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último apunte de diario Buenas noticias para Moscú
   
 
11/03/2005 | Carlos Taibo | Chechenia - Europa del este |
El Periódico de Cataluńa (11 de marzo de 2005)
 
Aslán Masjádov fue de siempre fuente de polémicas, que acaso más le deben a la debilidad general de su posición que a genuinas dobleces de comportamiento. A los ojos del checheno de a pie, es fácil perfilar el reproche principal vertido contra nuestro hombre: el de no haber sido capaz de apuntalar el proceso de independencia cuando, a principios de 1997, recibió un franco respaldo electoral de sus conciudadanos. Y ello aunque hay que calibrar si parte de la culpa no la tienen los propios chechenos, que gustan de cerrar filas, en condiciones difíciles, en torno a un caudillo militar, pero le dan la espalda en momentos menos duros.
En los casi tres ańos de su presidencia prebélica, la incapacidad de Masjádov mucho tuvo que ver con el ascendiente de poderosas fuerzas desestabilizadoras. Una de ellas tiene nombre: el Kremlin. Los dirigentes rusos, poco propicios a cumplir con las promesas de ayuda formalizadas en 1996, apenas le prestaron oídos a ofrecimientos como el formulado entonces por Masjádov: "Rusia es una gran potencia. Está cerca de nosotros y hoy nos unimos económicamente. Me comprometo con Rusia mucho más que con Occidente y el mundo islámico". Como respuesta, Moscú no dudó en segar la hierba por debajo del presidente independentista, y al respecto bien que se cuidó de estimular -como EE.UU. con los muyajidín afganos e Israel con Hamás- el crecimiento del islamismo más desbocado.
La relación de Masjádov con este último fue, también, materia de controversia. El presidente checheno se vio obligado a jugar dos cartas delicadas: la encaminada a demostrar que controlaba a su principal rival, Basáyev, y la orientada a mantener distancias con respecto a éste. En ambas tareas salió mal parado, como lo ilustró el intento de moderar a Basáyev a través de su designación como efímero primer ministro. Masjádov fue blanco de las críticas de todos: mientras unos le reprochaban su proximidad a los wahabíes, otros recelaban de su designio de no hacer concesiones a éstos, y no faltaba quien lo acusaba de mostrarse demasiado propicio, en fin, a las presiones de Moscú.
El propio derrotero político de Masjádov estuvo marcado por la polémica. Aunque en 1997 defendió un parlamento democrático y la separación de poderes, al cabo acató la introducción de la ley islámica. En septiembre de 1998, Basáyev exigió la destitución del presidente, quien al poco acusó a los caudillos wahabíes del deterioro de la situación. A principios de 1999 Masjádov, objeto de varios atentados, se hizo acreedor, por lo demás, de numerosas acusaciones de desviación con respecto a la línea islámica correcta. Los vaivenes tuvieron nuevo reflejo en el anuncio de que en tres ańos Chechenia sería un Estado islámico...
El panorama en cierto sentido se clarificó cuando en el otońo de 1999 el ejército ruso penetró en Chechenia, con una secuela inmediata: Masjádov proclamó el mentado Estado islámico. Como quiera que la resistencia apenas recibió otro apoyo que el proporcionado a sus segmentos wahabíes, el presidente se convirtió en un rehén de estos últimos, circunstancia bien reflejada en la unificación del comando militar en torno a la figura de Basáyev. Aunque Masjádov no dejó de asumir medidas contra los wahabíes, cuando llegó el momento de justificar la tibieza de su respuesta tanto adujo las dificultades de comprensión que una reacción airada de su parte hubiese levantado como la ausencia de medios a su alcance.
Masjádov fue víctima principal, en suma, de la estrategia mayor abrazada por Putin: la demonización de toda la resistencia chechena, etiquetada al tiempo de terrorista y de fundamentalista islamista. Téngase presente que Putin gusta de seńalar que con los terroristas no se negocia: se les extermina. La finura en el análisis del presidente ruso queda retratada en la aseveración, vertida tras los hechos del teatro Dubrovka, de que "negociar con Masjádov es como hacerlo con Bin Laden".
Hora es ésta de subrayar que pese a sus relaciones con los sectores más ultramontanos de la resistencia, Masjádov se mostró en todo momento propicio a asumir una negociación política sin condiciones y que siempre rechazó el empleo de la fuerza contra civiles. Con estos mimbres es harto improbable que, pasadas las alharacas del primer momento, Moscú vaya a obtener franco provecho de la muerte de Masjádov. Si al respecto hay que invocar un antecedente cercano -el asesinato de Dudáyev dio alas, en 1996, a la resistencia chechena-, lo suyo es recordar que desaparece un interlocutor político y queda expedito el camino de opciones claramente violentas. Ya no habrá lugar, de cualquier modo, para que se repitan los juegos que Borís Kagarlitski retrató con ironía: "Cada vez que sucede algo en Chechenia se nos dice que es por culpa de Masjádov. Cuando se trata de la paz se nos cuenta, en cambio, que Masjádov no controla nada".







 
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