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último apunte de diario Ucrania, entre dos polos
   
 
26/11/2004 | Carlos Taibo | Ucrania - Europa del este |
La Vanguardia (26 de noviembre de 2004)
 
1. Entre las diferentes fuerzas políticas rusas hay un cristalino acuerdo en lo que atañe a una cuestión de relieve: la laxitud con que Moscú obsequió en el pasado el alejamiento que protagonizaron las repúblicas del Báltico, del Cáucaso y del Asia central no debe tolerarse, ahora, en lo que a Bielorrusia y Ucrania se refiere. Es menester preservar, en otras palabras, una suerte de confederación paneslava en la que a Rusia debe corresponderle, claro, la voz cantante.
Con esa trama en la trastienda, a duras penas sorprenderá el manifiesto apoyo del Kremlin a Yanukóvich en las presidenciales ucranianas. En el buen entendido, eso sí, de que lo más fácil es que Rusia pueda jactarse de jugar siempre, en relación con Ucrania, a caballo ganador. Lo que sabemos de lo ocurrido en el decenio pasado invita a concluir que los espasmos occidentalizantes de candidatos y fuerzas políticas en Ucrania acaban chocando con la prosaica realidad de los hechos. El país depende abrumadoramente de las materias primas energéticas que Rusia le proporciona. Moscú, por añadidura, bien puede jugar, de desearlo, la carta de la desestabilización de la mano de las significadas bolsas de población rusa presentes en la Ucrania oriental y en Crimea.
Claro es que la disputa que nos ocupa muestra aristas menos sencillas de limar. Porque, si damos por cierto que la Rusia de Putin ha iniciado, años atrás, un franco movimiento de aproximación al mundo occidental, estaremos en la obligación de preguntarnos a qué viene, en Moscú, tanta zozobra ante lo que los más imaginativos
-sólo ellos- entienden que podría ser una progresiva emancipación de Ucrania. Sin afán alguno de zanjar la cuestión, lo suyo es que recordemos que no son pocos los que, entre nosotros, y no sin razones, recelan de las convicciones occidentalizadoras de Putin y prefieren preparar los pertrechos para futuras colisiones. A menudo son los mismos, eso sí, que tienen a bien olvidar que el riesgo al respecto es tanto mayor cuanto más egoístas y prepotentes sean las conductas de las potencias occidentales, con Estados Unidos en la cabeza.

2. Dejemos sentado desde el principio que en el caso de la Unión Europea despuntan percepciones varias en lo que se refiere a lo que conviene hacer con Rusia y su entorno. Aun a costa de simplificar posiciones que, a buen seguro, son muchas y muy dispares, rescatemos dos de ellas: si la primera entiende que una Rusia débil y manipulable configura un activo interesante para la UE, la segunda postula un fortalecimiento del gigante oriental, encargado, de resultas, de poner orden en su patio trasero.
Posiciones como las reseñadas tienen hoy, con todo, un alcance menor, siquiera sólo sea porque la Unión se halla inmersa en otras batallas. A nadie en su sano juicio se le ocurre, sin ir más lejos, que una eventual candidatura de adhesión blandida por Ucrania está llamada a suscitar, en el corto y en el medio plazo, cambios significados. Si la UE de estas horas está, mal que bien, entrampada en el proceso de ampliación verificado el 1 de mayo y le falta aliento al respecto, ¿qué es lo que habría de ocurrir en el caso de que un gigante con 50 millones de habitantes, una clase política desacreditada, una industria maltrecha, una minería en caída libre y un capitalismo mafioso que lo inunda casi todo llamase, con prisas, a su puerta? No nos engañemos: la generosidad no es -cuenten lo que cuenten- el aditamento más llamativo de la Unión de estas horas, que a buen seguro le daría largas a Kíev como se las está dando a Ankara.
Agreguemos, para que nada falte, que la UE carece, visiblemente, de un proyecto estratégico, y que sus movimientos lo son, casi siempre, de corto vuelo. Ello ha tenido, por cierto, más de una consecuencia delicada en un terreno preciso: Bruselas ha preferido guardar silencio ante los indisimulados esfuerzos estadounidenses encaminados a atraer hacia sí a Rusia, y justificados, no tanto en el interés que Washington muestra por Moscú, como en el doble designio de mantener al Kremlin alejado de la UE y de cortocircuitar, así, la gestación de una eventual potencia euroasiática. El efecto es fácil de apreciar: la Unión tiene un ascendiente limitado en el oriente del continente que le da sentido.
Tal vez por todo lo anterior, y para mal lavar los pecados propios, algunas cancillerías y circuitos de opinión entre nosotros dicen sentir genuina inquietud ante lo que se rumia, desde semanas atrás, en Ucrania. Qué curioso es que los avatares de unas elecciones moderadamente sórdidas hayan levantado más polémica, aquí, que el día a día del genocidio que se despliega en Chechenia.
 
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