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último apunte de diario Ungüentos de Moscú
   
 
10/03/2006 | Carlos Taibo | Rusia - Europa del este |
La Clave (nº256, 10 de marzo de 2006)
 
Anulados los medios de comunicación que podrían formular preguntas insidiosas, Putin apenas tiene que lidiar con una oposición seria a su política exterior, y ello aunque no falten en Rusia quienes se preguntan qué ha conseguido el Kremlin --nada-- a cambio de una diplomacia dócil ante las imposiciones de la Casa Blanca. El peso de insorteables inercias y la conciencia de que el bloqueo informativo que padecen los rusos, con el envoltorio adicional de un arrebato nacional-patriótico, bien puede romperse algún día han hecho que del lado de Putin menudeen, con todo, los gestos encaminados a preparar el futuro. Rescatemos tres de entre ellos.
El primero lo aporta el deseo de obtener alguna recompensa simbólica ante el deterioro de la relaciones con países que otrora se hallaban en la esfera de influencia propia. Hablamos, claro, de Georgia, Ucrania y Kirguizistán, los protagonistas de las revoluciones naranja. La golosina, un tanto ácida, es la Bielorrusia de Lukashenko, cuyo cantado éxito electoral el día 19 tiene un interés agregado para Putin: podría allegar el escenario adecuado para que éste, reconvertido en presidente de una flamante unión entre Rusia y Bielorrusia, conservase el papel prominente que hoy desempeña. No olvidemos, por lo demás, que la refriega de Moscú con sus vecinos disidentes en modo alguno ha terminado.
Rusia busca, en segundo lugar, un perfil propio que permita desmarcar sus intereses de los de EEUU en el Oriente Próximo. A tono con gestos que vienen de lejos, el Kremlin precisa revisar una política que no ha producido sino sinsabores. Sus principales activos son hoy una relación fluida con Irán, y el eventual negocio deparado por el enriquecimiento del uranio iraní, y el designio de convertir a Moscú en interlocutor privilegiado de Hamás. Cierto es, al respecto de esto último, que Rusia poco más ha hecho que abrir una puerta que acaso se disponían a abrir las propias cancillerías occidentales.
Sugiramos, en fin, que Putin desea también preservar unos vínculos fluidos con China, un país con el que Rusia tiene 3.600 kilómetros de frontera y con el que se auguran estimulantes relaciones comerciales. Lo suyo es reconocer, eso sí, que en este caso los recelos -ahí está el temor ruso a una soterrada invasión demográfica china en Siberia- siguen siendo muchos y las cortapisas, de resultas, notables.
Conviene, aun así, que situemos todo lo anterior en su contexto y que no nos engañemos en demasía: para bien o para mal, en los movimientos del Kremlin, cautelosos, es difícil apreciar algún esfuerzo serio de contestación de la hegemonía norteamericana. Lo que despuntan son, antes bien, ungüentos para hacer más llevadera la carga propia.
 
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