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último apunte de diario No pasarán
   
 
02/10/2008 | Carlos Taibo | Memoria - Estado español/España |
Asociación de Vecinos de Carabanchle
 
Mi memoria personal de la cárcel de Carabanchel es, para mi fortuna, liviana: a poco más alcanza que a la condición de un manifestante que en un puñado de oportunidades -las ejecuciones de Puig Antich y de los cinco de 1975; la lucha, años después de los presos de la COPEL- se acercó a los muros de la cárcel franquista por antonomasia.
Y es que no hay ningún recinto que refleje mejor la ignominia del franquismo que la cárcel de Carabanchel. Por eso se impone rescatar su memoria y devolver la dignidad, aunque ésta nunca la perdieran, a los millares de personas que pasaron por sus celdas. Ese ejercicio de recuperación del pasado tiene por fuerza que extenderse, claro que con otras intenciones, a las personas de los verdugos y los torturadores. Se ha hecho muy común afirmar que los responsables de los crímenes del franquismo han muerto, de tal suerte que no tiene sentido remover viejas historias. Si la primera afirmación es cabalmente cierta en lo que hace a la guerra civil y los años posteriores, mal haríamos en olvidar, sin embargo, que muchos de los verdugos y torturadores de los decenios siguientes, hasta 1975, andan por ahí vivitos y coleando.
Bien es cierto que la condición asesina del franquismo no sólo se revela, en la cárcel de Carabanchel, de la mano de lo que ocurrió con los presos políticos. Se manifiesta con la misma hondura al calor de lo que padecieron tantos presos comunes tildados de vagos y maleantes por un régimen en el que la injusticia y la explotación ganaron muchos enteros. Y se manifiesta, cómo no, a través de las muchas personas que pagaron con la cárcel y con vejaciones sin cuento sus querencias sexuales.
Quiere uno creer que la cárcel de Carabanchel es un recinto en el que, en sí mismo o en su cercanía, se adivinan hoy muchas de las miserias que ha contribuido a fortalecer esa maltrecha transición política que tantos -ellos sabrán por qué- idolatran: el olvido premeditado y orgulloso de un pasado que es molesto para muchos de quienes dirigen la política o la economía, la enésima operación inmobiliaria llamada a engordar las cuentas de los de siempre y, aquí muy cerca, el vigor contemporáneo de los campos de concentración con que obsequiamos a los inmigrantes pobres que llegan a nuestras costas y aeropuertos.
Sobran razones, como siempre, para rebelarse, y en este caso la rebelión tiene que asumir la forma de un ejercicio cívico encaminado a preservar para siempre, en el espacio y en la memoria, la cárcel de Carabanchel. Falta le hace a una ciudad en la que Franco y sus secuaces borraron con inequívoca eficiencia cualquier recuerdo de quienes hicieron que el nombre de Madrid se identificase, a los oídos de muchos, con un lema en lengua castellana: 'No pasarán'.


 
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