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último apunte de diario Gracias, Anna
   
 
19/12/2006 | Carlos Taibo | Rusia - Europa del este |
sinpermiso (19 de noviembre de 2006)
 
El asesinato de Anna Politkóvskaya -la muerte, como han preferido calificarlo muchos analistas rusos- ha levantado una pasajera polvareda a la que corresponde prestar alguna atención. Sus responsables no son otros que algunos de los más eximios todólogos que inundan los medios de incomunicación. Adelantemos la explicación de que, como quiera que no es mucho lo que suelen saber sobre Rusia, nada de raro hay en que sus elucubraciones busquen caminos más generales.
La parte más densa de esta indigesta polvareda la viene a configurar la sugerencia de que hay que ser cuidadosos en las críticas ante lo que hacen Putin y los suyos, no vaya a ocurrir que, de lo contrario, contribuyamos a debilitar a Rusia y, de esta suerte, le demos aún más cartas a la omnipresente agresividad norteamericana. Mucho me temo que quienes tal tesis defienden viven un tanto fuera del mundo, por cuanto su consejo, con toda evidencia, ha sido ya suficientemente atendido: los gobernantes occidentales -y pienso ahora en singular en la patética Unión Europea de estos días- hace tiempo que ajustaron su conducta a la recomendación que nos ocupa, como lo testimonia el hecho de que, no contentos con mirar hacia otro lado cuando se escucha la palabra Chechenia, se muestren comúnmente arrobados en presencia de Putin, receptor de cariñosas palmadas en el hombro.
Aunque uno tiene por fuerza que entender lo que estas buenas gentes reclaman -y naturalmente que hay que poner freno a la prepotencia sin límites que muestran, día sí y día también, los gobernantes norteamericanos del momento-, lo suyo es que dejemos claro desde el principio lo que a la postre significan sus reconvenciones: una desvalorización radical de las demandas de respeto de los derechos humanos, en adelante supeditadas, por lo que parece, a futuras contingencias geoestratégicas y presuntos derroteros de las relaciones internacionales. Semejante actitud configura en más de un sentido -no en todos, bien es cierto: seamos prudentes en el argumento- un remedo de la política de Bush, empeñada en convencernos de que hay que sacrificar valores y derechos para acabar con eso que ha dado en llamarse terrorismo internacional.
Si lo anterior es suficientemente grave por sí solo, también lo es el hecho de que los todólogos que ahora me interesan parezcan víctimas de preocupantes olvidos. A su entender, y por lo que cabe colegir, Putin blande en Rusia un proyecto razonablemente afortunado que está produciendo ya los resultados apetecidos. Qué curioso es que, al amparo de un formidable ejercicio de censura, se esquive que el presidente ruso ha recogido sin cautelas un guante, el de la lucha contra el terror, que Bush le ofreció en 2001. Entre las querencias de Putin se aprecian sin disimulo el todo vale frente a los bandidos, el coqueteo con los ataques preventivos y la franca aceptación de toda la parafernalia que al respecto han desplegado los neoconservadores estadounidenses. No hay mejor retrato, por cierto, del discurso de estos últimos que el que aporta su obsesión por apreciar, en todas partes, islamistas desbocados que formarían parte de oscuras tramas internacionales. La opacidad de estas últimas -todo puede decirse sobre ellas- otorga a nuestros amigos una singular seguridad y contundencia en sus argumentos.
Varias son las consecuencias de esta radical supremacía atribuida al terror islamista internacional. La primera no es otra que un inocultado desinterés por las claves singularizadoras de los conflictos. Si ya sabemos lo que es Al Qaida, y la naturaleza aberrante de sus monsergas, ¿a qué prestar atención a lo que ocurre en Chechenia, en el Kurdistán o en Palestina? Basta con invocar una conocida trama planetaria que, al responder a una inercia propia preñada de fanatismo, justificaría su pleno desgajamiento con respecto a los problemas de uno u otro escenario. La segunda consecuencia es una macabra carta blanca otorgada a gobiernos impresentables. El todo vale contra el terror se ha instalado en el núcleo del discurso que nos interesa, siempre sumiso al acatamiento de lo que rezan formidables maquinarias de propaganda. Que nadie busque en las reflexiones correspondientes ninguna consideración crítica, por ejemplo, de las distorsiones