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último apunte de diario Serbia: un futuro incierto sin Djindjic
   
 
21/03/2003 | Carlos Taibo | Serbia - Europa del este |
La Clave (nº101, 21 de marzo de 2003)
 
El asesinato de Zoran Djindjic se antoja ilustración palmaria de una vida convulsa como es la del país, Serbia, del que el político desaparecido era primer ministro. Nada es más desaconsejable, con todo, que sucumbir a la percepción de los hechos que se ha instalado confortablemente en nuestros medios de comunicación: la que sugiere, sin más, que Djindjic era el adalid de un doble proceso, de democratización y de occidentalización, inequívocamente beneficioso para la ciudadanía. La visión que acabamos de invocar deja en el olvido, como poco, que en el pasado Djindjic no dudó en cortejar al nacionalismo más ultramontano -en la persona, por ejemplo, del líder serbobosnio Radovan Karadzic- y que en el presente no hay datos serios que inviten a concluir que puso mayor empeño en hacer frente, como a menudo se ha dicho, a las redes del crimen organizado.
Djindjic contaba con enemigos en casi todas partes. Unos lo criticaban por entender que desde el otoño de 2000 -el momento del éxito electoral que acabó formalmente con Milosevic y los suyos- se había convertido en el adalid principal de impresentables políticas de cariz neoliberal. Otros identificaban en él a un traidor a la patria y al respecto recordaban su responsabilidad directa en el traslado del propio Milosevic a La Haya. Su otrora aliado, el ex presidente federal Kostunica, echaba comúnmente pestes de un Djindjic en el que poco más veía que un político de un oportunismo feroz. Algunos de quienes habían sido, en fin, sus colaboradores más próximos, estimaban que la autoadulación y la búsqueda desmedida de poder habían dado al traste con una carrera prometedora.
Ante tanto enconamiento, hay que convenir que identificar a los responsables del letal atentado contra Djindjic era y es tarea cualquier cosa menos fácil, y ello por mucho que lo más razonable sea acogerse a la explicación más sencilla y, por ello, la más creíble: la que atribuye aquél a las redes del crimen organizado --las mafias, para entendernos-- en presunta relación con grupos paramilitares como los que, en el decenio pasado, provocaron el terror en Croacia, en Bosnia y en Kosovo.
Las cosas como fueren, la muerte de Djindjic es el último jalón de un singularísimo proceso: todos aquellos que, hace dos años y medio, pasaban por ser las figuras prominentes en el panorama político serbio han desaparecido del escenario. Slobodan Milosevic, su lugarteniente Milan Milutinovic y el dirigente del Partido Radical, Vojislav Seselj, han acabado en La Haya. Arkan, el más significado de los paramilitares, murió víctima, como Djindjic, de un atentado. El ex presidente federal yugoslavo, Kostunica, se encuentra, en fin, sin trabajo, toda vez que la baja participación en las elecciones celebradas en el otoño ha impedido que pasase a ocupar un puesto semejante en Serbia. El efecto final de esta sorprendente acumulación de circunstancias es un formidable revolcón en lo que al grupo humano dirigente se refiere y, con él, un incipiente vacío de poder.
Las sacudidas que recorren al grupo humano dirigente en Serbia tienen su correlato, claro, en un país en el que los problemas despuntan por doquier. A una crisis política a flor de piel se suma una oferta, la de los partidos de peso, que no parece precisamente estimulante: en los hechos los serbios están condenados a elegir entre opciones impregnadas por un nacionalismo a menudo desbocado y proyectos marcados por un no menos montaraz neoliberalismo. Mientras, el estancamiento económico es una insorteable realidad, azuzado por una circunstancia que suscita resquemor entre buena parte de la ciudadanía: la ayuda prometida en octubre de 2000, cuando Kostunica y Djindjic se vieron aupados a la dirección del país, ha llegado con cuentagotas. Para que nada falte, en suma, la sociedad serbia no ha acometido el ejercicio de catarsis que era preciso para dejar atrás lo ocurrido en el decenio de 1990. Bastará con recordar al respecto que a los ojos de muchos serbios Milosevic no es sino un dirigente corrupto e inmoral, calificativos ambos que ocultan, como salta a la vista, cualquier consideración severa que se interese por los crímenes cometidos en Croacia, Bosnia o Kosovo.
El panorama serbio se completa con un hecho que muestra, también, su relieve: el país sigue manteniendo relaciones tensas -en ningún caso fluidas- con todos los vecinos ex yugoslavos. Cierto es que este hecho puede convertirse, de rebote, en una saludable garantía en lo que respecta a un riesgo que muchos analistas han barajado los últimos días: el de que la crisis que se ha afianzado en Serbia acabe por marcar el derrotero de esos vecinos. A decir verdad, y pese a que ese riesgo se antoja hoy muy liviano, los problemas que arrastran países como Bosnia, Montenegro, Kosovo o Macedonia tienen la suficiente enjundia por sí solos como para que no sea preciso invocar desestabilizadoras amenazas externas.
En Bosnia, y por lo pronto, la construcción institucional sigue configurando un precario castillo de naipes. Las fuerzas políticas que protagonizaron la guerra no han perdido el terreno que se esperaba en un país en el que los flujos disgregadores siguen siendo mucho más poderosos que aquellos que apuntan a una efectiva integración.
Por lo que a Montenegro se refiere, aunque los esfuerzos de la UE han frenado provisionalmente su proceso de secesión con respecto a Serbia, la federación con ésta parece una entidad que, además de suscitar el rechazo de tirios y de troyanos, en modo alguno ha llevado el sosiego a la también convulsa vida política local. La impresión es, por añadidura, que en lo que a Montenegro atañe la desaparición de Djindjic sí puede tener algún efecto significativo, en la forma de un debilitamiento, en Belgrado, de las posiciones menos hostiles a la perspectiva de un desmantelamiento de la federación mencionada.
Aunque Kosovo, inmerso en un protectorado internacional, vive al margen de los avatares políticos serbios, su futuro sigue siendo materia de polémicas, y fuente de arrebatos nacionalistas, en Belgrado. No conviene olvidar, sin ir más lejos, que semanas atrás el propio Djindjic se había pronunciado por la reaparición de la policía serbia en Kosovo, en lo que la mayoría de los analistas interpretó era un gesto más encaminado a no perder definitivamente comba ante un electorado, el propio, mayoritariamente impregnado de un nacionalismo a menudo esencialista.
Tampoco Macedonia sale, en suma, bien parada. La impresión más extendida entre los expertos es la que sugiere que el acuerdo de paz suscrito en septiembre de 2001, pese a haber apaciguado sensiblemente las tensiones, no ha acertado a resolver problemas atávicos cuyo rebrote es perfectamente imaginable.
Si antes del asesinato de Zoran Djindjic nada invitaba a contemplar con optimismo el futuro de Serbia, lo ocurrido el 12 de marzo ha venido a reclamar para los Balcanes occidentales una atención que no se le ha dispensado en los últimos treinta meses. Malo es que, y a tono con lo que ocurre en el conjunto del planeta, semejante interés se vea antes marcado por el espectáculo de la violencia que por la consideración mesurada de los deberes que los Estados más ricos del globo debían haber realizado en las regiones más atribuladas.












 
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