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último apunte de diario "Prólogo" a "Historia de España, 2014-2033. Crónica de un colapso"
   
 
30/04/2013 | Michael Joker | Estado español/España - Ecología |
www.carlostaibo.com (30 de abril de 2013)
 
Este libro es el producto de un encargo. Una editorial de Glasgow, en Escocia, me encomendó la tarea de redactar un manual en el que, de manera muy general, sin mayores pretensiones de profundizar en cuestiones complejas, se aportasen claves para entender los convulsos años españoles más recientes. La editorial en cuestión dejó claro desde el principio que le interesaba un trabajo antes descriptivo que interpretativo, tanto más cuanto que --parece-- en este caso los hechos se explicaban por sí solos.

No creo que sea difícil justificar la opción cronológica que determina los topes de esta obra: la que establecen los años 2014 --el momento de confirmación de que muchas relaciones entraban en quiebra-- y 2033 --la certificación de que el colapso se había hecho valer con toda su crudeza--. Cierto es, con todo, que si alguien sugiere que podríamos haber ido más atrás en busca del origen de los problemas de hoy, con toda certeza llevará la razón. Intuyo, por otra parte, que el carácter indisputado de la mayoría de los hechos que intento retratar convierte en anécdota lo que en otras circunstancias sería un problema de enjundia: la opacidad de los gobernantes españoles de las dos últimas décadas impide disponer de una información solvente como la que en otros lugares y momentos han dispensado estadísticas razonablemente creíbles. No me queda más remedio que reconocer, en suma, que en más de una ocasión me he visto obligado a citar de memoria, que con certeza me he dejado llevar por más de una confusión, que no he podido manejar toda la bibliografía que hubiese sido aconsejable y que no siempre me he desenvuelto con criterio en la formidable acumulación de información que ha ido acumulando una Red sometida a acosos y manipulaciones sin cuento. Dados estos antecedentes, y habida cuenta de la condición divulgativa de este libro, me ha parecido que prescindir del aparato crítico era la opción más razonable; semejante decisión se ha visto refrendada por el hecho de que este venturoso exilio austral se ha traducido --no todo había de ser felicidad-- en enormes dificultades para rescatar unos u otros materiales.

Me permitiré agregar que en este libro se da por descontado --no podía ser de otra manera-- que el lector conoce razonablemente los avatares planetarios de las dos últimas décadas, de tal forma que no es preciso explicarlos en detalle: bastará con invocarlos cuando ello haga al caso. Toda nuestra atención se concentra, entonces, en un país marginal, España, muy alejado del foco de interés en estos años, un poco a la manera de lo que ocurrió, por cierto, al calor de la segunda posguerra mundial. Ello es así aunque a quien firma estas páginas no se le escapa que los nombres de los Estados poco quieren decir en un escenario en virtud del cual éstos han sido en buena medida sustituidos por poderosas empresas. Me vienen a la memoria al respecto --y zanjo ahí la cuestión-- las conocidas palabras de E. Thurlow: “Las grandes empresas no tienen cuerpos que puedan ser castigados ni almas que puedan ser condenadas”.

Dejaré atrás las justificaciones anteriores para salir en busca, con todo, de lo principal. Y es que creo que éste es el lugar adecuado para dejar sentada una convicción que me ha acosado constantemente los últimos años: hace un cuarto de siglo perdimos la ocasión, la última, de evitar la tragedia que hoy nos atenaza por todas partes. Gobiernos y poblaciones prefirieron desoír lo que muchos auguraban para el futuro inmediato. Lo más relevante de los dirigentes españoles no fue la ignorancia con que encararon los peligros que se cernían: fue, antes bien, su firme designio de negar que existiesen aunque sabían, claro, que estaban ahí. A ello se sumaron los efectos nefastos del nosotros que suele acompañar a las lógicas gubernamentales: a tono con algo que acabo de adelantar, detrás de ese nosotros se escondían, con toda evidencia, poderosísimos intereses privados. Si queremos decirlo así, los sucesivos dirigentes españoles prefirieron rehuir preguntas delicadas, del tipo “qué podemos hacer para vivir saludablemente sin esto”, y asumieron, en clave local, el espíritu de una vieja y conocida declaración del presidente estadounidense R. Reagan: la que señalaba que el estilo de vida norteamericano no era negociable. Lo hicieron, en fin, de tal manera que acabaron por exhibir una dramática falta de control --si es que alguna vez disfrutaron de él-- sobre los procesos más importantes.

