo de 2011, en la primera semana de despliegue de aquél, para marchar inmediatamente a casa, decepcionados ante un movimiento que, o bien les parecía demasiado radical, o bien reclamaba de un trabajo que no estaban dispuestas a asumir. En Podemos, en cambio, y en estas horas, apenas se les pide otra cosa sino una complacencia cortés ante lo que llega de arriba. El terreno al respecto está abonado –no se olvide-, toda vez que estas gentes han sucumbido sin resistencia a una operación de atracción en la que ha primado el hechizo por la palabra, como si el hecho de que alguien hable bien, o tal se supone, nos diga algo relevante sobre su condición o sus propuestas.

A duras penas sorprenderá que, con estos mimbres, los movimientos sociales interesen poco, o constituyan un engorro, para la dirección de Podemos. Alguno de los integrantes de ésta ha señalado que aquéllos arrastran una tara: la de ser meramente resistentes. Curioso argumento éste emitido desde una fuerza política que, en la órbita de la socialdemocracia, y empeñada –como es lo suyo- en gestionar civilizadamente el capitalismo, no cuestiona ningún fundamento del sistema. En el mejor de los casos, la cúpula de Podemos entiende que los movimientos deben quedar al servicio de un partido que actúa como vanguardia, convertidos en simples correas de transmisión o, peor aún, vertebrados como instancias de apoyo a futuras políticas gubernamentales (conforme a algo que no puede por menos que recordar, ahora sí, al modelo bolivariano venezolano). Es inevitable que, en estas condiciones, sobre la cabeza de las gentes de cierta edad pese el recordatorio de lo que el Partido Socialista hizo a partir de 1982 con asociaciones de vecinos y sindicatos. Claro que, más allá de esta circunstancia, en la deriva de Podemos, y en uno de sus predecibles futuros, hay demasiadas cosas que traen a la memoria el formidable fiasco de 1982.

Nada de lo que he anotado hasta ahora debe conducir a la conclusión de que en Podemos ha desaparecido todo tipo de contestación interna. Mi impresión es, sin embargo, que la oposición que pervive resulta, por momentos, aún más inquietante que el resto de la organización. Muchos de sus integrantes son los únicos que atribuyen virtudes de lucha a los círculos, sobre la base de argumentos que al cabo vienen a sugerir que "mi círculo no es como los demás". Hablo de gentes que en varias oportunidades han augurado, por otra parte, venturosas revueltas que en modo alguno se han hecho realidad, circunstancia que, pese a ello, no ha provocado de su lado ninguna contestación seria de los flujos verticales y jerarquizantes que han ido cobrando cuerpo. Pareciera como si muchos se negasen a abandonar consecuentemente un barco que intuyen, con todo, no conduce a buen puerto. Y que en la tarea no se echasen para atrás a la hora de reproducir los malos hábitos –así, el que aconseja concentrar varios cargos y responsabilidades en una misma persona- de la cúpula. En estas circunstancias, y no sin paradoja, parece que la servidumbre voluntaria que antes invoqué ha alcanzado entre estas gentes cotas inesperadas.

Obligado estoy a prestar atención, en fin, a la presencia notabilísima, entre los cuadros de Podemos, de profesores y licenciados universitarios que reflejarían el vigor ingente de un proyecto meritocrático. Al respecto no pueden producir sino estupor las constantes invocaciones a "los mejores" que realizan los dirigentes del nuevo partido: al margen de ellos mismos, claro, ¿quiénes son los mejores, por qué lo son y quién lo ha decidido? Hay quien estima, en cualquier caso, que al amparo de Podemos ha ganado terreno un proceso llamativo: si durante años hemos tenido la oportunidad de certificar cómo una generación entera de jóvenes, y de no tan jóvenes, veía por completo trabado su acceso al mercado de trabajo, o debía instalarse en éste en condiciones infames, merced a Podemos esa generación habría encontrado, por ahora de forma simbólica, una manifiesta sobrerrepresentación en detrimento de otros segmentos sociales y generacionales a duras penas presentes en la nueva instancia, o al menos en sus estamentos directores. Es obligado subrayar lo que por momentos tiene que resultar obvio: ese tránsito desde la marginación hasta la sobrepresencia no puede ocultar que los beneficiarios que copan esos estamentos no reflejan en modo alguno la condición de una generación. Como quiera que son muchos los jóvenes que, a más de explotados y marginados, no están en disposición de abrazar ningún discurso meritocrático, es muy delicado confundir una generación entera, o varias, con su concreción universitaria y erasmusizada. La afirmación, por lo demás, de que la revuelta generacional que se barrunta en algunas de las concreciones de Podemos es razonable se vincule con una propuesta de corte socialdemócrata tiene por fuerza que molestar, y mucho, a una parte de los integrantes de la generación, o de las generaciones, afectada. Si a ello agregamos los dubitativos pasos que en el seno de Podemos, donde muchos códigos de la sociedad patriarcal parecen permanecer incólumes, se han dado en lo que respecta a la asunción de las propuestas del feminismo consecuente cerraremos un panorama que es cualquier cosa menos estimulante.

