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último apunte de diario 1989: ¿qué celebramos?
   
 
13/11/2009 | Carlos Taibo | Europa del este - Capitalismo/mercado |
El Correo (13 de noviembre de 2009)
 
El desfondamiento de la mayoría de los sistemas de tipo soviético en 1989 fue una sorpresa relativa. Es verdad, sí, que las señales de crisis que atenazaban, desde bastantes años antes, a esos sistemas eran evidentes. Bastaba con echar una ojeada al derrotero de las economías correspondientes para percatarse de que, lejos de crecer, habían empezado a asumir retrocesos notables que tenían un llamativo colofón, por cierto, y en un marco de hondísima crisis social, en dos datos demográficos inapelables: un incremento en la mortalidad infantil y un retroceso, en cambio, en la esperanza de vida al nacer.
Lo que al cabo resultó ser una sorpresa en 1989 fue, sin embargo, la escasa, por no decir nula, resistencia ejercida por el grueso de las burocracias dirigentes de esos países cuando los hechos se encadenaron en provecho de movimientos populares de uno u otro cariz, más o menos apoyados, por añadidura, desde el exterior. Digámoslo de otra manera: la corrosión de los grupos humanos dirigentes era tal que sólo en virtud de una ilusión óptica cabía entender que aquéllos estaban dispuestos a jugarse el pellejo en defensa de unos sistemas que, mortecinos, poco o nada tenían de genuinamente alternativos frente al capitalismo occidental.
El hecho de que buena parte de quienes estaban llamados a oponerse a los cambios –convengamos en que no faltaron quienes quedaron al margen del proceso– decidieran sumarse rápidamente al carro del vencedor se convierte, en paralelo, en sugerente explicación de por qué las transiciones políticas operadas en 1989 fueron, con la parcial excepción de Rumania, sorprendentemente pacíficas. El año siguiente empezaron a llegarnos noticias que venían a ratificar el sentido de lo que estaba ocurriendo. Así, cuando en países como Polonia o Hungría salieron a subasta muchas empresas públicas, descubrimos –primero con alguna sorpresa, después con inequívoca adaptación a lo que ocurría– que en muchos casos quienes procedían a adquirirlas eran quienes habían sido sus directores en la etapa soviética. No se olvide al respecto que estamos hablando de la elite dirigente de los viejos sistemas, que disponía, por tanto, de activos no despreciables y disfrutaba, además, de una información privilegiada, de tal suerte que sabía a la perfección cuáles eran las empresas rentables y las que no, cuáles las que podían beneficiarse de privilegios monopólicos u oligopólicos, cuáles las que tenían garantizados los suministros…
Admitamos que lo ocurrido por aquel entonces puede suscitar interpretaciones dispares. Para unos fue una bendición de Dios, en la medida en que se redujo sensiblemente la posibilidad de que el tránsito a un nuevo sistema fuese violento o, al menos, manifiestamente confrontacional. Para otros, por el contrario, se perfiló en aquellos meses el inicio de una pesadilla que en los hechos duraría hasta hoy, de la mano de realidades en las que la burocracia reconvertida al mercado acopiaría lo peor de los dos sistemas que hasta 1989 estuvieron en colisión: la codicia económica y el ‘todo vale’ de los empresarios occidentales, y el autoritarismo descarnado de los burócratas orientales.
Por cierto que todo lo anterior tiene un refrendo interesante en la condición de fondo del proyecto que, más allá de la retórica, abrazó el último presidente soviético, Mijaíl Gorbachov. Si nos liberamos de la visión edulcorada de los hechos que promovieron entonces la mayoría de los medios de comunicación occidentales, parece que sobran las razones para concluir que el proyecto maestro de Gorbachov consistió en rescatar de la quema a los sectores más espabilados, más profesionalizados y más tecnocratizados de las burocracias dirigentes en los países de la Europa central y oriental. El mensaje se antojaba razonablemente claro: si, en un escenario de crisis, cambian ustedes una parte de sus hábitos, yo me encargaré de que conserven el grueso de sus privilegios.
Aunque en condiciones innegablemente distintas de las imaginadas por Gorbachov, ese proyecto salió, a la postre, adelante. Porque –y no nos engañemos– la mayor parte de quienes dirigen hoy los sistemas políticos y las empresas en los Estados de la Europa central y oriental no son sino personas que desempeñaron papeles prominentes en los sistemas de tipo soviético. La sola certificación de que esto es así bien podría invitarnos a afirmar que esa eclosión de las libertades y de la democracia que tantos creen celebrar estos días al calor del vigésimo aniversario de la desaparición el muro de Berlín tiene mucho, muchísimo, de farsa.

 
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