que los gobiernos estadounidense y ruso ofrecen en relación con lo que ocurre, respectivamente, en Iraq y en Chechenia. Al calor de estas fórmulas se ha asentado sin rebozo una obscena doble moral que invita a tratar de forma distinta a amigos y a enemigos, a poderosos y a débiles. De resultas, y ésta es la tercera secuela, los terroristas son siempre los otros y el terror de Estado queda casi siempre en el olvido, sólo invocado en el caso de manifiestos enemigos, degradados a la vil condición de gamberros y díscolos. Una cuarta consecuencia la aporta la sugerencia de que el terrorismo puede encararse en virtud de procedimientos de cariz estrictamente policial-militar. ¿Para qué recordar que la principal lacra del planeta, antes como después del 11 de septiembre de 2001, no es el terrorismo sino, claro, la pobreza? Rescatemos una quinta, última y significativa consecuencia de la apuesta neoconservadora. En ésta no se barrunta, ni de lejos, ningún designio orientado a atribuir responsabilidad alguna, en la gestación de las miserias del planeta contemporáneo, al mundo occidental. Nos hallamos, si así se quiere, ante un negativo fotográfico del discurso de Osama Bin Laden: toda la culpa de lo que ocurre recae sobre los otros, sobre los infieles, en un argumento de ribetes eventualmente xenófobos. Todos los chechenos, o todos los musulmanes, son terroristas irrecuperables en un magma impregnado de esa formidable e interesada superstición que es el choque de civilizaciones. Parece que no es preciso agregar que en lo que atañe a este puñado de aberraciones conceptuales la sintonía de la Rusia de Putin con el discurso oficial norteamericano es absoluta.
Se nos está vendiendo, y cambiemos de tercio, un hilarante cuento de hadas que viene a señalar que Putin, autoritario o no, le ha devuelto estabilidad y fortaleza a su país. He repetido hasta la extenuación que los hechos -siempre los tercos hechos-invitan a recelar de tan tranquila percepción. Putin no ha enderezado un maltrecho Estado federal, no ha resuelto el contencioso checheno y es más que dudoso que haya aprovechado la bonanza económica que atraviesa Rusia -producto ante todo de la subida operada en los precios del petróleo- para dignificar el nivel de vida, muy precario, de la mayoría de sus conciudadanos. Ha respetado sin mayor quebranto, por lo demás, el capitalismo criminal trenzado en torno a un puñado de magnates que le han sacado buen provecho al expolio del sector público de la economía y que dan cuenta del vigor, en la Rusia contemporánea, de las miserias de la globalización que padecemos. Para que nada falte, y esto es acaso lo más importante, sólo una percepción muy extraviada permite alimentar la conclusión de que Rusia está sacando la cabeza en el escenario internacional. Qué pronto se olvida que, pese a la manifiesta indiferencia norteamericana, Moscú sigue mostrando una general sumisión a lo que la Casa Blanca impone, como lo certifican, en lugar singular, su dramática aquiescencia ante las agresiones militares estadounidenses en Afganistán e Iraq, o su no menos dramático silencio ante los desmanes de Israel. Aunque mucho me gustaría ver cómo Rusia se opone con reciedumbre a la política de Bush, hoy por hoy en los movimientos del Kremlin sólo se barruntan cobardía e intereses mezquinos.
La sugerencia de que uno debe contenerse en sus críticas ante lo que hace la Rusia de Putin, para de esta forma no rebajar el peso de su candidatura como contestadora de la hegemonía norteamericana, pone por delante, en fin, determinados valores -así, la estabilidad y la integridad territorial de los Estados- que, al parecer, deben defenderse caiga quien caiga, aun a costa de apuntalar férulas represivas y cancelar sin rebozo derechos elementales. Y es que las posibles ventajas -me temo que más presuntas que reales- que estamos llamados a obtener de semejante opción se producen siempre a costa de otros, comúnmente los más débiles. Aunque esto a buen seguro que lo saben nuestros gobernantes, habrá que convenir que en su caso no hay ningún contradicción mayor: de siempre han puesto por delante los intereses en detrimento de los principios. Afortunadamente la peripecia intelectual de Anna Politkóvskaya era bien otra. Como Noam Chomsky en Estados Unidos, tuvo a bien enseñarnos, con firmeza, que no debemos transigir, nunca, ante las tropelías.



 
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