Me permito extraer una conclusión rápida de todo lo dicho: el argumento, muy del gusto de los medios del sistema, que concluye que Podemos es la inevitable concreción partidaria del movimiento del 15 de mayo constituye un manifiesto dislate. Dejaré claro que no es ésta, ciertamente, una percepción que hayan abrazado los dirigentes del nuevo partido, quienes, sin embargo, tampoco han hecho mucho para acallar a quienes la enunciaban. Sea cual sea la versión del 15-M por la que optemos, las diferencias saltan a la vista. Me limitaré a señalar que el 15-M es un movimiento horizontal, asambleario y abierto, que ha rechazado en todo momento liderazgos y personalismos. En la versión de ese movimiento que a mí me interesa, ha sido hasta hoy, por añadidura, una propuesta de largo recorrido que aspira a modificar conciencias y actos en la perspectiva de propiciar un cambio radical y que, en tal sentido, muestra un permanente desdén hacia las instituciones y su juego. Así las cosas, a los ojos de muchos el lema "no nos representan" no ha tenido ni tiene un carácter coyuntural ni ha ceñido su reivindicación a la condición de los dos grandes partidos españoles: ha servido para enunciar, antes bien, el firme designio de rechazar la lógica entera de la representación y, con ella, ese amasijo de vanidades, intereses y personalismos que son los liderazgos. Como no podía ser menos, en suma, el 15-M al que ahora me remito defiende la autonomía, la independencia y la pluralidad de los movimientos sociales, y lo hace desde posiciones que, por definición, no pueden ser cortoplacistas ni eficientistas. Para que nada falte, el 15-M ha supuesto un estallido de compromiso, de creatividad y de pensamiento crítico que no es perceptible en ninguna de las manifestaciones de Podemos. ¿En cuántos lugares no habré oído decir que al calor del movimiento del 15 de mayo se produjeron las primeras okupaciones de edificios, de la mano de un ejercicio de rebeldía civil irrastreable en cualquiera de las concreciones de un nuevo partido al parecer dispuesto a tirar por la borda activos importantísimos?


El programa

Un año después de su aparición, y hablando en propiedad, Podemos sigue careciendo de programa. Si durante muchos meses ha dependido de las posiciones defendidas por sus dirigentes, aparentemente incontestadas, han menudeado los momentos en los que aquéllos, cuando han sido interpelados al respecto, se han escudado en la tesis de que el partido no había refrendado expresamente esta o aquella propuesta. Llamativo fue, en su momento, que la dirección de Podemos decidiese demandar de dos catedráticos de universidad la redacción de un programa económico que, pese a no tener, al parecer, ningún carácter definitivo, fue presentado a bombo y platillo. Recuérdese que la vaguedad y la ambigüedad programáticas, que permiten respuestas muy elásticas, diferentes según cada caso, justifican, unas veces, eventuales compromisos radicales y, otras, asunciones redondamente conservadoras. No consta, por ejemplo, que Podemos haya discutido y aprobado ningún documento en lo que se refiere al eufemísticamente llamado "derecho a decidir", circunstancia que no ha impedido que sus dirigentes se hayan pronunciado repetidas veces al respecto.

Me interesa poco la discusión –tan cara a los analistas del sistema- sobre si el programa de Podemos es "realista" o no, y sobre si la nueva fuerza política dispone o no de cuadros para encarar los entresijos del poder. Puestos en éstas, no dudaría en mostrar mi proximidad con las propuestas poco realistas y con los responsables menos avezados. Me limitaré a señalar, sin más, que el programa que se barrunta que es el de Podemos –mantengamos algunas cautelas- no es el mío, algo que, aunque debiera ser muy fácil de entender, no lo es tanto a los ojos de muchos miembros de esa fuerza política que, al parecer, estiman que resulta impensable que alguien disienta de sus planteamientos. Estos últimos parecen obedecer, por cierto, a una manifiesta vocación regeneracionista. Su propósito mayor consiste en reformar, sin cuestionarlas, las leyes y las instituciones que padecemos o, lo que es lo mismo, en cancelar aquellos de sus elementos que se consideran poco saludables. Desde esta percepción, las leyes y las instituciones mencionadas no son malas: simplemente han sido utilizadas de forma perversa. Resulta inevitable que, con estos mimbres, se hurten discusiones importantes, como es el caso de la relativa a si las instituciones, con el Estado en lugar central, son neutras y pueden ser empleadas en provecho de proyectos liberadores o como la que se interroga, de manera más precisa, por el Estado de derecho y sus funciones de legitimación y preservación del capitalismo y sus reglas. Lo que en relación con el Estado de derecho se nos dice es, con toda evidencia, que mientras las leyes no cambien no queda otro remedio que acatarlas, sin mayor hueco, en consecuencia, para nada que huela a desobediencia y rebeldía civiles.

