galego-português imprimir cerrar
Artículos
 
 
 
último apunte de diario La diplomacia en campaña
   
 
29/02/2004 | Carlos Taibo | Estado español/política exterior - |
El Correo (29 de febrero de 2004)
 
LA DIPLOMACIA EN CAMPAÑA

Carlos Taibo

No conviene engañarse al respecto: pese a la tormenta iraquí de un año atrás, la política exterior tiene un relieve menor en la campaña electoral en la que, mal que bien, estamos inmersos. Las conversaciones de un dirigente político catalán en Perpiñán y la prosaica economía de cada día levantan mucha mayor atención, si no entre la ciudadanía, sí al menos entre los candidatos. Aun con ello, tiene su sentido escarbar en lo que la mentada ciudadanía debe aguardar de la trayectoria y de las propuestas de las tres principales fuerzas de ámbito estatal.
No reclama mayor trabajo la tarea de identificar la principal apuesta del Partido Popular: una orgullosa adhesión a la política que abrazan los actuales dirigentes estadounidenses y, con ella, y retórica aparte, un insorteable menoscabo del sistema de Naciones Unidas. En el discurso que el PP ha hecho suyo, toda la atención se la lleva el terrorismo internacional, que por lo que se nos cuenta debe ser combatido, en exclusiva, con métodos policial-militares. Hay que reconocer que semejante apuesta, de inequívoco maniqueísmo, ha sido refrendada a la postre por un hecho fácil de palpar: Francia y Alemania están hoy muy lejos de las posiciones que, en relación con Iraq, blandieron hace doce meses, de tal suerte que no cabe esperar que la España de Aznar -o la de Rajoy- sea objeto de mayor desplante.
No parece, por lo demás, que los desencuentros que el Gobierno español ha tenido con algunos de los miembros más significados de la UE en lo que atañe a las cuotas de representación en el marco de la nueva Constitución de aquélla tengan algo que ver con el alineamiento pronorteamericano de Aznar y sus ministros. Ello no quiere decir, claro, que la posición de nuestros gobernantes sea cómoda, tanto más cuanto que hay motivos sobrados para certificar que la ampliación de la Unión tendrá consecuencias económicas negativas para España, de la mano de visibles, y lógicos, recortes en los fondos estructurales y de cohesión. Tampoco las relaciones con el mundo árabe pasan por su mejor momento: al fin y al cabo, resulta difícil encajar el filonorteamericanismo imperante con la preservación de lazos sólidos en el Magreb o en el Oriente Próximo. Así las cosas, el PP saldría notablemente beneficiado si sus lenguaraces ministros consiguiesen frenar pruritos de nacionalismo chabacano como el recién protagonizado por Trillo.
Agreguemos, en suma, que por lo que sabemos los populares no muestran ningún designio apreciable en el sentido de dar cuenta de forma prolija de su conducta y, en su caso, de rectificar. El PP, en palabras de Aznar, no quiere ver a España "en el rincón de los que no sirven" -ojo, claro, con la ambigüedad de la expresión-, sino en "el club de los países más ricos", proyecto este último que a buen seguro llena de contento a muchos y produce retortijones en no pocos.
Pese a las apariencias, la posición del PSOE no es mucho más cómoda. El problema principal del partido que encabeza Rodríguez Zapatero estriba en mantener, por un lado, una política de Estado consensuada con el PP y, por el otro, en preservar una imagen de diferencia razonablemente creíble. Aunque a primera vista la trifulca levantada al calor de la crisis iraquí permitía resolver la ecuación, a ciencia cierta las secuelas programáticas de las críticas vertidas entonces contra el Partido Popular son muy livianas en el caso del PSOE. Muchos pensarán que no deja de ser lamentable que la contestación radical de la agresión estadounidense de un año atrás no se traduzca en alguna demanda expresa de sentido fuerte como, por ejemplo, el desmantelamiento de las bases de utilización conjunta o la denuncia de los convenios hispanonorteamericanos en materia de defensa. Hay quien, en ese mismo orden de cosas, aducirá que mientras se amonesta -digámoslo así- a la ciudadanía por cuanto no vuelca en las urnas lo que defendió en multitudinarias manifestaciones, las fuerzas políticas tampoco acompañan, de la mano de programas sórdidamente enclaustrados en esa política de Estado de la que antes hablábamos.
Lícito es concluir que el Partido Socialista muestra un mayor apego a la UE que sus rivales populares, y ello pese a que en algo tan relevante como la Constitución de aquélla se registra, una vez más, un llamativo alineamiento de PSOE y PP. Así las cosas, obligado es adelantar que, de nuevo, Iraq es la única fuente de disensión seria entre unos y otros. Porque, y por perfilar un ejemplo más, tampoco parece que los espasmos rupturistas de Rodríguez Zapatero se revelen a través de propuestas tan modestas como las encaminadas a multiplicar por dos la Ayuda Oficial al Desarrollo.
Izquierda Unida, en fin, se mantiene en sus trece: crítica de la política de Estado, la coalición de izquierdas cuestiona abiertamente la sumisión a Estados Unidos y disiente de muchos de los elementos de la construcción europea. Al respecto no duda en subrayar que la Constitución hasta hoy pactada no parece resolver el eterno problema del déficit democrático, es más bien mezquina en lo que al reconocimiento de derechos sociales se refiere y no dibuja novedades singularmente esperanzadoras en materia de política exterior. El problema de IU se antoja otro: cómo vender lo anterior en un país de ciudadanía cada vez más acomodada e insolidaria, y cómo hacerlo, por añadidura, de la mano de pactos, inevitables, con una fuerza, el PSOE, que respira de otra manera.
 
subir