Permítaseme que vuelva, aun así, a las disputas que manteníamos en los años anteriores a aquellos que constituyen el núcleo de este libro, esto es, a la etapa previa a 2014. A muchos de los ciudadanos españoles les parecía entonces impensable lo que al cabo ocurrió: a los que se decía que habían sido los treinta mejores años de la vida del país siguieron algunos de los treinta peores, con el doble añadido del colapso --un horizonte visiblemente ignorado, también, por la izquierda que se desenvolvía en las instituciones-- y de la irreversibilidad. Y eso que ya por aquel entonces se registraban llamativas oscilaciones, de honda presencia, entre el “España es el mejor país del mundo” y el “España es una realidad miserable”, con una apreciable inclinación en provecho de esta última percepción y señales alarmantes de regreso al universo retratado en los dibujos de J. Gutiérrez Solana.

A menudo olvidamos que el cambio climático no ha sido un proceso que se inició a finales del siglo XX: empezó a cobrar cuerpo, con intensidad cada vez mayor, al amparo de la revolución industrial verificada en el XIX. De resultas, el retorno al escenario anterior al del propio cambio climático, de ser posible, en modo alguno estaba llamado a producirse de forma inmediata: había de tomarse su tiempo. Se ha sugerido en más de una ocasión que nuestra situación recordaba a la del conductor de un camión pesado que, ante un peligro inminente, decidía frenar de manera brusca: la inercia del vehículo hacía que éste se detuviese mucho más allá de lo previsto. Los dirigentes españoles, y los de tantos otros lugares, no se percataron de que el freno que podían aplicar tendría efectos palpables demasiado tiempo después de lo que aguardaban. Aunque, en realidad, su problema era más grave: ni siquiera se lanzaron a la tarea de aplicar, materialmente, ese freno. Y es que hay que certificar que se equivocaban, infelizmente, quienes sostenían que la presunta racionalidad de la especie humana pondría pronto fin a tantos desafueros. De manera lamentable, no fue así, y una y otra vez se olvidó que muchas de las agresiones ecológicas eran literalmente irreversibles.

Antes de 2014 nos enfrentábamos, por lo demás, a opiniones dispares. Mientras unos sostenían que aparecerían tecnologías que permitirían hacer frente a todos los problemas --hoy sabemos que tales tecnologías no llegaron a tiempo para frenar los efectos del cambio climático y del agotamiento/encarecimiento de las principales materias primas energéticas--, otros afirmaban que no había nada que hacer para evitar el colapso. Mientras unos sentían un atávico temor a que la mención rotunda de este último provocase un empeoramiento de la situación, otros aseveraban que la única manera de poner freno, hasta donde fuera posible, a la tragedia era referirse de forma obsesiva a su intensidad y cercanía. Mucha gente común, entre tanto, no apreciaba mayor problema en que la temperatura del planeta subiera dos o tres grados, de la mano de una percepción que, ingenua, era obscenamente estimulada por las autoridades.

Hablamos, claro, de una sociedad lastrada por numerosos mitos, y entre ellos uno particularmente sangrante: el del progreso. De una sociedad cuya imaginación se veía recortada por el miedo, la represión y un sinfín de formas de control. De una sociedad enferma que abrazaba normas que incorporaban las patologías sociales correspondientes, con una secuela delicada: fenómenos como el cambio climático, que provocaban desequilibrios agudísimos en los sistemas naturales, afectaban también, y poderosamente, a las organizaciones más dispares, trastocando gravemente sus reglas y poniendo en un brete la civilización industrial capitalista. Si hay que retratar la condición de esas patologías, bastará con recordar que allá por 2005 un especialista señaló que las posibilidades de que la temperatura planetaria subiese más de dos grados centígrados eran de un 7 por ciento. Aunque con certeza se quedaba corto, no era eso lo llamativo, sino el hecho de que ningún dirigente político de relieve prestase atención al riesgo, ya evidente, que acarreaba el modesto porcentaje mencionado. Porque, y al fin y al cabo, ¿alguien montaría en un avión si le avisasen de que el riesgo de accidente de éste era de un 7 por ciento?

