galego-português imprimir cerrar
Artículos
 
 
 
último apunte de diario Prólogo a la edición griega de 'En defensa del decrecimiento'
   
 
05/05/2012 | Carlos Taibo | Decrecimiento - Crisis |
www.carlostaibo.com (5 de mayo de 2012)
 
Es difícil que desde el otro extremo del Mediterráneo tengamos algo que enseñar a quienes, en Grecia, padecen algunos de los mayores efectos de la ignominia del capitalismo contemporáneo. Más bien parece que deberíamos mostrarnos dispuestos a aprender de lo que tantos griegos ya saben sobre la condición presente de la Unión Europea y, también, claro, sobre sus propios gobernantes. Si hubiésemos asumido ese ejercicio no nos mostraríamos tan profundamente insolidarios con Grecia como nos mostramos ahora. Porque lo cierto es que entre nosotros, en la UE, las solidaridades, de existir, se siguen manifestando por separado en el interior de cada Estado-nación.
Las cosas como fueren, en uno y otro extremo del Mediterráneo los hechos han discurrido los últimos años de forma más o menos similar. Nos hallamos ante una gigantesca estafa. En su núcleo se revela una llamativa paradoja: quienes, a través de la imprevisión, la especulación y el negocio más lamentable, están en el origen de la crisis --los bancos y, en general, las instituciones financieras--, han recibido cantidades ingentes de dinero público con el que ahora chantajean a unos dirigentes políticos que, sumisos, aceptan sin rechistar las presiones de esas instituciones, traducidas ante todo en recortes en los salarios y en retrocesos a menudo dramáticos en lo que se refiere a la sanidad y a la educación. Entre tanto, y por añadidura, nadie está en la cárcel. No se trata, por una vez, de que los jueces no estén realizando su trabajo: nos hallamos, por el contrario, ante una de las secuelas de la globalización capitalista, que, a través de la desregulación, ha provocado la desaparición de las normas legales que permitían determinar los delitos. Para que nada falte, una vez que la crisis se ha hecho evidente, para encararla se han desplegado, como medicina, las mismas recetas que están en el origen de aquélla.
Una de las traducciones más llamativas de tanta miseria es una frase --la que reza que en el pasado hemos vivido por encima de nuestras posibilidades-- que tiene su interés. Su significado es muy diferente si antes hemos enunciado una crítica severa de las secuelas de la financiarización de las economías o si, por el contrario, no hemos asumido tal tarea. En el primer caso tiene su sentido, en la medida en que nos recuerda que los habitantes de los países del Norte del planeta hemos dejado atrás las posibilidades medioambientales y de recursos que la Tierra nos ofrece, de tal suerte que estamos obligados a autocontenernos y a redistribuir la riqueza. En el segundo, en cambio, se traduce en un formidable engaño: quienes han vivido por encima de sus posibilidades son nuestros banqueros y nuestros dirigentes políticos, los mismos que en Grecia se lucraron con la organización de los juegos olímpicos de 2004 o con inmorales operaciones de compraventa de armas.
Cuando, en septiembre de 2011, me escribieron de Atenas para preguntarme por una posible traducción de este libro al griego, la pregunta se veía acompañada de una afirmación sugerente. Nikos Kokkalas me venía a decir: en Grecia ya lo hemos probado todo, y hemos podido comprobar que ese todo es una mierda. Démosle una oportunidad --era la conclusión inevitable-- a formas de ver las cosas que son afortunadamente diferentes de las que nos ofrecen nuestros gobernantes. Una de ellas es, sin duda, la que nos aporta la propuesta del decrecimiento. Importa mucho, a mi entender, identificar correctamente cuál es el lugar que corresponde a esa propuesta: no viene a sustituir, como pudiera parecer, a las contestaciones históricas del capitalismo que se fueron perfilando con el paso del tiempo. Es, antes bien, un agregado a esas contestaciones. Un agregado, eso sí, importante: cuantas veces tengo la oportunidad subrayo que cualquier contestación del capitalismo que se revele, en el Norte rico, en el inicio del siglo XXI tiene que ser por fuerza decrecentista, autogestionaria, antipatriarcal e internacionalista, porque de lo contrario estará moviendo el carro del sistema que quiere contestar.
Si así se quiere, el proyecto del decrecimiento surge de la certificación de dos circunstancias importantes. Si la primera es la conciencia de las restricciones que se derivan del hecho de que vivimos en un planeta con recursos limitados, la segunda la configura la certeza de que podemos vivir mejor con menos. Para ello tenemos que romper con la lógica del crecimiento, la productividad y la competitividad, y tenemos, también, que escapar de esa fraudulenta identificación, que nos acosa por todas partes, entre consumo y bienestar. En ese sentido la propuesta del decrecimiento no nos dice sólo que tenemos que reducir --los que podemos hacerlo, claro-- los niveles de producción y de consumo en el Norte opulento. Preconiza, también, la introducción de principios y valores muy diferentes de los hoy dominantes: la primacía de la vida social, el ocio creativo, el reparto del trabajo, la necesaria reducción del tamaño de muchas infraestructuras, la recuperación de la vida local --y con ella la de fórmulas de democracia directa y autogestión-- o, en fin, y en el terreno individual, la sobriedad y la sencillez voluntarias. Por detrás de esa propuesta se encuentra el designio de rerruralizar, destecnologizar --en lo posible-- y descomplejizar nuestras sociedades, siempre sobre la base de redistribuir cabalmente la riqueza. Si el producto interior bruto español en 2007, antes del estallido de la crisis, era 100, hoy se sitúa en 97: no parece que en sí mismo sea un retroceso particularmente notable. El problema es más bien otro: la lamentable distribución de la riqueza en un país --con certeza lo mismo ocurre en Grecia-- en el que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. No está de más que añada, en fin, que estamos obligados a recuperar muchos de los elementos de sabiduría popular que hemos arrinconado en las últimas décadas y que tenemos que aprender, por añadidura, de muchos de los habitantes de los países del Sur: viven en pequeñas comunidades, han mantenido una vida social muy rica, han preservado una relación fluida con el medio natural y, son, en último término, y paradójicamente, mucho menos dependientes que nosotros.
Con esa vocación, parece inevitable que la propuesta del decrecimiento nos diga que es urgente abrir espacios de autonomía en los cuales apliquemos reglas del juego diferentes de las que hoy se nos imponen. ¿Por qué no generar en la base de nuestras sociedades, y es un ejemplo entre otros, iniciativas de banca social, ética y autogestionada que nos permitan sortear a las instituciones financieras del sistema? ¿No es urgente, en tal sentido, que empecemos a escarbar en las posibilidades que se nos ofrecen en el sentido de salir del capitalismo antes de que llegue el momento del colapso? Y es que empiezan a acumularse las señales de que el capitalismo, tras perder los mecanismos de freno que lo salvaron en el pasado, ha entrado en una fase de corrosión terminal una de cuyas señales más evidentes es su negativa a tomar nota de lo que supone una crisis, la ecológica, que dibuja una diferencia principal entre el escenario actual y el de 1929.
En ese sentido he señalado muchas veces que en el Norte rico estamos obligados a apostar por un decrecimiento consciente, racional, paulatino, ecológico, social y solidario que permita evitar el otro decrecimiento, el del capitalismo en su corrosión terminal. Bueno será que, al respecto, de Grecia nos sigan llegando noticias de gentes que no sólo resisten: también nos enseñan cómo resistir.
Carlos Taibo, Madrid, mayo de 2012
 
subir