Efecto insorteable de esta perspectiva es el hecho de que, en el mejor de los casos, se contesta lo que significa el régimen –el bipartidismo y la corrupción, para entendernos-, pero se acata la condición del sistema –el capitalismo- que se halla en la trastienda. Sobre esta base, y pese a las apariencias, a duras penas puede sorprender que la propuesta consiguiente no acarree ningún cuestionamiento serio de lo que, al cabo, supuso la transición política verificada a finales de la década de 1970. Como no podía ser menos, a tono con el discurso dominante en la izquierda que vive en las instituciones, y por ejemplo, no hay voluntad alguna de examinar el papel decisivo que en la parafernalia de la transición mentada correspondió a las elecciones, mecanismo central de legitimación del orden que cobraba cuerpo; a lo más que se alcanza es a cuestionar, de nuevo, un sistema electoral claramente funcional, ciertamente, a los intereses del régimen. Tampoco puede sorprender que, en este orden de cosas, no se revele ningún coqueteo con la perspectiva de la autogestión, con la de la autoorganización desde abajo o con la defensa de espacios autónomos desmercantilizados. Estas antiguallas no encajan, con toda evidencia, con el impulso atrapalotodo que parece orientar las opciones programáticas de Podemos.

Por detrás no podía ganar terreno otra propuesta que la socialdemócrata. Y es que cuando se imponen el cortoplacismo, el designio de aceptar el capitalismo como una realidad incuestionable y el propósito de emplear la maquinaria del Estado como catapulta de un proyecto pretendidamente transformador emerge de forma inercial la vulgata socialdemócrata. Importa subrayar, eso sí, que el proyecto de Podemos ha sido socialdemócrata desde el principio, y no sólo, como algunos parecen concluir, desde el otoño de 2014. O, por decirlo de otra manera: incluso en el caso de que buscásemos los orígenes de ese proyecto en la Venezuela bolivariana, algo que sólo tangencialmente conviene hacer, nos toparíamos con la realidad de un Estado-providencia, el de ese país, que ha acrecentado su misión asistencial pero en modo alguno ha roto los moldes, una vez más, de la perspectiva socialdemócrata. Cierto es, con todo, que desde el otoño mencionado la apuesta de Podemos es aún más clara, incluso en el terreno simbólico. Así lo aconseja concluir la decisión de invocar el concurso de los dos economistas antes mencionados, mucho más interesados en demostrar el carácter civilizado y realista de sus propuestas que en responder de su moderación y acatamiento del sistema. En un escenario en el que las rebajas programáticas han sido evidentes a lo largo del año 2014, no queda sino concluir que Podemos ha hecho suyo un programa que remite, y consistentemente, a uno de los discursos de la "casta" que dice repudiar. No se busque de por medio, en particular, ninguna contestación del capitalismo, al amparo de un horizonte mental que como mucho reclama limitar "el peso abusivo de los bancos", permite elogiar el desempeño del Banco de Santander –"el miedo va a cambiar de banco", anotó sarcásticamente alguien- o se propone conseguir que Amancio Ortega pague impuestos en España. Admitamos, aun así, que aquí no hay ninguna trampa y que, desde el principio, la crítica de la "casta" no ha tenido ninguna vocación de cuestionamiento del capitalismo: muchos empresarios de corte neoliberal la comparten sin cautelas, no en vano rechazan la condición de un grupo parasitario y corrupto que –entienden- para preservar su condición de tal los castiga a través de impuestos desmesurados. Salta a la vista, por lo demás, que discusiones como la que ahora me ocupa, que al cabo remiten a la colisión entre capital y trabajo, quedan por completo fuera de los intereses y querencias de un genuino partido atrapalotodo.

Retomemos el último adjetivo que acabo de emplear, que da cuenta de la condición de fuerzas políticas que, portadoras de compromisos ideológicos más o menos sólidos, en la derecha o en la izquierda, han ido tirándolos por la borda con el propósito de granjearse el apoyo electoral de ciudadanos que se encontrarían en un centro político más o menos desideologizado. Hay quien piensa que, con el paso del tiempo, lo que nos acabará por parecer lo más original de Podemos no será su inteligente empleo de los resortes que ofrece el aparato mediático al uso, sino su inédita, por rápida, deriva atrapalotodo. Aunque el argumento nos emplaza ante una tesis sugerente, mucho me temo que ignora un hecho al que ya me he referido: como quiera que Podemos ha sido, desde el principio, una fuerza socialdemócrata, no es tarea sencilla ni remuneradora la que invita a identificar una llamativa operación de suelta de lastre ideológico. Es verdad, con todo, que la deriva desde enero de 2014 ha propiciado en el nuevo partido –ya lo he anotado- un asentamiento de las señales que remiten a una moderación creciente en las propuestas. Ello ha sido así, en particular, desde que se hicieron valer, en mayo, los resultados de las elecciones al Parlamento de la UE y, con posterioridad, las buenas expectativas electorales de Podemos. Si cabe interpretar que el designio inicial de apoyarse en una fuerza como Izquierda Anticapitalista remitía a una propuesta que, aunque socialdemócrata y declaradamente emplazada lejos del eje izquierda-derecha, por encima de todo aspiraba a restar apoyos a IU al tiempo que auguraba, de resultas, un horizonte atrapalotodo limitado, el proceso se desbocó después de mayo al amparo de la intuición –no es mi cometido calibrar si justificada o no- de que el nuevo partido aspiraba a tocar poder.

