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último apunte de diario Equívocos prebélicos
   
 
31/01/2003 | Carlos Taibo | Estado español/política exterior - Iraq |
El Correo (31 de enero de 2003)
 
A fe que no es sencillo entender lo que el secretario general del Partido Socialista postula en relación con la agresión que EE UU prepara contra Irak. En sus reiteradas declaraciones, Rodríguez Zapatero ha subrayado, por un lado, que rechaza esa guerra, para precisar, por el otro, que se opone a cualquier suerte de acción unilateral norteamericana, tanto más si ésta asume la forma de un ataque preventivo.
Si uno tiene a bien anunciar su repudio de la guerra, está de más -porque va de suyo- que se refiera a prepotentes unilateralidades e impresentables modalidades de ataque. La mención expresa de unas y otras invita, como poco, al recelo, tanto más cuanto que antes de ayer el propio Rodríguez Zapatero se inclinaba por rechazar la guerra sólo en caso de que ésta fuese decidida en solitario, y frente al criterio de los más, por EE UU. Hay quien dirá que, los hechos como fueren, algún progreso se ha perfilado. Hace algo más de un año, cuando se iniciaron los bombardeos norteamericanos en Afganistán, el PSOE, por boca de su secretario general, optó por no promover queja alguna al respecto. Hoy, y en condiciones legales tan poco edificantes como las de entonces, al menos se han disparado las cautelas.
Aunque así fuere, si el Partido Socialista no clarifica -no radicaliza- su posición, bien hacedero es que se vea confrontado con una situación notablemente incómoda: aquélla en virtud de la cual el Consejo de Seguridad autorice una agresión de Estados Unidos contra Irak, de tal suerte que se desvanezca el horizonte de una acción unilateral norteamericana y quede legitimado, en fin, un ataque preventivo. De sucederse así los hechos, Rodríguez Zapatero tendría que elegir entre perseverar en el rechazo de la guerra o bien acatar ésta una vez Naciones Unidas aportase la preceptiva bendición.
El horizonte descrito es cualquier cosa menos impensable, no en vano la historia reciente de Naciones Unidas es la de una permanente sumisión a los intereses de los grandes, y singularmente los norteamericanos. Semejante sumisión nada tiene, por lo demás, de casual y de pasajera: si de un lado es el producto de una estudiada trama de intereses, del otro se ha revelado en sucesivas crisis internacionales. Nada más urgente que mantener las distancias con respecto a un sistema, el de la ONU, en cuya independencia de criterio no parece aconsejable depositar demasiadas esperanzas.
Así los hechos, lo más saludable sería que la posición oficial del PSOE no dejase espacio para la duda y diese en rechazar una agresión estadounidense aun en el caso de que ésta recibiese los parabienes del Consejo de Seguridad. Los argumentos para defender semejante línea de conducta son consistentes. El primero adopta la forma de un somero recordatorio: nadie medianamente informado cree en serio que a EE UU le preocupan las presuntas armas de destrucción masiva existentes en Irak. Un informe filtrado por la CIA el verano pasado señalaba, sin ir más lejos, que esas armas sólo son un peligro si alguna potencia externa asume movimientos amenazantes. El más prestigioso de los expertos militares israelíes, Aaron Levran, ha aseverado días atrás que «las miras expansionistas de Irak han quedado reducidas a la nada». Otro tanto piensan, en fin, dos aliados de EE UU en la región: Arabia Saudí y Turquía.
Un segundo argumento de peso subraya la extrema arrogancia y el desprecio de las normas más elementales que caracterizan los movimientos de Washington. Bastará con recordar que a los ojos del cartesiano secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, el hecho de que los inspectores puedan no encontrar armas de destrucción masiva en Irak en modo alguno significa que tales armas no existan. El propio presidente Bush ha sido meridianamente claro cuando ha anunciado que si Naciones Unidas no satisface las expectativas de EE UU., este último se reservará el derecho a actuar como le plazca.
Un tercer dato de relieve lo aportan los objetivos reales del gran juego que despliega Washington. Si algunos de ellos -rematar la operación que quedó a medio hacer en 1991, darle alas a una mortecina campaña antiterrorista, obtener los réditos electorales que procedan y acallar un puñado de escándalos financieros- tienen un cariz más o menos coyuntural, hay dos cuyo ascendiente a duras penas puede rebajarse: apuntalar la posición estratégica de Israel en Oriente Próximo y hacerse con el control de un país, Irak, codiciado en virtud de los yacimientos de petróleo que atesora. Ninguno de estos objetivos es, como puede apreciarse, muy edificante.
Agréguese, con todo, una última observación: a los ojos, incautos, de muchas gentes el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, se ha convertido en un mito desbordante. Powell, sin duda más sagaz que su jefe, no parece, sin embargo, mucho más respetable: ni se ha opuesto a la prosaica inmoralidad de los objetivos recién enunciados ni se ha desmarcado de los ataques preventivos que abraza con arrobo el presidente Bush. Tampoco consta que le repugnen las dos metas a las que, según la doctrina oficial, están llamadas a supeditarse esos ataques: afianzar la condición hegemónica de EE UU y expandir el modelo de capitalismo norteamericano para que alcance el ultimo rincón del planeta.
Con mimbres como éstos, la agresión que se barrunta reclama -parece- ideas más firmes que las que el Partido Socialista ha blandido hasta hoy. Y aconseja a sus dirigentes que, por una vez, se tomen en serio lo de dar la cara. Bueno sería que lo hiciesen dejando atrás, de paso, las ambigüedades del canciller alemán, Schröder, y sumándose a un genuino frente de rechazo de lo que se nos viene encima.


 
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