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último apunte de diario Lo que significan las presidenciales rusas
   
 
03/03/2012 | Carlos Taibo | Rusia - |
El Correo (3 de marzo de 2012)
 
Rusia celebra elecciones presidenciales el domingo 4 de marzo. Por primera vez en mucho tiempo esas elecciones parecen rodeadas de vivas polémicas. Dos son, si así se quiere, las razones: mientras, por un lado, la popularidad del candidato principal, Vladímir Putin, ha bajado unas cuantos puntos en los últimos tiempos, por el otro ha hecho su aparición un movimiento de contestación más firme y, acaso, más numeroso que cualquiera de los registrados en el pasado.
No es difícil explicar por qué la luna de miel de Putin con muchos rusos parece --digamos esto con todas las cautelas-- estar terminando. Mencionemos al respecto que la crisis ha alcanzado de lleno al país y ha multiplicado la entidad de agudos problemas sociales, que el cansancio derivado de los doce años de presidencia de la pareja Putin-Medvédev ha empezado a pasar factura y que, en fin, con el paso del tiempo la comparación con Yeltsin, que en su momento benefició descaradamente a Putin, autopromocionado como un dirigente enérgico y decidido, ha ido perdiendo por lógica vigor.
Las cosas así, y por primera vez en el transcurso de la era de Putin, las encuestas reflejan dudas crecientes del lado de una parte importante de la ciudadanía rusa. Aunque todas ellas otorgan cómodas mayorías a quien fue presidente entre 2000 y 2008, lo cierto es que la radical supremacía que benefició antaño a Putin se resiente en estas horas. En semejante escenario han menudeado llamativamente los análisis que, sobre las elecciones del día 4, y tras partir de la certeza de que el aparato de poder puede manipular a capricho los resultados, apuntan dos horizontes posibles. En unos casos se asevera que, conforme a la lógica del pasado, Putin hará lo que esté de su mano para imponerse con rotundidad en la primera vuelta y no verse obligado a contender en una segunda. En otros se estima, en cambio, que al ex presidente le interesa, muy al contrario, no alcanzar una mayoría absoluta este domingo para de esta manera fortalecer su imagen de dirigente magnánimo y garantista, en la certeza, eso sí, de que arrasará sin mayores problemas en una eventual segunda vuelta.
Porque lo último parece fuera de discusión. No olvidemos que entre los otros cuatro candidatos que concurren, junto con Putin, a las elecciones del día 4 --Guennadi Ziugánov, Vladímir Yirinovski, Serguéi Mirónov y Mijaíl Prójorov-- ninguno despunta como figura de consenso de una maltrecha y dividida oposición. Más aún: mientras dos de ellos, los dos últimos mencionados, tienen una condición opositora más bien dudosa, los dos primeros se hallan enfrentados entre sí en un teatro en el que es fácil adelantar que muchos de sus votantes antes preferirían quedarse en casa o votar a Putin que hacerlo por el rival. La conclusión parece, entonces, servida: las gentes que protestan en las calles a duras penas se sienten representadas por quienes le disputan la presidencia a Putin.
Si el resultado final de esta aventura electoral, con una vuelta o con dos, no deja mucho margen para la duda --Putin sustituirá a Medvédev y acometerá un tercer mandato como presidente--, no está nada claro, en cambio, qué ocurrirá después. Al respecto despuntan con claridad dos grandes incógnitas. La primera se pregunta por el futuro de ese movimiento que ha llenado las calles de las grandes ciudades en los tres últimos meses. Bueno es subrayar al respecto el miedo cerril que Putin parece sentir ante una suerte de repetición interna de algo que huela a las revoluciones de colores desarrolladas en el pasado en Georgia, Ucrania o Kirguizistán. Digámoslo de otra manera: si las autoridades rusas han reprimido con saña marginales iniciativas de contestación como la que años atrás encabezó, no sin equívocos, el ajedrecista Garri Kaspárov, qué está llamado a ocurrir ahora cuando la fuerza del movimiento en la calle se antoja sensiblemente mayor y cuando --adelantemos acontecimientos-- las dudas con respecto a la limpieza en las elecciones generales y presidenciales se multipliquen.
La otra gran incógnita nace del vigor de un elemento inédito en el panorama ruso más reciente: Putin va a tener que enfrentarse por vez primera a un escenario económico muy delicado, lejos de los oropeles que marcaron otrora sus años de presidencia. Téngase presente que llegó al Kremlin, en marzo de 2000, en un momento en el que los precios internacionales de las materias primas energéticas empezaban a repuntar, algo que al poco se convirtió en un balón de oxígeno para una economía que entró en una etapa de franca, y un tanto artificial, bonanza. Cuando, en 2008, Putin abandonó la presidencia del país empezaban a manifestarse, por el contrario, las señales de la crisis financiera internacional, que han lastrado inevitablemente la gestión de Dmitri Medvédev. Ahora, y en un escenario muy delicado, la suerte bien puede serle esquiva a Putin. Y bien puede alimentar, con intensidad desconocida hasta estas horas, sus espasmos autoritarios.
 
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