Las señales de ese giro conservador son muchas. Rescatemos entre ellas la repetición, obsesiva, y ya mentada, de que Podemos no es una fuerza ni de izquierdas ni de derechas; el designio de pelear por un espacio descrito con el equívoco vocablo centralidad –permite medio esquivar un término, centro, que se sitúa en el misma marco categorial que los de izquierda y derecha-; el empleo habitual de una dialéctica, vaga por equívoca, que distingue a los de arriba y a los de abajo; los esfuerzos encaminados a borrar los nexos que varios de los dirigentes del partido mantuvieron en el pasado con Venezuela; la cancelación de compromisos varios en el terreno económico, con una defensa postrera del euro como realidad incuestionable; la consolidación de un discurso nacional-patriótico; la reivindicación de un ejército garante de la soberanía, o los elogios, inmoderados, al papa de turno. Aunque acaso el mejor botón de muestra de lo que tenemos entre manos lo ofrecen las posiciones que parece defender la cúpula de Podemos en relación con el debate soberanista en Cataluña, al amparo de una ambigüedad tan calculada como lamentable. En esas posiciones se han dado cita la demanda de la necesidad de "decidir" sobre muchas cosas, y no sólo sobre una independencia visiblemente ninguneada, la afirmación de que no es posible pactar nada con los nacionalistas moderados catalanes, la invocación de eventuales sintonías de clase entre los habitantes de los barrios periféricos de Barcelona y Madrid -¿a qué clase defiende, por cierto, Podemos?-, la reiteración de que es preferible una Cataluña dentro de España, la frecuente ausencia de una contestación franca en lo que se refiere a la prohibición de una consulta popular al respecto y, en fin, la negativa, siquiera sólo sea por omisión, a respaldar semejante consulta. Bien es verdad que para explicar todas estas posiciones no sólo es menester hablar de una pulsión atrapalotodo: hay que invocar también el ascendiente que sobre muchos de los integrantes de los círculos en Cataluña, el País Vasco y Galicia ejerce el nacionalismo español en su versión más banal. Me da que en el momento en que estas líneas se escriben sólo se mantiene en pie una propuesta que, mal que bien, rompe el impulso atrapalotodo: la que reclama que España abandone la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Esperemos noticias al respecto –la última señala que, al parecer, Podemos reclama una defensa europea que sea menos dependiente de los intereses de Estados Unidos: ojo con la terminología-, y limitémonos a recordar que hace tiempo que Syriza prefirió olvidar sus compromisos iniciales en lo que se refiere a un abandono de la Alianza Atlántica por Grecia.

Permítaseme que agregue dos observaciones menores sobre lo que tengo ahora entre manos. La primera da cuenta de una obviedad: cuando una fuerza a la que en primera instancia se suponía vinculada con un proyecto de izquierdas prescinde de muchas de las señas de identidad correspondientes, por débiles que éstas fueren, corre el riesgo de perder algunos de sus apoyos iniciales. Salta a la vista que algo de ello ha empezado a ocurrir con una parte, sin duda menor, de la militancia de Podemos. En el cálculo de los dirigentes de este último, decididamente empeñados en ganar respaldos electorales entre los votantes tradicionales de los partidos de la "casta", semejante pérdida es asumible por irrelevante, tanto más cuanto que cabe entender que muchas de las gentes de izquierda que apoyaron en principio a Podemos, aunque cada vez más molestas, mantendrán su fidelidad al partido por entender, quizás, que es un mal menor; en caso de que, por otro lado, decidan marcharse, ahorrarán problemas a la cúpula podemita. La segunda de mis observaciones pretende situarnos ante una dimensión importante de este debate y recuerda que, aunque IU no es una fuerza atrapalatodo –pretende conservar sus señas de identidad de izquierdas-, comparte inequívocamente con Podemos una percepción cortoplacista que traba una comprensión cabal de lo que supone un capitalismo en corrosión terminal y poco más reclama que una reconstrucción de los llamados Estados del bienestar. En tal sentido, y como propuesta alternativa, mucho me temo que lo que plantea IU –entrampada, por añadidura, en pactos a duras penas presentables, inequívocamente burocratizada y empeñada en preservar una relación cordial con las cúpulas de los sindicatos mayoritarios- es de una lamentable indigencia, algo que en buena medida explica por qué sus defensas ante la irrupción de Podemos son tan precarias. ¿Por qué ese empeño en subrayar tantas veces el carácter socialdemócrata de Podemos y en olvidar, en cambio, el de IU? Claro es que, puestos a identificar damnificados por el auge de Podemos, no está de más que agregue el nombre de UPyD, que, en crisis abierta, ha perdido la patente de novedad de la que, al calor de otro proyecto atrapalotodo, había sacado visible provecho los últimos años. Gracia tiene que Rosa Díez haya identificado a Podemos con el Frente Nacional francés, o al menos gracia tiene a los ojos de quienes apreciábamos en muchas de las manifestaciones de UPyD la marca española de la ultraderecha francesa.Y eso que, estructuras jerárquicas aparte, hay un poderoso elemento de comunidad entre el partido de Díez y Podemos: la irascibilidad de muchos de sus militantes.

