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último apunte de diario El mito Powell
   
 
09/01/2003 | Carlos Taibo | Estados Unidos - Iraq |
El Correo (9 de enero de 2003)
 
La figura del secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, ilustra a
la perfección el sino de la manipulación mediática que padecemos en lo que
a la presumible agresión de Estados Unidos contra Irak se refiere. El
personaje que nos ocupa, simbólicamente contrapuesto al del secretario de
Defensa, Donald Rumsfeld, ha acabado por convertirse en un interesado
fetiche al que se han agarrado tantas gentes bienpensantes que, sin
oponerse a lo principal, parecen haber encontrado una patética tabla de
salvación.
Lo de menos en el caso de Powell es que sus antecedentes en modo alguno
inviten al optimismo. No está de más recordar que nuestro hombre, presunto
responsable del ocultamiento de crímenes de guerra en Vietnam, asumió
papeles significados en la invasión estadounidense de Panamá y, en relación
con Irak, en la propia operación 'Tormenta del desierto' de 1991. Más
sentido tiene, con todo, escarbar en la realidad estrictamente
contemporánea de un personaje cuyo proyecto inmediato puede ser más
inteligente, y menos oneroso para Estados Unidos, que el postulado por
algunos de sus aparentes competidores, pero en modo alguno se antoja -nos
digan lo que nos digan- más moral que el avalado por estos últimos.
Porque Powell, que parece empeñado en defender la legalidad que recorre el
sistema de Naciones Unidas, no ignora en forma alguna la dramática falta de
independencia que impregna a una organización desde tiempo atrás
subordinada, y no precisamente de forma casual, a los intereses de la gran
potencia planetaria. El desvanecimiento de cualquier compromiso con la
causa de la justicia que se sigue de lo anterior se ve completado por un
hecho que, de nuevo, afecta a Powell y sus querencias: en ningún momento el
secretario de Estado norteamericano se ha sentido obligado a desmarcarse de
las reiteradas aseveraciones en virtud de las cuales su jefe, el presidente
Bush, ha señalado que EE UU actuará por su cuenta si no está satisfecho con
lo que estipule la máxima organización internacional. Significativo es, por
lo demás, que nos hayamos acostumbrado a que las sucesivas ofertas
realizadas por las autoridades iraquíes encuentren respuesta en Washington
-en la Casa Blanca- y no en Nueva York -en el edificio de Naciones Unidas-.
Así los hechos, y al cabo de al menos cuatro meses de crisis encendida, ha
llegado al momento de calibrar si en las posiciones públicamente defendidas
por Powell hay algo más que un misérrimo, instrumental e interesado empleo
del sistema de Naciones Unidas que se asienta en la firme decisión -previa
e irrevocablemente adoptada- de derrocar al Gobierno hoy existente en Irak.
Como quiera que, y por añadidura, es harto improbable que este último se
avenga a retirarse por su cuenta, la perspectiva de una acción armada en
toda regla impregna, sin fisuras, los proyectos de las autoridades
estadounidenses. Ahí están, para testimoniarlo, y a título de ejemplo, las
palabras de Rumsfeld que señalan que, aun en la eventualidad de que los
inspectores de Naciones Unidas no encuentren armas de destrucción masiva en
Irak, ello no querrá decir que tales armas no existan. Como está la
renuncia a responder a unas cuantas preguntas importantes, y entre ellas
las relativas al decisivo papel desempeñado por las potencias occidentales
en la gestación de los programas de armas químicas y biológicas iraquíes,
al peligro real que -de existir- acarrean esas armas, a la presumible
existencia de fórmulas pacíficas de encarar los problemas correspondientes
o a la formidable aquiescencia con que se obsequia a Estados -así, Israel-
que, parece fuera de discusión, disponen de armas letales.
Sólo los más ingenuos -y entre ellos muchos de quienes han engullido la
formidable farsa tejida en torno a la figura de Powell- aceptarán de buen
grado que lo que preocupa a los dirigentes estadounidenses son las
mencionadas armas de destrucción masiva presumiblemente a disposición de
sus homólogos iraquíes. Aunque más ingenuos serán, si cabe, quienes den
crédito a la aseveración de que Washington se dispone a hacer lo que está
de su mano para devolverle la palabra a un pueblo, el de Irak, víctima por
igual, y desde tiempo atrás, de la ignominia del régimen de Hussein y de un
macabro embargo internacional. Los objetivos de Washington son, con toda
evidencia, otros. Entre ellos se cuentan el de rematar la operación que el
padre del actual presidente norteamericano dejó a medio acabar en 1991
-¿por qué Bush hijo no se psicoanaliza?-, el de darle un mediático impulso
a una alicaída campaña internacional antiterrorista, el de obtener unos
cuantos réditos electorales y el de acallar los escándalos financieros que
han rodeado, los últimos meses, a figuras prominentes del Gobierno
estadounidense.
Claro es que, más allá de los cuatro objetivos enunciados, hay otros dos,
mucho más relevantes, cuya materialidad apenas puede negarse: si, por un
lado, se trata de apuntalar definitivamente la posición estratégica de
Israel en Oriente Próximo, por el otro Estados Unidos parece decidido a
hacerse con el control de un país, Irak, geoeconómicamente muy interesante
en virtud de los yacimientos de petróleo de los que dispone. Esto último es
lo que explica, por cierto, el énfasis depositado en la necesidad de
deshacerse de Hussein y de su régimen. Colin Powell, que ha optado por una
vía más inteligente en lo que atañe a las formas que deben rodear la
satisfacción de esos dos objetivos, en modo alguno se ha desmarcado de la
que se antoja la primera demostración palmaria de las miserias que, en
todos los órdenes, acompañan al impresentable e interesado designio de
acometer ataques preventivos.



 
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