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13/03/2004 | Carlos Taibo | Medios de comunicación - Estado español/España |
El Correo (13 de marzo de 2004)
 
TODÓLOGOS

Carlos Taibo

Los hechos madrileños del 11 de marzo harán correr, a buen seguro, mucha tinta. De entre las caras que muestran hay una que conviene rescatar, con urgencia, en estas horas: un tratamiento informativo que confirma algunos de los peores augurios que, desde tiempo atrás, se han expresado entre nosotros.
Y no me estoy refiriendo -o no lo estoy haciendo fundamentalmente- a la actitud asumida por el ministro del Interior. Convendré al respecto de las declaraciones de éste en la mañana de autos que la inercia de los hechos, la condición objetiva de lo que ETA ha sido durante mucho tiempo y, por qué no decirlo, los inevitables intereses partidistas venían a explicar sus palabras, cargadas de abrumadora firmeza, en lo que a la atribución de los atentados se refiere.
Me atreveré a adelantar que, aun a costa de tragarme muchas de mis convicciones, el reconocimiento postrero por Acebes -lleno ahora de zozobra verbal, vergonzante y acaso forzado por hechos insorteables- de que ETA acaso no era la autora de los atentados hizo que, por mi parte, ahuyentase algunos, sólo algunos, de los peores temores. Porque, desacreditada como está ETA a todos los efectos, tenía su sentido examinar la perspectiva de que, de no hallarse por detrás de los atentados, se viese en la imposibilidad de demostrarlo, de tal suerte que su demanda de inocencia quedase arrinconada por una formidable estrategia de manipulación en la que se impusiese, sin más, la ocultación de hechos presumiblemente importantes.
Hasta aquí mis cuentas, a buen seguro que generosas, con el ministro. Siento no poder alimentar el mismo espíritu de liviana concordia en lo que hace, en cambio, a la abrumadora mayoría de nuestros medios de incomunicación. Ayer, y desde primera hora de la mañana, lo que se imponía era, de un lado, la solidaridad con las víctimas y sus familiares -no creo que haya reproche alguno que hacer a los medios en lo que a esta cuestión se refiere-, y, del otro, la cautela en lo que respecta a la atribución de los atentados y a las lecturas consiguientes. Aunque -lo diré otra
vez- uno tiene derecho a creer que ETA es capaz de hacer cualquier cosa, era obligado convenir que algunos datos no encajaban y que, de resultas, la contención en el juicio acusatorio se imponía.
Si lo anterior se antojaba razonable a las diez de la mañana del jueves, con el paso de las horas la prudencia ya no era un buen reclamo: se convirtió en una estricta exigencia. Por eso hay que calificar de lamentable la actitud de tantos medios que se negaron, sin más, a examinar los hechos. A media tarde tuve la oportunidad de escuchar sendos debates en canales de televisión franceses e italianos, como tuve la oportunidad de echar una ojeada a los teletextos de la CNN, la BBC y la RAI. La autoría de los atentados -ETA, terrorismo islamista- se llevaba literalmente toda la atención, y no faltaba quien subrayaba que no era sencillo explicar en virtud de qué extraño resorte las bolsas europeas reculaban de resultas del enésimo atentado de ETA... Sorprendente era que, entre tanto, la disputa correspondiente tuviese un eco extremadamente marginal en nuestras televisiones y radios. Una ojeada a los teletextos de las primeras permitía comprobar que lo que a unos, fuera de nuestras fronteras, les parecía lo principal, a otros, de puertas adentro, se les antojaba irrelevante o, más aún, les resultaba una discusión de mal gusto.
Llegó la noche, y llegaron las ediciones de los periódicos del viernes por la mañana. El tono general siguió siendo el mismo. Ni siquiera la admisión, por Interior, de que había dudas con respecto a la autoría de los atentados hizo que menguase el fervor patriótico de muchos de los integrantes de esa plaga contemporánea que son los tertulianos de las radios, gentes que tienen, al parecer, explicaciones para todo y que las emiten, por añadidura, desde la más estricta independencia. Cuesta creer que las reflexiones -seamos de nuevo generosos a la hora de calificar lo que tantas veces son exabruptos llenos de agresiones a la lengua- de muchos de estos 'todólogos', que desde tiempo atrás llevan adelante su propia guerra, ilustraban el designio de solidarizarse con las víctimas.
A estas últimas, por lógica, les da igual quién es el asesino que depositó las mochilas en su tren. A nosotros, hasta cierto punto, también. Pero sólo hasta cierto punto. La determinación de la condición del agente ejecutor afecta, por lo pronto, aunque ello tenga hoy relieve menor, a la retórica, y a los intereses electorales, que abrazan muchos de nuestros dirigentes. La invocación de la españolidad de las víctimas -caramba con la españolidad: Aznar haría bien en personarse en un tren de cercanías, en El Pozo, a las siete de la mañana- para dar cuenta de los propósitos de los terroristas tiene un sentido muy diferente según una u otra atribución, de la misma suerte que la demanda de que nos manifestemos en defensa de la Constitución pierde su sentido, incluso para quienes todo lo fían en la Carta Magna, si es un grupo islamista violento el que ha estado por detrás de la masacre madrileña.
Alguien dirá, con criterio irreprochable, que no hay ninguna razón para alegrarse de que -si así se confirma- ETA no haya sido responsable de los atentados: lo que se nos echa encima es inquietante. Y no me refiero sólo -esto va de suyo- a la posibilidad de que acontecimientos infaustos como los del día 11 se repitan: un enemigo desconocido y despiadado se revelaría entonces en el horizonte y obligaría a reabrir una
disputa en la que uno está obligado, eso sí, a mantener con firmeza sus convicciones.
Aunque a muchos les siga disgustando, es preciso indagar sobre el porqué de atentados -hablo ahora, claro, de los protagonizados por el islamismo más desbocado- que, con toda evidencia, no tienen ninguna justificación. Y al respecto es inevitable que invoquemos el ascendiente de un sinfín de políticas como las que, desde mucho tiempo atrás, han desplegado las potencias occidentales en el Oriente Próximo. Esa mezcla de espasmo colonial, apoyo miserable a regímenes intragables, respaldo consistente al genocidio que Sharon y sus amigos han sacado adelante y procura codiciosa de jugosas materias primas energéticas no anunciaba nada bueno. El último episodio al efecto lo ha aportado una agresión criminal, con el franco beneplácito del gobierno español y frente a las normas más elementales del derecho, en un país llamado Iraq.
La demanda de que el gobierno español -el que fuere- revise drásticamente sus actitudes en relación con Iraq nada tiene que ver en estas horas con los atentados de Madrid y sus posibles autores: es anterior a aquéllos y se justifica por sí sola. Que nadie nos cuente, entre tanto, como lo hacía el jueves un 'halcón' norteamericano en franco provecho del discurso monocorde de Aznar, que todos los grupos terroristas se hallan relacionados entre sí. En estas cosas, discernir es importante para no equivocarse. Tan importante como recapacitar sobre el comportamiento propio. Tan importante, en fin, como proteger a decenas de millares de magrebíes que, entre nosotros, pueden convertirse en las víctimas inocentes de una oleada de xenofobia aún mayor que la que ya padecen.
 
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