No sería afortunado, en suma, que esquive una consideración importante que se halla, con certeza, en la trastienda de lo que ahora me ocupa: la que, con origen en determinados estamentos de Podemos, sugiere sibilinamente que el propósito de éste sería alcanzar el poder para, una vez en él, aplicar un programa bien distinto –entendámonos: más radical e izquierdista- del que preconiza en estas horas. Antes que nada, confesaré que no creo que haya engaño alguno en el discurso de Podemos –y eso que lo suyo es recordar, para quienes gustan de la genética, que alguno de sus dirigentes, y esquivaré nombres, era años atrás un estalinista exultante y un socialdemócrata vergonzante, para haberse convertido hoy en un socialdemócrata exultante y un estalinista vergonzante-, de tal suerte que se equivocan quienes piensan que el partido sería un lobo con piel de cordero. Aunque esta asunción llenará de contento a algunos, conviene que no dejemos de lado la contrapartida: a su amparo no estarán de enhorabuena quienes estiman que, una vez en cabeza de las instituciones, Podemos procederá a democratizar su estructura interna o apostará por un programa decrecentista y anticapitalista. Mala noticia sería, de cualquier modo, que a la postre el nuevo partido, de alcanzar el poder, actuase como PSOE y PP, que tan acostumbrados nos tienen a prometer una cosa y hacer otra. De adquirir carta de naturaleza la posibilidad que ahora me interesa, habría que concluir, por lo demás, que a la innegable inteligencia táctica de los dirigentes de Podemos no le seguiría una inteligencia estratégica: estarían ignorando las reglas del juego, de obligado cumplimiento, que un sistema puntillosamente forjado, el de la UE, impone a quienes lo han acatado y, también, a quienes creen poder subvertirlo. Las cosas como fueren, si Podemos aplica el alicaído programa que parece defender en estas horas, malo. Y, si no lo hace, y bien que por razones diferentes, también.


Podemos frente a sus detractores

Unas líneas más arriba he subrayado la irascible condición de muchos de los partidarios de Podemos, que se mostrarían poco dispuestos a aceptar críticas dirigidas contra la formación política a la que apoyan. En algunos casos esa actitud arrastra contradicciones evidentes. No deja de ser curioso, por ejemplo, que se tilden de anticuadas y casposas determinadas críticas que, de serlo, no merecerían –parece- la atención que se les presta. Tampoco parece razonable que se entienda que reclaman una réplica frontal determinados cuestionamientos de lo que Podemos es que surgen en la marginalidad: no queda sino concluir que quienes se entregan a esa réplica valoran mal cuál es el alcance de esos cuestionamientos o, en su defecto, tienen tantas dudas en lo que se refiere a las virtudes del partido al que respaldan que no están dispuestos a asumir ninguna concesión, actitud muy propia, por cierto, de personas que han decidido agarrarse a un clavo ardiendo. El balance final, en cualquier caso, no puede ser menos halagüeño: en Podemos hay muchas gentes que estiman que la crítica –más aún una autocrítica que visiblemente falta- es desmovilizadora, traidora y reaccionaria, en la medida en que frena la posibilidad del cambio que con toda certeza –nos dicen- se va a producir.

Al final lo que parece consolidarse es la conclusión de que quienes critican a Podemos –y pienso ahora, fundamentalmente, en quienes lo hacen desde la izquierda- lo hacen porque resultan irremediablemente tontos, portan alguna patología o, en su caso, son narcisos incorregibles. Creo que hay que prestar atención, en singular, a esta última percepción, comúnmente acompañada de la identificación de lo que se llama "posiciones autorreferenciales". Los críticos de Podemos serían tales en virtud de un egoísta empeño orientado a preservar privilegios y espacios acotados. Frente a ellos, los dirigentes del nuevo partido se presentarían como gentes altruistas dispuestas a sacrificar muchas de sus querencias ideológicas de siempre en provecho del bienestar general. Como quiera, por añadidura, que luchan por un gobierno "decente", está servida la conclusión de que los indecentes son, inevitablemente, los otros. Sorprende que a estas alturas pocos sean los que hayan caído en la cuenta de que de este tipo de discurso -maniqueo donde los haya, recuerda poderosamente a las miserias que rodean a la "mayoría silenciosa" tantas veces invocada por los prebostes del PP- se han servido una y otra vez, inmoderadamente, oportunistas y trepas. Lo suyo es preguntarse, claro, si lo que hay por detrás no es una gloriosa manifestación de autorreferencialidad, tanto más llamativa cuanto que, al amparo de una llamativa operación de abandono de principios y valores –las tertulias nos valen, la socialdemocracia también-, quienes la protagonizan no dudan en emplear ahora los mismos argumentos que oportunistas y trepas utilizaron contra ellos en el pasado. La operación en cuestión pende, en fin, de una censura: la que invita a no asumir discusión alguna en lo que se refiere a la moralidad de los nuestros. Se da por descontada la rectitud intachable, y el talento ilimitado, de los responsables de Podemos, merecedores de una fe ciega que contrasta con el descrédito de quienes están fuera. A menudo se señala, por lo demás, que quienes critican al nuevo partido lo hacen porque, irremediablemente, forman parte de la "casta". Esto fue, por cierto, lo que dijo de mí un amable interlocutor que glosó las opiniones que yo había vertido cuando alguien me preguntó por Podemos en el debate que siguió a una charla en un centro social okupado. Se conoce que ahora la "casta" se expresa en centros sociales al amparo de actos organizados por coordinadoras anarquistas, en tanto en cuanto la "anticasta" escribe en el diario humorístico El País, organiza sus actos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y publica sus libros sin nada que huela a una licencia Creative Commons…

