galego-português imprimir cerrar
Artículos
 
 
 
último apunte de diario El desayuno de Putin
   
 
10/07/2003 | Carlos Taibo | Rusia - Europa del este |
La Vanguardia (10 de julio de 2003)
 
Nos hemos acostumbrado a examinar lo que ocurre en el mundo desde la perspectiva de los grandes centros de poder. No es preciso demostrar que los hechos se contemplan con ojos distintos desde otras atalayas y que una de las más desatendidas de entre éstas es, de un tiempo a esta parte, la que ofrece Moscú.
Cuando el presidente Putin se apresta a tomar su desayuno, engulle, siempre, dos bebidas comúnmente indigestas. La primera la aporta un Estado federal en el que, pese a los esfuerzos, los acuerdos entre centro y periferia son infrecuentes y las ínfulas hipercontroladoras del primero apenas encuentran eco; la secuela provisional es una entidad política muy frágil en la que el equilibrio se antoja antes el producto de una sórdida competición entre poderes que el resultado de un proyecto común por todos aceptado. Pero, y en segundo lugar, a buen seguro que el presidente se desayuna también con noticias turbadoras en lo que a la economía respecta. Pese a que el país disfruta de una aparente bonanza desde 1999, los problemas sociales perviven, los pactos alcanzados con los magnates no han puesto coto a los espasmos de un capitalismo mafioso y, por encima de todo, pende la espada de Damocles de unos precios internacionales del petróleo que, de menguar, acabarían con delicadísimos equilibrios presupuestarios.
Cierto es que Putin puede encontrar consuelo sin excesivo trabajo. En la Rusia de hoy la oposición apenas tiene resuello y el Parlamento ya no es, como antaño, el escenario de duras trifulcas. Los militares, divididos ideológicamente y cuarteados financieramente, han bajado el tono de su protesta. Para que nada falte, han quedado acallados los medios más o menos críticos e incluso Chechenia ha acabado por producir, no sin paradoja, buenas sensaciones: aunque el conflicto está enquistado, permite ocultar otros problemas y da alas a medidas y discursos que de otro modo sería difícil alimentar.
Aunque el desayuno de Putin no sea copioso, en su duración tiempo hay para sopesar, con certeza, la trama internacional del momento. Dejemos sentado, desde ya, que la política exterior rusa de estas horas bebe de la percepción de que, debilidad manda, no queda otro remedio que buscar la integración en Occidente, aun aceptando un papel marginal y dependiente. Semejante certificación suscita, con todo, varias preguntas. La primera afecta a la condición precisa del polo de atracción: ¿Occidente en general, la Unión Europea o Estados Unidos? Parece que en este caso, y siquiera sólo sea por exclusión, la opción correcta es la tercera. La UE, fría y distante, no sólo carece de un proyecto estratégico orientado a forjar alianzas que provoquen atrancos a la hegemonía estadounidense: asume hoy una ampliación que, al beneficiar a un puñado de países que mantienen una tensa relación histórica con Moscú, traba cualquier aproximación sólida a Rusia. De resultas, a Putin no le quita mucho tiempo el eje que parece unir, sobrecargado de retórica, a París, Berlín y Moscú, y que le ha permitido salvar la cara, en febrero, en el Consejo de Seguridad. Tampoco menudean en los últimos tiempos los coqueteos con una China que suscita en el Kremlin una mezcla de temor y envidia a los que se suman recelos demográficos y atávicas inercias de confrontación.
Obligado es preguntarse, también, si Putin, en su desayuno, no tiene en mente el gran juego que Estados Unidos despliega en lo que atañe a las materias primas energéticas de Oriente Próximo. Consciente de nuevo de que sus bazas son escasas, Rusia aspira sin más a sacar alguna tajada y, en su caso, a preservar privilegios como los labrados en el pasado en el Irak de Sadam Husein. La condición, extremadamente prosaica, de la apuesta correspondiente ilustra en plenitud el interés que para Moscú tienen el derecho internacional y, con él, el sistema de las Naciones Unidas.
Pero la duda que más asiduamente asalta a Putin es la vinculada con otra pregunta, la tercera: ¿qué ha sacado Rusia a cambio de su franco apoyo a las tropelías de EEUU? La cuestión le ronda al presidente porque tiene, mal que le pese, fácil respuesta: casi nada. Washington sigue en sus trece con el escudo antimisiles, porfía en mantener sus bases militares en el Cáucaso y Asia Central, no tiembla a la hora de promover una nueva ampliación de la OTAN y, para colmo, se muestra renuente a recompensar a Moscú en el terreno económico y comercial.
Con tales mimbres no parece recomendable engullir la propaganda que sugiere que, merced a Putin, Rusia está recuperando su dignidad nacional. Además de naufragar en muchas riberas en las que encalló el barco de Boris Yeltsin, el presidente ha aceptado sin rebozo un papel de comparsa en la arena internacional. Eso sí: nada en Rusia se mueve con fortaleza suficiente como para augurar que son pocos los desayunos que, sin oposición visible y con una población vapuleada, le quedan a Putin en el Kremlin.



 
subir