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último apunte de diario Sobre el programa de ajuste de los socialistas españoles
   
 
24/05/2010 | Carlos Taibo | Capitalismo/mercado - Crisis |
 
1. El programa de ajuste que el Gobierno español ha acabado por acatar es una prueba fehaciente de que la situación de la economía del país era mucho peor que la que retrataban, frívolamente, los discursos oficiales. Como quiera que el programa en cuestión en mucho recuerda al que se halla en curso de aplicación en Grecia, hay que reconocer a los gobernantes españoles, con todo, una excelsa habilidad a la hora de esquivar la imagen, plenamente razonable, de que la situación que nos acosa es muy similar a la que se ha revelado, con formidable eco mediático, en Grecia.
2. Es fácil comprobar cómo en los últimos años, cuando el Partido Socialista, en el Gobierno, ha decidido asumir alguna medida de peso, siempre lo ha hecho desde la lógica del respeto a la superstición neoliberal y a la desregulación que la acompaña. Aunque, claro, no sólo se trata de eso: hasta el más tonto se ha percatado ya de que quienes van a pagar los desperfectos generados por el plan de ajuste no son, en modo alguno, quienes nos han conducido a un escenario muy delicado. Hora es ésta de recordar lo infrecuente que es encontrarse con algún empresario que, al tiempo que lamenta los sinsabores del momento presente, tenga a bien recordar los formidables beneficios que, con descaro y sin control, muchos acumularon hace unos pocos años.
3. Salta a la vista, de cualquier modo, que los esfuerzos que nuestros gobernantes han asumido en los últimos días para recortar el gasto público no hubieran tenido que realizarse si en su momento hubieran decidido frenar con energía la especulación bursátil y la burbuja inmobiliaria, hubieran rehuido las impresentables fórmulas de rescate, con dinero público, de entidades financieras al borde de la quiebra, hubieran evitado ese no menos impresentable programa de ayudas estatales a la adquisición de automóviles privados, se hubieran inclinado por aplicar la tijera al gasto militar o, en fin, y por cerrar una lista que bien podría ser mucho más amplia, no hubiesen suprimido el impuesto sobre el patrimonio.
4. Aunque hay quien prefiere situar todo lo anterior en la rúbrica general de la estupidez lacerante de quienes nos gobiernan, es más sencillo y razonable atribuirlo a su designio de aceptar sumisamente las reglas del juego que imponen los grandes poderes económicos. Que el Partido Socialista no ha modificado un ápice esa línea estratégica lo demuestra, en una finta, el cálido apoyo dispensado por la CEOE al plan de ajuste de estas horas. Es la misma organización, por cierto, que reclama se reduzca aún más la ya raquítica ayuda oficial al desarrollo y que echa mano de curiosas artimañas a la hora de describir los hechos. Recuérdese, en relación con estas últimas, el goteo de noticias que refieren que tal banco o tal empresa ha visto cómo sus beneficios se reducían en un 30 o un 40%: el espectador o el lector poco consciente de las manipulaciones a las que nos someten es común que no se percate de que no es que esos bancos o empresas ingresen hoy un 40% menos de lo que ingresaban unos años atrás. De lo que se trata –y no es lo mismo-- es de que sus beneficios, que siguen existiendo, son menores que los de antaño.
5. Faltan las noticias que den cuenta de la apertura de causas legales contra las personas que nos han conducido, de la mano de la especulación y al amparo de la general desregulación, a un escenario tétrico. No hay ninguna sorpresa en ello: las normas legales alentadas por nuestros gobernantes --los de ahora como los de hace unos años-- han tomado partido con claridad, e inmoralmente, por la despenalización de conductas como las que ahora nos ocupan, y ello cuando no las han estimulado directamente. Así las cosas, es difícil sustraerse a la descripción de nuestros gobernantes como cómplices actives de los delincuentes.