Repasemos, aun así, dos de las réplicas, acaso las principales, que se han ido perfilando en Podemos ante las críticas ajenas. La primera subraya que muchos de quienes reprochan esto o lo otro al nuevo partido no se han percatado de que la máxima prioridad en un momento como el presente es resolver los problemas más inmediatos. Después –se agrega- ya vendrá todo lo demás. La creencia, casi mágica, en las capacidades de Podemos para determinar cuáles son esos problemas –materia espinosa donde las haya- y para, en efecto, resolverlos se acompaña entonces de una promesa de futuro que, mucho más ambiciosa, contrasta llamativamente con los respaldos electorales que el partido desea allegar. Y es que, ¿será que los otrora votantes populares y socialistas que Podemos quiere hacer suyos aceptarán de buen grado lo que acarrea la promesa que nos ocupa? La réplica que ahora me atrae se asienta, por lo demás, en la presunción de que quienes plantean propuestas radicales de transformación nada hacen para resolver los "problemas más inmediatos". Curioso es, en este orden de cosas, que buena parte de la cúpula dirigente de Podemos se haya vinculado de siempre con un sindicato, Comisiones Obreras, que, a mi entender, a duras penas puede ofrecer un registro estimulante en materia de defensa -lejos de las "castas"- de los trabajadores y sus derechos. Intuyo que el currículo de las organizaciones en las que militan muchos de quienes critican a Podemos es, sin embargo, más estimulante al respecto. Dicho sea de paso: si se confirma la creación de un sindicato de Podemos, habrá que seguir con tiento su deriva, toda vez que algunos de los textos llamados a darle sentido no pueden sino invitar a la sospecha. ¿Ocurrirá con ese sindicato lo mismo que muchos auguramos podría suceder, conforme al proyecto de la cúpula del partido, con los movimientos sociales?

La segunda réplica de relieve señala que, lo queramos o no, Podemos es la única opción que nos queda en lo que se refiere a la introducción de cambios tan deseables como urgentes, de tal forma que, o aprovechamos una coyuntura singularísima, o quedaremos condenados a galeras durante muchos años. Si puede entenderse el énfasis que determinadas gentes ponen en este argumento, resulta difícil comprender que hayan decidido que no puede ponerse a discusión. Creo que en este caso la disputa principal es la relativa a cuáles son esos cambios que se preconizan o, lo que es lo mismo, a cuáles son los problemas que se desea encarar. Aunque no hay ninguna garantía de que Podemos va a resolver los "problemas más inmediatos" –sus capacidades al respecto tienen que estar sometidas a un escrutinio fino, tanto más cuanto que lo suyo es imaginar que, en el mejor de los casos, tendrá que gobernar con otros-, el argumento que me atrae remite inevitablemente a una disputa más profunda: la que plantea el olvido, manifiesto, de las grandes discusiones de fondo relativas a la condición del capitalismo y, en singular, a la corrosión terminal de éste. Al margen de lo anterior, si Podemos es la única opción que nos queda, parece legítimo concluir que nuestro futuro es realmente oscuro –a buen seguro que lo es-, tanto más cuanto que la irrupción de la nueva fuerza política se ha hecho acompañar de una creciente desmovilización y cuanto que ya hemos tenido varias oportunidades de certificar el vigor de un fenómeno llamativo: el de lo que significan, en términos de retroceso, los anuncios de que una cosmovisión, vieja, ha entrado irremediablemente en crisis de resultas de la irrupción fulgurante de otra que en este caso acarrea, sin más, la recuperación de una propuesta, la de la socialdemocracia, que tantas veces ha acudido al rescate de un capitalismo en situación delicada. Parece, en otras palabras, que la eficacia futura se vincula estrechamente con el acatamiento del orden establecido, combinación que no puede sino levantar todos los recelos. El recuerdo de lo que sucedió con el Partido Socialista en 1982 está, por fuerza, en muchas cabezas.

Éste es el lugar adecuado para formular una observación adicional: la que da cuenta de cómo, al calor de una oleada de optimismo desenfrenado que habría acompañado a Podemos en su gestación, no faltan en el nuevo partido las personas entregadas a un ejercicio de exultante "wishful thinking". Según esta militancia, hiperoptimista, en Podemos, una fuerza fresca y ultrademocrática, se estaría aplicando un programa de izquierda consecuente, la autogestión y el decrecimiento serían abrazados como principios incuestionables por la mayoría de sus integrantes, y sería muy honda la conciencia del riesgo de colapso del sistema. A este impulso pertenece también la intuición de que todo lo que merece respaldo, y todo lo que resiste, se halla, por fuerza, dentro de Podemos, de tal forma que no tiene sentido imaginar opciones saludables y resistencias varias al margen de este último. La posición que gloso ahora, a menudo hilarante, contrasta con la de determinados críticos, nada amistosos, del nuevo partido que emiten diatribas tanto más sonrojantes cuanto que llegan de personas que podrían estar perfectamente en Podemos, como es el caso de muchos de los intelectuales de la órbita de UPyD de discurso visiblemente derechizado. Está de más decir que estas críticas –también las que formula la izquierda zorrocotroca- le vienen como anillo al dedo a Podemos.


¿Directores o rehenes?

