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último apunte de diario Olvidos de los Veinte
   
 
21/11/2008 | Carlos Taibo | Globalización - Crisis |
Público (21 de noviembre de 2008)
 
A los dirigentes de los países más poderosos sólo les preocupa en estas horas la crisis financiera que arrastramos. De las otras tres crisis que se nos vienen encima por momentos -el cambio climático, el encarecimiento insorteable en los precios de las materias primas energéticas y la sobrepoblación- no hemos tenido noticias en la cumbre que acaba de celebrar el llamado grupo de los veinte. Por no haber, ni siquiera ha habido un retórico coqueteo con algo que huela a keynesianismo verde.
Es verdad que estábamos avisados. Las últimas semanas hemos podido escuchar cómo portavoces significados de los organismos internacionales adelantaban que la crisis financiera le había dado la puntilla a la lucha contra el cambio climático o a la satisfacción de los Objetivos del Milenio. No es menos cierto, eso sí, que detrás de esas declaraciones era fácil apreciar más de una trampa, como la que invitaba a concluir que antes de la crisis mentada estábamos haciendo algo solvente en relación con los desastres medioambientales que se avecinan o con la pobreza y la explotación que atenazan a buena parte de la población planetaria.
Los hechos desmienten palmariamente esta última interpretación. A estas alturas es difícil sustraerse, por lo pronto, a la certificación de que el protocolo de Kioto era y es poco más que un parche que a duras penas permite afrontar el problema principal. Las reducciones asumidas en la emisión de sustancias contaminantes siguen siendo marginales en un escenario en el que arrecian las presiones empresariales encaminadas a revisar a la baja lo pactado en la ciudad japonesa y en el que los países ricos no dudan en adquirir cuotas de contaminación que los pobres no están en condiciones de agotar. Por no faltar, ni siquiera faltan quienes, con el presidente norteamericano en cabeza, contemplan el cambio climático como una estimulante oportunidad de negocio.
No es más halagüeño el panorama en lo que atañe a los Objetivos del Milenio. Si años atrás ya se señaló que estos últimos eran extremadamente poco ambiciosos -se aceptaba sin remisión que decenas de millones de seres humanos morirían de hambre-, hoy nos topamos con que ni siquiera las modestas metas establecidas van a ser objeto de satisfacción. Claro es que la culpa mayor de esto último no recae sobre la crisis financiera, sino sobre un programa general, el de los propios Objetivos, que llamativamente esquivaba cualquier contestación de las políticas del Fondo Monetario, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, y que, más aún, en el mejor de los casos reclamaba una suerte de suave movilización solidaria en los países del Norte a cambio de cerrar el camino a cualquier forma de movilización social fuerte en los del Sur.
Quede, en cualquier caso, la constancia de que los principales problemas que se avecinan -aquéllos que exigen respuestas contundentes e inmediatas- no inquietan a un puñado de dirigentes políticos más preocupados, por lo que parece, en sanear bancos y en garantizarse el triunfo -al cabo de esto se trata- en las próximas elecciones.
 
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