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último apunte de diario Los sindicatos y el 15-M
   
 
29/09/2011 | Carlos Taibo | 15-M, movimiento - Sindicalismo |
Diagonal, nº158
 
La extensión de la contestación al mundo del trabajo no es una necesidad sólo para el 15-M: es una demanda general entre quienes aspiran a cambiar radicalmente las reglas del juego. Y lo es tanto más cuanto que el capitalismo que padecemos está retornando a muchas de las fórmulas más abrasivas que utilizó en el pasado. Cualquier proyecto consecuentemente anticapitalista tiene que hacerse valer entonces, en lugar central, en el mundo del trabajo, en el que hoy por hoy, y al amparo de lo que hacen los sindicatos mayoritarios, falta dramáticamente el espíritu de rebelión que nace de un impulso como el del 15 de mayo.

Es verdad, con todo, que las dos instancias que estarían llamadas a relacionarse —el propio 15-M y los sindicatos— arrastran problemas no precisamente menores. Por lo que al movimiento se refiere, lo suyo es recordar que exhibe una condición interclasista -en sus filas se dan cita ante todo miembros de las clases medias eventualmente desclasados, con una ausencia llamativa de trabajadores asalariados- y que su presencia en fábricas, oficinas y comercios resulta ser menor. Parece innegable, aun así, que con el paso de los meses en el 15-M ha ido perdiendo terreno el discurso ciudadanista en provecho de fórmulas que beben con claridad de la contestación activa, y con vocación de permanecer, del capitalismo. El “se va a acabar, se va a acabar, se va a acabar la paz social”, tantas veces coreado en las manifestaciones, retrata bien esa deriva.

Por lo que respecta a los sindicatos, es sencillo zanjar la cuestión si estamos pensando en lo que suponen CCOO y UGT: dramáticamente instalados en la lógica del sistema, dependientes del erario público y burocratizados, los sindicatos mayoritarios muestran hoy una nula capacidad, y una nula voluntad, de respuesta ante agresiones sin cuento. No puede decirse lo mismo, por fortuna, del sindicalismo resistente, empeñado a menudo en superar muchas de las cortedades de miras características de las propuestas estrictamente sindicales. En ese sindicalismo resistente, que tiene una condición minoritaria, no falta, con todo, cierto conservadurismo encaminado a preservar los logros orgánicos alcanzados y remiso a grandes aventuras que puedan poner aquéllos en peligro. Ello es así por mucho que sea cierto que mantiene con el 15-M una sintonía general que bebe de la común defensa de la asamblea y la autogestión.

Aunque las disonancias no escasean, conviene subrayar, sin embargo, que hay también vías de acercamiento: el espíritu del 15-M se hace valer, sin duda, en determinados segmentos del mundo del trabajo, al tiempo que el sindicalismo resistente transmite al movimiento una dimensión obrera y anticapitalista. En estas horas el principal instrumento de permeabilización mutua lo aporta, sin duda, la posibilidad de convocatoria de una huelga general. Aunque uno entienda el proyecto de “sindicalismo sin sindicatos” que defienden determinados sectores del 15-M, el criterio más extendido sugiere que al respecto, y descartada por completo la sintonía con CCOO y UGT, parece más razonable ir de la mano del sindicalismo resistente.

No está de más que prestemos atención a un puñado de elementos que rodean esa eventual convocatoria que acabo de mencionar. El primero es el hecho, palpable en los últimos meses, de que dentro del sindicalismo resistente se están registrando esperanzadoras aproximaciones entre fuerzas que tiempo atrás se daban la espalda. Ello sucede ante todo en el mundo anarcosindicalista, que configura a buen seguro un núcleo importantísimo de la resistencia sindical. Sobran las razones para concluir, por lo demás, que esta última tiene mucho que ganar y poco que perder. Lo que hoy por hoy parece indiscutible es que el sindicalismo alternativo sólo pierde si no mueve pieza y no aprovecha una tesitura tan singular como la que atravesamos.

En un terreno próximo hay que recordar que la convocatoria de una huelga general colocaría en una situación delicada, e interesante, a los sectores críticos que trabajan dentro de CCOO y UGT, obligados a asumir decisiones contra la posición que con certeza defenderán —también en situación delicada— las direcciones de esos dos sindicatos. No se olvide al respecto que todo hace pensar que, habida cuenta de las agresiones que padecen muchos derechos laborales y sociales, hay una mayoría de la población que simpatizaría con la perspectiva de una huelga general, tanto más cuanto que parece evidente que nuestros gobernantes no van a abandonar en momento alguno el guión que nace de su supeditación al capital y sus intereses.

No parece razonable, en fin, valorar el éxito o el fracaso de una huelga general sobre la base exclusiva del número de trabajadores asalariados que se suman a aquélla. Tanto relieve como ese número tienen otros dos factores: el efecto disruptor de la actividad económica que puede derivarse de la acción de muchos de los jóvenes desempleados o precarios que se mueven en la órbita del 15-M, por un lado, y el horizonte de que la huelga, a tono con muchas de las querencias de este último, lo sea también de consumo, por el otro.

Las cosas como fueren, y dado que las huelgas anteriores no se han caracterizado precisamente por éxitos rutilantes, es difícil que la palabra fracaso tenga que aplicarse, una vez verificada, a la que ahora nos ocupa. Ya he adelantado que lo que a los ojos de muchos sería un fracaso es no convocar esa huelga. No olvidemos que estamos hablando de un fenómeno de dimensión fundamentalmente simbólica que constituye antes el inicio de un proceso que su objetivo final. Un proceso, dicho sea de paso, en el que el movimiento del 15 de mayo debe cimentar su expansión orgullosa en el mundo del trabajo y, con ella, un horizonte que los más ambiciosos tienen, sin duda, en la cabeza: el de una huelga general indefinida.
 
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