Como tal, y un año después de su creación, Podemos no está en ninguna lucha (otra cosa es, claro, lo que puedan hacer, en otros lugares, muchos de sus militantes). Su activismo parece reducirse a la frecuente presencia de sus líderes en los estudios de televisión y, últimamente, a la organización de marchas autorreferenciales. No parece que, en este contexto, esté de más afirmar que el ascenso de la nueva fuerza política le debe más a los deméritos de sus rivales que a los méritos propios.

Hay quien, para dar cuenta de lo anterior, moderadamente sorprendente, ha invocado la ignorancia y la frivolidad de los responsables de muchos medios de comunicación que le habrían dado alas, sin quererlo, a un presunto enemigo político. Sin descartar por completo que algo de ello haya sucedido, lo suyo es buscar, con todo, otras explicaciones. La mayoría de ellas remite a los intereses electorales de un partido, el Popular, que en la trastienda estaría moviendo, con algún riesgo pero innegable inteligencia, sus peones. Necesitado de movilizar a un electorado cuya confianza ha ido perdiendo, el PP no habría hecho ascos al ascenso de Podemos por cuanto entendería que éste es un rival interesante a efectos de poner en marcha la estrategia del miedo. Esto aparte, determinados estudios concluyen que si el Partido Popular alcanza un escueto 35 por ciento de los respaldos en las elecciones generales –no está claro, ciertamente, que vaya a conseguir ese nivel de apoyos ciudadanos-, en caso de que el voto de la izquierda esté, como parece va a ocurrir, muy dividido, el número de escaños correspondiente a ese porcentaje se acercaría a la mayoría absoluta. En el marco general de esta estrategia, el hecho de que muchos medios de comunicación manifiestamente afines al PP hayan aireado en los últimos meses, de nuevo de forma sorprendente, casos de corrupción que afectan a ese partido bien podría explicarse en virtud del designio de propiciar, tras las malas noticias, una suerte de catarsis liberadora. Cierto es que la tesis que manejo en modo alguno obliga a descartar otras explicaciones, entre las que se cuentan la que invoca reyertas internas muy agudas dentro del PP o, más aún, la perspectiva de que los responsables últimos del sistema, cansados de lidiar con las miserias de populares y socialistas, se apresten a propiciar, interesadamente, un cambio que, radical sobre el papel, supondría que una fuerza política en inicio preocupante experimentase una rápida integración en las reglas del juego y pasase a desempeñar, en éste, funciones relevantes. Y es que, y a la postre, si una sociedad conservadora acaba por tolerar el ascenso de Podemos, ¿no será porque este último es la última vuelta de tuerca de un proyecto conservador? Las cosas como fueren, bien pudiera ser que quienes –los responsables de Podemos- creen dirigir audazmente un proceso sean rehenes de los designios de otros.

A lo dicho se suma una circunstancia más: el futuro de Podemos en términos de la refriega política convencional, esto es, de pactos y mayorías, es cualquier cosa menos halagüeño. Demos por descontado –lo cual es mucho dar- que se confirman las expectativas de voto que benefician al nuevo partido. Aunque con frecuencia se ha subrayado, con criterio, que el decrépito PSOE de Sánchez puede verse obligado a elegir entre respaldar al PP o hacer lo propio con Podemos, a menudo se olvida que las opciones de este último son, también, delicadas. Conforme a una visión de los hechos, en caso de rechazar un pacto con los socialistas, una parte del electorado podemita se quejará, inequívocamente, de que se propicie un nuevo gobierno del PP en la Moncloa. Y si Podemos, por el contrario, pacta con el PSOE, otra parte de ese electorado, acaso menor, se preguntará qué hace su fuerza política de la mano de un partido de la "casta". Me da que, en estas condiciones, deberemos prepararnos para un retroceso sensible del discurso relativo a esta última, no vaya a ser que dañe expectativas de futuro en materia de redistribución del poder. En la trastienda lo que se adivina es una disputa relativa a lo que tienen en mente los responsables de Podemos: un modelo monopartidista –en el caso, improbable, de que las expectativas electorales se desborden-, cabe suponer que con su "casta" acompañante, o un modelo tripartidista, orientado a propiciar un nuevo reparto de atribuciones dentro de la "casta" hoy imperante.

Confesaré, aun así, que las disputas anteriores me interesan poco. Mucho mayor relieve corresponde a un argumento que trasciende coyunturas, pactos y mayorías: el que, cautelosamente, afirma, a tono con algo que ya he adelantado, que lo que el sistema esperaría de Podemos sería algo mucho más ambicioso. Si el discurso de la nueva fuerza política no se ve acompañado de una crítica efectiva, en las palabras y en los hechos, del capitalismo y de sus aditamentos –lo que, con meridiana claridad, tenemos hoy es un silencio manifiesto al respecto-, bien puede ocurrir que lo que despunte no sea, simplemente, la estrategia de un partido atrapalotodo más, sino un proyecto llamado a convertir ese partido en la última línea de defensa del sistema. Me limitaré a anotar, en este terreno, que algunos de los adalides de este último han empezado a apreciar en la calculada ambigüedad de Podemos en relación con el proceso soberanista en Cataluña, y recurro a un ejemplo simbólicamente interesante, el balón de oxígeno que el Estado español precisa en ese pulso. ¿Por qué no habríamos de generalizar el ejemplo para intuir, con todas las cautelas, lo que podría significar en otros ámbitos? Con estos mimbres, y prosigo con la especulación, Podemos sería la última instancia encargada de salvar, entre nosotros, las reglas de la incivilización capitalista so pretexto de resolver los problemas inmediatos de algunas de sus víctimas. Frente a todo ello, lo suyo es que muestre mi más profundo recelo ante los discursos realistas que nos acosan por todas partes. "El realismo", como lo señaló Bernanos de forma políticamente incorrecta, "es la buena conciencia de los hijos de puta". Invocan éstos una realidad insoslayable que vendría dada por la naturaleza y que, de resultas, no puede modificarse, cuando en los hechos defienden, a menudo sin ocultaciones, una realidad que ellos mismos han creado en defensa obscena de intereses y privilegios.

