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último apunte de diario El terceto: elementos comunes y diferencias
   
 
21/03/2003 | Carlos Taibo | Iraq - Unión Europea |
La Clave (nº101, 21 de marzo de 2003)
 
Nada sería más equivocado que concluir, al calor de hechos recientes de innegable relieve, que Francia, Alemania y Rusia configuran una suerte de bloque de perfiles homogéneos. Aunque la actitud de estos tres países ante la política que, en relación con Iraq, postulan Estados Unidos y sus aliados de hoy se antoje razonablemente similar, no es difícil rastrear diferencias importantes.
Aunque a menudo se olvide, acaso porque no se trata de un miembro permanente del Consejo de Seguridad, Alemania fue la punta de lanza inicial de actitudes más bien reticentes ante la agresividad estadounidense. Es lícito sospechar que los dirigentes alemanes no tenían conciencia entonces de hasta dónde habrían de llegar en sus disensiones. La posición de Berlín mucho parece haberle debido, de cualquier modo, a los avatares por los que atravesaba, el verano pasado, y con unas elecciones generales en ciernes, la coalición rojiverde en el gobierno. Por detrás despuntaba también, claro, la conciencia de que la opinión pública germana se sentía bien poco atraída por el belicismo que impregnaba el discurso de Bush hijo y de su equipo.
Lo de Francia era harina de otro costal, como incipientemente lo vino a demostrar el hecho, ahora olvidado, de que París no estuvo en primera línea de las disidencias cuando el debate sobre Iraq cobró cuerpo a finales del verano. El liderazgo francés de estas horas es un fenómeno relativamente reciente, no en vano en diciembre el presidente Chirac todavía coqueteaba con la perspectiva de transferir al Golfo unidades militares. La bravucona actitud de los gobernantes norteamericanos ha servido, a buen seguro, de estímulo para una disidencia francesa que recupera el vigor de una vieja corriente: la que plantea la necesidad de preservar los cimientos de un proyecto de hegemonía que pasa, como no podía ser menos, por la conversión de la UE en un agente internacional dotado de vida propia. Esto al margen, no es de desdeñar que los intereses de las empresas francesas del petróleo, decididas a preservar la posición de ventaja obtenida en Iraq en el último decenio, hayan pesado lo suyo en la determinación de la política de París.
La incorporación de Rusia al terceto ha sido medianamente sorprendente, toda vez que desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 Moscú parecía haber iniciado una luna de miel con EE.UU. Es lícito suponer que el giro, bien que relativo, operado en las posiciones de Rusia tiene al menos dos explicaciones. La primera subraya que el camino marcado por Francia y Alemania -secundariamente, en la penumbra, por China- obligaba al Kremlin a sopesar horizontes distintos de la mera sumisión al dictado de Washington; como tercer espada, Rusia veía aligeradas las presuntas cargas que se derivaban de su repentino alejamiento de Estados Unidos. La segunda explicación sugiere, en sentido distinto, que Moscú nada había recibido a cambio del franco respaldo dispensado con anterioridad a la Casa Blanca: ahí estaban, para testimoniarlo, el empecinamiento norteamericano en apuntalar el escudo antimisiles, la nueva ampliación de la OTAN en la Europa oriental -con las repúblicas bálticas como protagonistas- y, en suma, la pervivencia de bases militares estadounidenses en el Cáucaso y en el Asia central. Para que nada faltase, en fin, y por si todo lo anterior fuese poco, el Kremlin no parecía recibir garantías en lo que respecta a tres cuestiones decisivas: el pago, en el futuro, de la deuda iraquí, el respeto de los contratos suscritos con Bagdad por los gigantes rusos del petróleo y las contraprestaciones deseadas en caso de que los precios internacionales del éste descendiesen.
Aunque, como puede apreciarse, las posiciones de Alemania, Francia y Rusia responden a motivaciones diferentes, no es difícil rastrear en su trastienda tres elementos comunes. El primero lo aporta la conciencia de la impresentabilidad de una oferta, la estadounidense, marcada por políticas abrasivas, intolerantes y visiblemente mezquinas, y decididamente hostil ante una fórmula más que razonable: ampliar la misión de los inspectores de Naciones Unidas en Iraq. La segunda adopta la forma de una inequívoca receptividad ante el criterio mayoritario en unas opiniones públicas, las de los tres países afectados, claramente hostiles a una agresión norteamericana contra el propio Iraq. La tercera y última llega de la mano del designio de defender intereses propios o, lo que es lo mismo, de plantar cara al proyecto que han defendido en los tres últimos años los dos principales inspiradores de las políticas de EE.UU.: Paul Wolfowitz y Richard Perle. No se olvide que a los ojos de estos dos halcones se impone cancelar los privilegios alcanzados en Iraq por las empresas del petróleo francesas, rusas y chinas, instaurar un pleno control norteamericano sobre la industria iraquí correspondiente, alentar un descenso espectacular en los precios del crudo y reducir en paralelo la dependencia con respecto a un suministrador, Arabia Saudí, contemplado cada vez con más recelo en Washington.
Hay que preguntarse, claro, por el futuro de una trama que hoy parece dibujar una aguda confrontación entre proyectos dramáticamente diferentes.
Nadie está en condiciones de aportar al respecto ningún pronóstico firme, habida cuenta de la imposibilidad de evaluar los movimientos de agentes tan dispares en circunstancias tan cambiantes. Entre las variables que habría que calibrar se hallan el derrotero de los hechos militares en Iraq, la condición de la política norteamericana
-¿porfiará en la prepotencia de estas horas o reculará en provecho de una operación encaminada a cerrar heridas?-, las reacciones en el seno de Naciones Unidas ante lo que es una agresión en toda regla contra su carta fundacional y el comportamiento de agentes internacionales varios como el conjunto del mundo árabe, China o significadas potencias regionales en el Tercer Mundo.
Junto a variables como las recién invocadas hay otras, con todo, que remiten al comportamiento, moderadamente impredecible, de los tres países que ocupan nuestra atención. Francia nos tiene muy acostumbrados a dar marcha atrás, en el último momento, cuando los hechos adquieren singular severidad. Alemania, por su parte, ha coqueteado con la cesión de sus bases para que EE.UU. haga con ellas lo que le plazca, al tiempo que ha trampeado al transferir a la vecina Holanda misiles Patriot destinados a una eventual defensa de Turquía. Qué no decir, en fin, de Rusia, tan acostumbrada a rendir pleitesía, en los escenarios más dispares, a la gran potencia del planeta y plenamente engatusada con la paranoia antiterrorista que nos acosa.
El impulso a rehuir posiciones extremas parece tanto más hacedero en los casos de Berlín, París y Moscú cuanto que sus dirigentes son, por fuerza, conscientes de una debilidad: la del proyecto que inspira una eventual política exterior común en el seno de una UE dividida e inmersa, por añadidura, en un proceso de ampliación que beneficia a un puñado de países genéricamente hostiles a Rusia. Aunque el principal problema de la UE sigue siendo, a buen seguro, y pese a las apariencias, la enorme debilidad de los espasmos que podrían conducir a una efectiva emancipación con respecto a la tutela, los caprichos y las imposiciones de Estados Uni
 
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