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último apunte de diario Nuestros ojos en Kosovo
   
 
19/08/2008 | Carlos Taibo | Kosova - Estado español/cuestión nacional |
La Vanguardia (19 de febrero de 2008)
 
Poca atención se le dispensa a las percepciones que entre nosotros se han hecho valer en relación con la conflictiva independencia de Kosovo. Aunque no han faltado opiniones concesivas hacia esta última, en la abrumadora mayoría de los casos se ha expresado al respecto un franco repudio. No está de más que prestemos oídos a las razones que darían cuenta de ese general rechazo intelectual, político y mediático.
La primera remite sin más a una defensa férrea de los Estados, de su soberanía y de su integridad, y a la sugerencia paralela de que las leyes por aquéllos aprobadas son sagradas, aun en el caso de que hayan visto la luz en recintos no democráticos. Cuando algunos expertos han recordado, con tino, que a diferencia de los numerosos Estados reconocidos por los países occidentales en los últimos lustros, Kosovo no se veía beneficiado, en el ordenamiento yugoslavo, de un derecho a la autodeterminación, llamativamente ha faltado el recordatorio de que las normas legales que regulaban estos menesteres tenían una nula condición democrática.
Se ha señalado, en segundo término, que la gestación de un Kosovo independiente acarreará un descrédito más para Naciones Unidas. Este argumento no es sino un trasunto del anterior: como quiera que quienes toman asiento en la ONU son Estados, cabe suponer que no se olvidarán de sí mismos a la hora de establecer reglas. A ello se agrega el empleo cicatero de la norma que mucho tiempo atrás invitó a Naciones Unidas a reconocer el derecho de autodeterminación. Esa norma reservaba tal derecho a los llamados pueblos coloniales, de tal suerte que, según la interesada interpretación omnipresente entre nosotros, no tendría hoy aplicación una vez supuestamente rematado el proceso de descolonización.
Un tercer argumento mil veces esgrimido invita a rechazar un Kosovo independiente en virtud de la consideración de lo que tal horizonte pudiera tener de estímulo para fórmulas similares entre nosotros. Si en unos casos se apunta, contra toda evidencia, que el proceso kosovar ninguna relación guarda con conocidas disputas celtibéricas, en otros se invoca el efecto dominó que el reconocimiento en cuestión tendría en diversos escenarios del planeta. Estas consideraciones, cargadas de prevención, ven la luz en el marco de una crisis general del Estado-nación y al amparo de una globalización que suscita, como se sabe, numerosas contestaciones.
Hay que reseñar una cuarta percepción: la que propugna, sin aparentes esencialismos, una defensa pragmática del statu quo. Aunque respetuosa de las demandas de autodeterminación, esta percepción sugiere que es preferible, por muchos motivos, dejar las cosas como están. Tal manera de razonar configura en ocasiones un artificio que oculta una defensa cerril, pese a las apariencias, de la integridad territorial de los Estados, tanto más cuanto que es frecuente que, en su despliegue, ignore que muchas de las violencias que se han revelado al calor de los procesos de secesión son antes atribuibles a quienes rechazan éstos que a quienes los alientan.
La quinta admonición dirigida contra un Kosovo independiente bebe del designio de rechazar una medida que, con argumentos innegables, se interpreta es, sin más, el producto de los intereses de EEUU, o, de manera más vaga, del capricho de las potencias occidentales. A menudo esta asunción se hace acompañar de una visión conspiratoria que identifica una obsesiva y malsana agresión contra Serbia y gusta de retratar con tonos nada amistosos al conjunto de la población albanokosovar.
Rescatemos una última percepción: la que sostiene que, dado el fracaso de las políticas abrazadas en los últimos años en Kosovo, conviene aplazar cualquier decisión relativa al status final de éste. Así -se nos dice-, como quiera que el protectorado internacional no ha permitido consolidar instituciones democráticas y no ha servido para garantizar los derechos de las minorías -ahí está la tétrica situación de la minoría serbia-, cualquier fórmula de autodeterminación estaría lastrada desde el principio.
Enunciados los argumentos vertidos contra la perspectiva de un Kosovo independiente, queda extraer un par de conclusiones. La primera subraya los olvidos en que se asientan casi todas las percepciones glosadas: nada dicen de lo ocurrido en Kosovo entre 1989 y 1997, parten de la presunción de que los Estados son sagrados e intocables, y gustan de plantear, a quienes reivindican procesos de secesión, exigencias sin cuento -así, las relativas a la consistencia de las comunidades políticas, a la inanidad de los derechos colectivos y a la presunta ignorancia del principio de ciudadanía-- que llamativamente no reclaman de los Estados ya constituidos. En el caso de Kosovo se suman, es verdad, dos olvidos más: el de que en los hechos en ese atribulado país no se está reconociendo ninguna fórmula de autodeterminación, sino, antes bien, una independencia directa, y el de que al final las razones que conducen a muchos Estados a dar su visto bueno a esta última lo son de estricto y nada entusiasta pragmatismo. Mayor relieve tiene, sin embargo, la segunda de nuestras conclusiones: sorprende sobremanera que entre el coro de voces que rechaza un Kosovo independiente ninguna se pregunte por lo que piensa la mayoría de la población local...
 
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