galego-português imprimir cerrar
Artículos
 
 
 
último apunte de diario Timoratos a más no poder
   
 
09/08/2007 | Carlos Taibo | Estado español/cuestión nacional - Estado español/España |
El Correo (9 de agosto de 2007)
 
Confesaré sin rebozo que me interesa poco el juego cotidiano de los partidos, de los gobiernos que configuran y de las alianzas que gustan de perfilar. Aun con ello, lo que acaba de ocurrir en Navarra al amparo, ante todo, de la actitud asumida por la dirección del PSOE en Madrid merece -creo- más de una reflexión, siquiera sólo sea por lo que revela en lo que respecta a la naturaleza general del entramado político que tenemos entre manos.
Sabido es que, luego de haber mareado la perdiz durante más de dos meses, y tras haberse hecho valer concesiones sin cuento del lado de sus presuntos aliados de gobierno, Nafarroa Bai e Izquierda Unida, la dirección del Partido Socialista ha cerrado las puertas al designio que la organización navarra de ese mismo partido había abrazado en el sentido de aprestar un 'gobierno de progreso' con las dos fuerzas políticas mencionadas. Aunque no ha faltado quien ha sugerido que en realidad los socialistas navarros, sabedores de lo que se avecinaba, han escenificado un paripé a efectos de salvar un tanto la cara ante afiliados y votantes, lo cierto es que a la postre ha cobrado cuerpo un ejemplo de libro que ilustra algo bien conocido pero poco recordado: las muchas disfunciones que genera, en las organizaciones federales, la rotunda primacía del centro sobre las instancias federadas.
No tiene demasiado interés, con todo, escarbar en las secuelas que la primacía de 'Madrid' ha acabado por tener en este caso. Mayor relieve corresponde al hecho de que la decisión de Ferraz parece anunciar inexorablemente una futura quiebra electoral del Partido Socialista de Navarra: para qué respaldar -se preguntarán en adelante muchos votantes del PSN- a una fuerza política con el propósito de alentar un cambio en el gobierno de la comunidad foral si luego esos votos se desperdician en virtud de razonamientos que, de peso más que discutible, remiten a otros avatares.
Ello es tan evidente que cabe preguntarse incluso si la razón que ha guiado a la dirección del PSOE a asumir decisión tan delicada -el propósito declarado de evitar los males que en las próximas generales podrían derivarse de un pacto en Navarra con los estigmatizados nacionalistas Nafarroa Bai- tiene algún fundamento material o es, por el contrario, el producto de un desnortado cálculo electoral.
Hora es ésta de señalar que ha quedado en entredicho, por lo demás, el propio presidente Rodríguez Zapatero, quien semanas atrás, con ocasión del debate sobre el estado de la nación, no dudó en enfrentarse con saludabilísima entereza a quienes dudaban de la condición democrática, y de la lealtad, de Nafarroa Bai. Si una y otra están, a los ojos del presidente, demostradas, ¿a qué viene el designio final de eludir, en virtud de prosaicos intereses electorales, un pacto de gobierno? Hay quien agregará, por añadidura, que, lo anterior al margen, la dirección socialista en Madrid haría bien en explicar por qué lo que ha valido en Cataluña y en Galicia, y lo que podría haber valido también -no nos engañemos- en el propio País Vasco no sirve en cambio en Navarra.
La única respuesta cabal a la pregunta correspondiente es la que recuerda, claro, que las elecciones generales están muy próximas. O, para decirlo con punzante claridad, que el PSOE no tiene arrestos suficientes para contrarrestar la campaña que la derecha más ultramontana, con sus apoyos mediáticos, se disponía a lanzar en el caso de que Navarra -portadora, no lo olvidemos, de simbólicos resabios- fuese gobernada, siquiera en papel secundario, por una plural coalición, Nafarroa Bai, que huele a soberanismo vasco. Claro es que hay que preguntarse si las dudas del Partido Socialista sobre su capacidad para darle réplica a ese imaginable envite mediático no son, sin más, el producto del escaso asentamiento de sus convicciones, fehacientemente ilustrado por el oportunismo feroz de unos dirigentes políticos que hacen y deshacen con un único designio: el de preservar el poder, en Madrid, contra viento y marea.
Aunque, puestos a dar un paso más en el argumento, lo que rezuma la actitud a la postre asumida por la dirección federal del PSOE es la sombría certeza de que los votantes socialistas son lamentablemente influenciables y no tienen la suficiente madurez para calibrar qué intereses se juegan en Navarra. No sabe entonces uno qué es peor: que semejante pronóstico se ajuste a la realidad -algo que, afortunadamente, no es evidente- o que el Partido Socialista Obrero Español, huérfano de proyecto y de convicciones, poco más sea que un triste y timorato amasijo de intereses
 
subir