6. Resulta evidente que la vacua retórica sobre los derechos sociales que el Partido Socialista ha intentado vender los últimos años se ha venido abajo en unas pocas horas. Qué significativo es que entre los barones socialistas no se haya escuchado --hasta donde llega mi conocimiento-- ninguna señal de revuelta. Hablamos de gentes que, al parecer, siempre están cargadas de razón: el lunes cuando nos cuentan que los derechos sociales son intocables y el martes cuando anuncian retoques visibles, a la baja, en aquéllos acompañados de una insorteable, por lo que parece, reforma laboral. Hay quien sostiene al respecto, con una mezcla de lucidez y de ingenuidad, que el presidente Rodríguez Zapatero, una vez conocidas las reglas del plan de ajuste exigido por la UE, debía hacer convocado elecciones anticipadas para concurrir a ellas con un orgulloso programa de rechazo de esas reglas. Pensar que un político tan sumiso a la miseria general pudiera haber asumido una conducta de tal naturaleza es, sin más, darle la espalda a la realidad. ¿Por qué, y por lo demás, quien nos ha situado en la estela del desastre habría de rectificar de la noche a la mañana para reconsiderar lo hecho y romper con lo que ha defendido durante seis años?
7. Claro que un elemento más que da cuenta de la magnitud de la crisis es la certeza de que la oposición oficial que configura el Partido Popular no aporta otra cosa sino más de lo mismo. Bueno es que no olvidemos que el PP no dudó en glosar encomiásticamente las políticas económicas abrazadas por Rodríguez Zapatero en su primer mandato presidencial sobre la base de un llamativo argumento: eran buenas porque constituían –y así era, efectivamente-- una mera prolongación de lo que había hecho con anterioridad José María Aznar. Como quiera que el lector avezado ya se ha percatado de lo obvio --tirios y troyanos apostaron por la misma miseria--, no pueden producir sino sonrojo las declaraciones de Mariano Rajoy, un dirigente político siempre alineado con la patronal y siempre decidido a defender una reforma laboral desreguladora, en supuesta defensa de los derechos sociales.
8. Nunca se subrayará lo suficiente el patético papel que en todo esto corresponde a los sindicatos mayoritarios. Si al calor del programa de ajuste zapateriano han asumido un ejercicio de incipiente y cautelosa respuesta, ello es así en virtud de un temor, lógico, a quedar dramáticamente por detrás de una eventual y autónoma movilización de muchos trabajadores. Las cosas como fueren, y a tono con lo que ocurre con el grueso de la izquierda política, esos sindicatos no van más allá de una defensa vergonzante de empleos y salarios o, lo que es lo mismo, pelean por la simple reconstrucción de la ficticia regulación de antaño, con lo que ofrecen un puente de plata para que el capitalismo salga de rositas de la crisis.
9. Demandar a estas alturas, y las cosas como van, que los sindicatos mayoritarios tomen conciencia de la crisis ecológica, asuman que el crecimiento económico que nos venden por doquier es un gigantesco fiasco, vuelvan la vista un momento hacia los problemas de los países del Sur --la situación de éstos sigue siendo, claro, inconmensurablemente peor que la nuestra-- o asuman un ejercicio de contestación franca del capitalismo y sus reglas es un ejercicio de ingenuidad más, sólo al alcance de quienes no han caído en la cuenta de que las organizaciones correspondientes son un puntal decisivo para la preservación de los sistemas que padecemos. En nada cambiaría este diagnóstico la posible convocatoria de una huelga general que tendría, en el mejor de los casos, un liviano efecto simbólico no acompañado de consecuencia material alguna. En el decenio de 1930 la CNT estaba por la huelga general indefinida…
10. Aunque es verdad que el programa de ajuste no puede tener sino efectos negativos en términos de una estrategia, la oficial, que sigue idolatrando el consumo y el crecimiento medidos de la mano de esa gigantesca estafa que es el PIB, no lo es menos que lo más significativo del momento actual es que, excepto en los circuitos de la izquierda social, nadie toma en serio lo de salir del capitalismo. Curioso es que cuando se acumulan las razones para concluir que estamos donde estamos en virtud de las lacras, bien conocidas, que arrastra de siempre el capitalismo, falte la contestación que éste debería recibir en forma de propuestas que impliquen su franca y urgente superación.
 
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