Buen momento es éste para recordar que la irrupción de Podemos se ha hecho acompañar de una llamativa desmovilización social y laboral. La delegada del Gobierno en Madrid, la señora Cifuentes, ha subrayado en varias oportunidades que Podemos le ha resuelto buena parte de los problemas de orden público, no sin aportar su explicación al efecto: cuando los "antisistema" lo que desean es integrarse en la "casta", el resultado no puede ser otro. Ojo que no estoy atribuyendo a Podemos toda la responsabilidad al respecto. Me limito a señalar que la promesa de cambios que llegarán una vez registrado un presunto éxito electoral ha tenido efectos visibles en materia de desmovilización, como me limito a agregar que esta última no parece preocupar un ápice a la dirección del nuevo partido. Con toda evidencia, en fin, los círculos están muy lejos de la hiperactividad que en muchos casos marcó a las asambleas populares del 15-M, sin que ello, al parecer, moleste particularmente, de nuevo, a quienes estuvieron en éstas y ahora se hallan en aquéllos, acaso hechizados por la eficacia de la acción que atribuyen a las instituciones futuras… Para cerrar el panorama, lo suyo es recordar que quienes siguen peleando son a menudo acusados de pasividad, de esperar complacientemente el cambio que ha de llegar, mientras, entre tanto, quienes aguardan que unas elecciones lo cambien todo se presentan como agudos y sacrificados luchadores. Baste con recordar –y permítaseme la ironía- la unánime, y llena de coraje, reacción de los círculos ante las detenciones de anarquistas en diciembre de 2014…


El diagnóstico de fondo: el colapso

Cuando, con anterioridad, me he referido a los adjetivos que las gentes de Podemos suelen atribuir a sus detractores, hay uno que no he mencionado, quizá porque no es sino un trasunto del que identifica en éstos a narcisos incorregibles. Me refiero al que viene a subrayar la pretensión de pureza de la que harían gala muchos de esos detractores, enfrentada al valiente compromiso, que acarrea a menudo un sacrificio indeseado de principios, que mostrarían los dirigentes del nuevo partido. Desde mi perspectiva, lo que estos últimos desean transmitir no es en modo alguno su condición de impuros, sino, antes bien, la pureza inherente a su altruista sacrificio.

Aunque de todo hay en la viña del señor y, a buen seguro, no existe argumento alguno que no merezca atención, mucho me temo que los tiros van por otro lugar y que, al cabo, lo que separa a unos y otros es un diagnóstico muy diferente en lo que se refiere al momento en que estamos y a lo que nos reserva el futuro. Quien escribe estas líneas, y con él muchas otras personas, cree que el capitalismo se ha adentrado en una fase de corrosión terminal que nos acerca a marchas forzadas a un colapso mucho más cercano de lo que pudiera parecer. Más allá de las herramientas y de las personas, que son, claro, importantes, mi diferencia principal con respecto a Podemos remite a esa discusión y asume la forma de la conciencia de que los proyectos cortoplacistas, y Podemos inequívocamente lo es, o bien yerran en la identificación de los problemas, o bien son infelizmente funcionales para la lógica del sistema que deberían contestar.

Para decir la verdad, sin embargo, lo que más sorpresa me ha producido en el transcurso de un sinfín de conversaciones con militantes y simpatizantes de Podemos es el hecho de que no parecen disentir en lo que se refiere al diagnóstico relativo a la corrosión terminal del capitalismo y a su colapso (admito de buen grado, eso sí, que mis interlocutores en esas conversaciones, por razones obvias, no son los votantes del PP o del PSOE recién captados por el nuevo partido). Aceptan, en otras palabras, el diagnóstico pero no aprecian mayor problema en la condición de la apuesta de la fuerza política a la que respaldan o, en su defecto, prefieren mirar hacia otro lado. Frente a ello no me queda sino recordar la necesidad acuciante de colocar en lugar central en nuestros pensamientos y en nuestra acción tres grandes luchas –las que se reclaman de las mujeres, de los habitantes de los países del Sur y de los integrantes de las generaciones futuras-, de contestar el sistema en su realidad más profunda, y no sólo en la epidermis del régimen que se manifiesta entre nosotros, y de subrayar que el tiempo empieza a faltarnos. En esa tarea, por cierto, releer a Foucault, a Castoriadis y a Ellul, y sopesar lo que significan las diferentes formas de alienación y explotación, es una sugerente compañía. También para los responsables de Podemos.
 
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