galego-português imprimir cerrar
Artículos
 
 
 
último apunte de diario Requiem por un bipartito
   
 
07/03/2009 | Carlos Taibo | Galicia - |
Público (7 de marzo de 2010)
 
Hace un par de años le pedí a un dirigente del BNG que evaluase la gestión del bipartito gallego. La respuesta me dejó perplejo: todo iba bien -me dijo–, en la medida en que las dos fuerzas coaligadas habían demostrado que podían convivir y en la medida en que, en paralelo, la Administración pública no se había venido abajo. Eso, al parecer, era suficiente para muchos de los responsables de un Gobierno que se aprestaba a tirar por la borda una oportunidad de oro de cambiar, en serio, la vida de Galicia. La apreciación, muy extendida, que sugiere que el principal problema de ese Gobierno ha sido su impericia a la hora de vender lo que hacía –en su caso, y también, la labor de zapa ejercida por tantos funcionarios– no acierta a ocultar el problema de fondo. Ello es así por mucho que algo tenga de verdad, como lo testimonia, por ejemplo, la dificultad que el bipartito ha tenido para defender una honrosa normativa que restringe indeseables prácticas inmobiliarias en la costa del país.
Y es que con el paso del tiempo se ha instalado la impresión de que el único dato sólido, y permanente, que el bipartito podía aportar en su provecho era el recordatorio de lo que hicieron sus predecesores populares. El resultado ha sido un Gobierno frío, sin alma, tecnocratizante y siempre esquivo de la confrontación con Madrid. Sus pobres registros han tenido poco que ver, por añadidura, con las trifulcas entre los dos socios participantes –suenan un tanto patéticas las acusaciones de deslealtad que contra el BNG se vierten hoy desde las filas socialistas– y mucho con su condición acomplejada. Nada ilustra mejor esta última que una política lingüística timorata –pareciera como si los responsables del bipartito estuviesen siempre pidiendo perdón– en virtud de la cual el Gobierno gallego hizo a menudo dejación de su derecho, y de su deber, a defender una lengua en situación dramática. ¿Es tolerable, por cierto, que el presidente de la Xunta, el de ahora como el de mañana, no se exprese con fluidez y gracia en la lengua de su país?
A todo lo anterior no es ajena, claro, la condición de las dos fuerzas que han articulado el gobierno en los últimos años. Hoy más que nunca sobran las razones para afirmar que el PSdeG es cualquier cosa menos un partido vivo y ejerciente. A merced de los vaivenes de lo que ocurre en el resto del Estado, y apenas imbricado en la vida gallega, no ha dejado atrás el lastre de su condición funcionarial, profesoral y urbana. Si Pérez Touriño se antoja retrato fidedigno de estas carencias, hora es esta de subrayar que no resulta fácil dirimir qué ha hecho el PSdeG, en general el bipartito, con las redes caciquiles orquestadas por el PP. Si es evidente que no acabó con ellas, también lo parece que antes apostó por crear sus propias redes, a la vista está que con escaso éxito, que por cortar de raíz con una lacra que marca indeleblemente la vida local.
Más grave es, con todo, lo del BNG, una fuerza visiblemente desnaturalizada en el sórdido ejercicio del poder. Aunque los cenáculos periodísticos en Madrid no den crédito a lo ocurrido, la dirección del BNG, luego de deshacerse de toda querencia soberanista, ha asumido un impecable viaje hacia el centro, las más de las veces justificado sobre la base de la presunta necesidad de adaptarse al país real y en franco olvido de que los mejores resultados de siempre los obtuvo el Bloque cuando defendió un programa y una estética de combate. Huellas de ese viaje se aprecian en dos terrenos: si uno es el coqueteo con que determinados sectores del Bloque, bien es verdad que minoritarios, han obsequiado a un posible pacto con el PP que permitiese salvaguardar la condición de muchos funcionarios de última hora, otro lo aporta el hecho, palpable, de que el 1 de marzo el BNG ni siquiera ha rebañado, como se anunciaba, los votos de izquierda descontentos con el PSdeG. El nuevo retroceso electoral del Bloque obliga a reabrir un debate cercenado en 2005, cuando el anterior de esos varapalos se medio tapó con la incorporación al Gobierno gallego.
Aunque, y en otro terreno, la crisis no ha ayudado, con certeza, al bipartito, que desechó alegremente un adelanto electoral que quizá le hubiera permitido salvar los muebles, no nos engañemos: por mucho que sea cierto que Núñez Feijóo no tiene ninguna respuesta ante esa crisis, salta a la vista la liviandad del discurso de Pérez Touriño, quien se ha hartado de emplear los manidos conceptos de modernización y competitividad como presuntas soluciones mágicas que, claro, a duras penas dibujaban diferencias apreciables con la oposición popular. Porque, y permítasenos una pregunta ingenua, ¿qué elemento socialista había de por medio que permitiese desmarcarse con claridad de las letanías al uso?
Habida cuenta de que la abstención no ha sido precisamente alta, el bipartito ni siquiera puede acogerse a un argumento vertido en muchos análisis: la posibilidad de que los numerosos casos de corrupción que atenazan al PP generasen, no sin paradoja, una general desafección hacia la clase política traducida en bajos niveles de participación que acabasen por perjudicar al PSdeG y al propio BNG. Sin desdeñar en modo alguno las secuelas del juego sucio al que se ha entregado con descaro el PP, conviene repetir que el retroceso de esas dos fuerzas, mucho más relevante que el livianísimo crecimiento popular, resulta tanto más doloroso cuanto que el reclamo del rival electoral era escaso. Además de reflexionar sobre esto, lo suyo es preguntarse por qué tantas gentes emplazadas en la izquierda y declaradamente nacionalistas se han sentido legítimamente defraudadas con un PSdeG alicaído y un BNG desnaturalizado.
A Núñez Feijóo le tocará, enseguida, lidiar con una situación muy delicada, y contentar, al tiempo, al sector más ultramontano de su partido. Además de un triunfo electoral que no esperaba, el 1 de marzo le regala, al menos a título provisional, una oposición muy blandita. Sobran las razones para afirmar que, por mucho olor a derecha civilizada que el candidato popular expida, en la cabeza de muchos está, para retratar lo que se viene encima, el título –Atila en Galiza– de uno de los álbumes más celebrados de Castelao.

 
subir