Vayamos, aun así, a lo que parece que estaba en la trastienda de todas estas disputas y refirámonos a las consecuencias nefastas del asentamiento de sociedades cada vez más complejas cuya condición de tales se vinculaba con la presencia de energías baratas que pronto dejaron de serlo. Esas energías baratas aconsejaron asumir operaciones --viajes largos y frecuentes, alimentos de onerosa generación, dispositivos electrónicos complejísimos-- que en otras circunstancias se habrían evitado. Con el paso de los años pudimos palpar el lado negativo de la complejidad en términos de reducción dramática de lo que se ha dado en llamar resiliencia. Tanto más cuanto que la abrumadora mayoría de las fórmulas desplegadas para contrarrestar el agotamiento de las energías baratas pasaba paradójicamente por una mayor complejidad y por incrementos, de nuevo paradójicos, en los costos y en el consumo. Como quiera que para obtener cada vez menos energía era preciso dedicar cada vez más de ésta, estaba servida la conclusión de que, si alguna suerte de complejidad fue eficiente y saludable en el pasado, en el siglo XXI empezaron a acumularse las señales de signo contrario, con una conclusión insorteable: la complejidad de marras no permitía resolver la mayoría de los problemas por ella creados.

Agreguemos que hoy sobran las evidencias que invitan a concluir que el llamado pico del petróleo se produjo más o menos a la altura del cambio de milenio, acaso al mismo tiempo que se verificaba el de los créditos fáciles y con bajo tipo de interés. Entonces se había extraído la mitad del petróleo existente, la más accesible y rentable. Aunque la producción estaba irremisiblemente llamada a bajar, mientras los precios debían subir, ninguno de los numerosos avisos formulados al efecto fue escuchado: se impusieron una vez más el beneficio privado y el cortoplacismo más aberrante. El escenario lo completaban las paradojas de la era del hipercontrol, visiblemente ineficaz y caótico, y el carácter absurdo, y anacrónico, de los numerosos intentos encaminados a civilizar el capitalismo. Lo único a lo que no se prestó la atención debida fue a la búsqueda de salidas genuinamente alternativas que, en abierta ruptura con los mitos del crecimiento, el consumo y la competitividad, al cabo fueron descalificadas una y otra vez. Preferimos ignorar que había soluciones relativamente sencillas que no reclamaban ni avanzadísimas tecnologías ni presumibles descubrimientos. Exigían, sin más, asumir un estilo de vida austero, social e igualitario.

Hoy se me hace evidente que en 2014 hubiera sido posible, al menos, mitigar y postergar en el tiempo las consecuencias de la crisis y su correlato final en forma de colapso. Hubiera sido posible esquivar, en otras palabras, la pregunta que debieron hacernos quienes en el primer decenio del siglo XXI eran niños y jóvenes: ¿por qué nuestros padres están olvidando deberes elementales de prudencia, y ello no sólo en relación con el medio natural, sino también en materia de solidaridad con los desheredados del planeta? Hablo de unos niños y jóvenes que padecían los efectos de la conducta de unos progenitores que, en vez de sacrificarse por sus hijos, pidieron el sacrificio de éstos. Tengamos presente, en fin, que allá por 2010 hubo quien afirmó, cargado de razón, que lo que ocurriese en el decenio que se inauguraba determinaría el derrotero de los siguientes mil años de la humanidad y, claro, del planeta entero. Porque, como ya sabíamos --nos lo enseñó E. Burke--, la sociedad es un contrato que suscriben, no sólo quienes viven hoy, sino también, y junto con éstos, quienes ya murieron y quienes están por nacer.

Michael Joker, Ushuaia, primavera de 2034



 
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