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último apunte de diario Bono en Kósovo
   
 
29/12/2005 | Carlos Taibo | Kosova - Estado español/política exterior |
El Correo (29 de diciembre de 2005)
 
El ministro de Defensa, José Bono, es un crispador profesional, pundonorosamente entregado a la tarea de emplazar lo propio por encima de lo de los demás. Pareciera como si, ante la incontestable consistencia de los argumentos que Bono gusta de emplear, todos sus detractores fueran unos irresponsables firmemente decididos a socavar los cimientos de nuestra ingente prosperidad.
La última perla de Bono, inesperada, ha llegado de Kósovo de la mano de la sugerencia de que, en caso de que ese atribulado país asuma el camino de la independencia, se procederá a retirar los soldados españoles allí presentes desde hace algo más de un lustro. Dejemos ahora en el olvido que no está demasiado claro si Bono, como tantas veces, emite opiniones personales o si, por el contrario, ha expresado un criterio asumido por el gobierno español. Lo que parece fuera de duda es que, una vez más, el ministro ha preferido saltar por encima de argumentos complejos y tesituras delicadas para dejar bien sentado que España no debe avalar con sus soldados un imaginable proceso de independencia.
En un escenario en el que poco importa, al parecer, lo que piensa -en este caso los datos son contundentes- la mayoría abrumadora de la población kosovar, Bono muestra una vez más su desprecio franco del principio de autodeterminación y su designio, incontenido, de sacralizar los Estados realmente existentes, como si éstos no planteasen problema alguno. Convengamos, eso sí, que la posición esgrimida por el ministro no carece de antecedentes entre nosotros. En 1991, cuando Eslovenia y Croacia se declararon independientes, los gobernantes españoles del momento se mostraron reacios a acatar tales declaraciones, en el buen entendido de que su decisión de entonces poco o nada le debió a argumentos, legales o políticos, vinculados con lo que ocurría en los Balcanes occidentales: lo que primó fue, antes bien, una mezquina lectura de los hechos encaminada a sopesar, sin más, cuáles serían los efectos que la independencia de las repúblicas mencionadas tendría en el debate político español.
Las declaraciones de Bono son inquietantes por lo de casi siempre: uno tiene derecho a concluir que el ministro, gran amigo de las soflamas y poco partidario de la reflexión menuda, defiende, al cabo, lo que con tanta palabrería se empeña en denigrar. Y es que aquello que Bono emplea como arma arrojadiza -la admonición lanzada contra quienes "están dispuestos a levantar fronteras en cualquier lugar. Hay gentes tan torpes que hacen de la diferencia su bandera"- es la explicación principal de por qué en Kosovo, y de resultas de criterios de ese cariz aplicados por las autoridades serbias entre 1989 y 1999, la mayoría de los habitantes considera irrenunciable la independencia. Habría que preguntarse, en paralelo, si las arengas bonianas, que tanto parecen complacer a la derecha más rancia, no tienen el efecto paradójico de estimular, en virtud de una biológica reacción, el crecimiento de las ideas que quiere combatir.
No estaría de más, de cualquier modo, que Bono hiciese un esfuerzo para ponerse en el pellejo de otros y recordase lo que ocurrió en Kósovo en los años mentados: merced a las medidas arbitradas por los dirigentes serbios, el gobierno y el parlamento kosovar fueron disueltos, se instauró una ley marcial que dejó el reguero habitual de muertos, desaparecidos y torturados, se prohibió el empleo del albanés -la lengua hablada por el 90% de los habitantes- en el sistema educativo y se instauró un genuino régimen de 'apartheid' en virtud del cual los ciudadanos albaneses perdieron sus puestos de trabajo en la economía pública. Fácil es dar consejos admonitorios cuando se olvida todo lo anterior, como legítimo resulta que uno concluya -vuelvo a ello-que quien así se comporta se coloca, siquiera sólo sea por omisión de la crítica, del lado de quienes asumieron comportamientos infaustos en el decenio de 1990.
Aunque, tal vez, las declaraciones de Bono sirvan para preguntarse si es tan hermoso lo que los soldados españoles hacen en Bosnia, en Kósovo o en Afganistán. Las tareas por ellos desempeñadas se han beneficiado, entre nosotros, de una formidable y eficacísima censura. Uno de los efectos certeros de esta última ha sido, en el rincón geográfico que hoy nos ocupa, el silencio que ha rodeado a una visión por desgracia muy común entre los oficiales españoles, manifiestamente aquiescente con las formas de hacer de sus colegas serbios, eventualmente xenófoba -no ha faltado quien ha apreciado, en Bosnia como en Kósovo, la huella de las campañas marroquíes que tanta gloria depararon a nuestros soldados- y cerrilmente hostil a todo aquello que huela, de nuevo, a autodeterminación. Si esos son los mimbres, y aunque no lo sean, a lo mejor Bono tiene, de rebote, razón, y está bien que se retiren, de una vez, los soldados.
 
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